Franco ya no está en el sórdido mausoleo que se hizo construir con el sufrimiento de miles de presos políticos. La colosal puerta de la Basílica del Valle de los Caídos se abrió hacia las 13.00 horas y apareció la comitiva fúnebre: los Franco portando a hombros el féretro del dictador cubierto con la bandera y el escudo de la Cruz Laureada de San Fernando, máxima distinción del Ejército español. Esa ha sido la única concesión de la democracia española al tirano. No ha habido himno oficial, ni salvas de homenaje, ni desfiles militares, tal como pretendía la familia, que hasta el último momento ha presionado para que se diera al acto el carácter de funeral de Estado. Solo el silencio de la derrota fascista que retumbaba por todo el templo.

La escena ha transcurrido en medio de un vacío absoluto, sordo, monástico. La nada era el premio final que merecía el sátrapa. Únicamente el viento gélido y fantasmal que suele azotar el Valle de los Caídos y algún que otro grito de viva Franco, viva España, han roto la tensión del momento. Finalmente, en la inmensidad de la explanada rodeada de pórticos, bajo la cruz mastodóntica y las esculturas que el propio dictador diseñó según su expreso deseo, aparecieron los coches de la comitiva que debían trasladar los restos de Franco al cementerio de Mingorrubio. A menos de quince minutos de Cuelgamuros, en un campo de tiro cercano al camposanto habilitado como aeródromo improvisado, aterrizaba el helicóptero Súper Puma en el que el general ha culminado su último viaje. Tenía que ser en un campo militar donde claudicara finalmente el mayor golpista de todos los tiempos.

El prior Cantera, mirada hosca y huraña de resentimiento, lanzaba latigazos de agua bendita sobre la caja de su idolotrado dueño y señor. Alguien ha creído ver que una lágrima furtiva se desprendía por su pálida mejilla. A las puertas de la Basílica, al borde de la escalinata, la comisión del Gobierno seguía de cerca cada movimiento. Dos funcionarios y la ministra de Justicia, Dolores Delgado, vestida de negro riguroso, contemplaban cómo la familia Franco conducía lentamente el ataúd hasta el coche fúnebre. La notaria del Reino con el ceño fruncido y el rostro aterido; sus colaboradores sobrios, contenidos, con la mirada en el horizonte. Ha sido una imagen cargada de simbolismo: arriba el poder del Estado de Derecho. Un poder firme, engrandecido, legítimo. Abajo, alejándose ya del agrietado mausoleo que ha cobijado los restos del dictador en los últimos 44 años, los Franco portando el féretro que parecía cada vez más pequeño e insignificante. El hechizo de la pesadilla franquista se disolvía en una especie de catarsis, de conjuro mágico. Por momentos la escena representaba lo que realmente era: no la simple exhumación de un cadáver, no el traslado de unos huesos descompuestos de un punto a otro, sino el destierro post mortem de un dictador, el ostracismo de un caído en desgracia, el juicio final que no tuvo en vida. La derrota y la expulsión de un dictador de su trono que parecía construido para perdurar durante siglos, mil años de Reich, eternamente.

Hoy ya podemos decir que Franco ganó la guerra pero ha perdido la batalla de la historia. Qué rabia que no se haya podido ver a sí mismo derrotado. Qué lástima que las víctimas no hayan podido contemplar la claudicación de su verdugo. Ya no será el Napoleón honrado y recordado durante generaciones que pretendía ser. Su último capítulo, tan mediocre como su vil mandato cuarentañista, se ha escrito como debía: desde el casi anonimato y ante la indiferencia (cuando no la justa reprobación) de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Atrás quedaron las conspiraciones golpistas, el fragor de las batallas que nunca debieron haberse librado, la sangre, la barbarie, la pesadilla, el terror. Cosas que nunca más deberíamos ver en este país.

Y así, sin más, empequeñecido por la historia, en medio del olvido más absoluto (solo un puñado de acólitos nostálgicos lo han acompañado en este trance, qué diferencia con aquel fastuoso día de 1975 cuando el dictador fue enterrado en un multitudinario funeral de Estado con 100.000 asistentes) el ataúd fue introducido a empujones en el helicóptero, que se elevó suavemente por los aires para llevarse al tirano de su infame escondrijo y quizá, ojalá, del recuerdo de los españoles. Un pueblo que nunca mereció al jefe de Estado más enloquecido, sanguinario y endiabladamente cruel de toda su maldita y triste historia.

Apúntate a nuestra newsletter

7 Comentarios

  1. La maldicion caera sobre los profanadores de tumbas,pero que tontos son ,sacan a una persona de su tumba y la ponen en otro sitio.El gobierno estatara contento,pero franco sigue ahi.

  2. Democracia ¿que democracia? Eso será en otros países, aquí dicta las normas la defraudadora de la lista Falciani.

  3. democracia que cojones de democracia seguro que el general Franco no hubiera perpetrado este robo eso solo pasa ahora en esta seudo democracia para los poderosos

  4. Estas maldades objetivamente SIEMPRE SE PERDONAN, que una timadora FUNDACIÓN FRANCO sea legal y una FUNDACIÓN HITLER jamás, o que la exhumación tenga honores de no sé qué aberración racional, ¡sí!(pregúntales a los millones de franquistas justificando tal antidemocracia por la cara), también se perdonan las miles de políticas corrupciones graves que ha tenido España, y casos graves de maltrato a miles de mujeres, y casos graves de maltrato de miles y miles de animales (porque se diviertan algunos pilluelos), y apologías graves de dictadores diversos (pregúntales a esos de VOX que tanta idiotez de jauría mueven en Twitter), y vistas gordas a los atentados a la democracia que han hecho los amiguetes del golpista Tejero. Pero lo que no se perdona, ¡no!, es que exista la verdad, o que exista la luz infusilable y pura, o que exista un yo diciendo irrefutablemente siempre la verdad, ¡ESO YA NO SE PERDONA!, ¡no!, en licencia atroz y diabólica del mal… ¡no lo perdonan los hijos de Satán! Así es.

  5. Siempre me da tristeza Alber un desahucio pero en este me adado alegria viendo ahora a su familia meacuerdo de toda esas gente que destrozó y especial mente como metieron presa y torturaron ami madre por defender un jornal eso fue larruina de mi familia y lecosto lamuerte a mi padre

  6. El didtador 4 niños pequeños sin padre ni madre y sin familia tirados en la calle todo el daño que izo este didtador nos quitaron la cartilla de la seguridad social teníamos vales para el pan y la leche y nolosquitaron nos dijeron que los hijos de los comunistas no teníamos derecho a nado y el mayor de los hijos 12 años y el más pequeño 3 meses todo esto selodebemos a ese didtador que muchos lo añoran de bueno que era para ello prque parami NO

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre