jueves, 16septiembre, 2021
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La costilla de Adán se llamaba Clara

José Antonio Vergara Parra
Licenciado en Derecho por la Facultad de Murcia. He recibido específica y variada formación relacionada con los trabajos que he desarrollado a lo largo de los años.
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análisis

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“Y de la costilla que Jehová Dios

tomó del hombre, hizo una mujer,

y la trajo al hombre”

Géneses2:22

Aunque la traducción del arameo y del hebreo no es pacífica, no parece que los eruditos semitas llamados por el Rey Ptolomeo II tuvieran su día pues, puestos a creer, mejor antes ella que él. Pero esta es cuestión de la que otro día hablaremos.

Permítanme que les cuente otra historia. Se llamaba Clara. La conocí en un café de cuyo nombre sí quiero acordarme; tal vez por azar o tal vez no. Mediana estatura, pelo castaño, ojos grandes y tristes, tez pálida y gesto amable. La tarde estaba gris y la obscuridad se cernía sobre el cielo de Madrid. Yo tomaba un cortado mientras hojeaba y ojeaba El País. Ella entró y, tras recorrer unos metros con paso inseguro, se sentó en la única mesa libre; junto a la mía. Ezequiel, el camarero, antes de ser reclamado, acudió raudo a su presencia y con la gentileza que le caracterizaba, le preguntó:

  • Señorita, ¿qué desea tomar?
  • Una tila doble, por favor. Y añádale una pizca de anís seco. Contestó ella con voz temblorosa y apenas audible.
  • Bien. Enseguida se la traigo. Contestó Ezequiel.

Aun tratándose de generosas gafas de sol, el hematoma e hinchazón de su mejilla derecha eran claramente perceptibles. Soplaba la infusión mientras con sus manos temblorosas acercaba la taza a los labios. Daba pequeños y espaciados sorbos mientras la taza, inquieta entre sus dedos, derramaba parte de su contenido. Su aspecto general era descuidado. Daba la impresión de haberse vestido con las primeras ropas que encontró y su pelo estaba algo desordenado. Antes que una infusión, quizás huía de su trágica soledad en la que algún canalla había mancillado su cuerpo y, tal vez, su alma. Temblaba, no de frío sino de miedo. O eso me pareció.

No pude contener mi indignación y, aún franqueando privacidades ajenas, le pregunté:

  • Señorita, ¿está usted bien?
  • Sí; no se preocupe. Gracias por preguntar. Me contestó, al tiempo que un par de lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Aquella señora o señorita no decía la verdad aunque tampoco podía esperar que orease sus problemas al primer desconocido. En tales circunstancias, debería haber solicitado la compañía de alguien cercano y querido pero no era así. Irrumpió en el café desamparada y frágil. Tal vez no tenía a nadie. O simplemente huyó al primer lugar concurrido que halló, en busca de algo de paz.

No pude reprimir mis impulsos. Brinqué de mi silla, tomé asiento frente a ella y con toda la dulzura que fui capaz de reunir, le dije:

  • Señorita, perdone mi insistencia. No ha de contarme nada pero es evidente que está en apuros. Si no pone objeción, me gustaría echarle una mano. Puede fiarse de mí aunque dadas las circunstancias tal vez sea mucho pedir. ¿Qué me dice?

No pronunció palabra alguna aunque sí pude advertir el cimbreo de sus labios mientras fruncía el mentón. Se deshizo de las gafas dejando al descubierto sus ojos llorosos y cansados. Con tal elocuencia y ternura me miró que sentí rasgada el alma.  Cogió mis manos y me regaló lo que me pareció una sonrisa. Dejó un billete de diez euros sobra la mesa, se levantó y se marchó a toda velocidad.

Salí tras ella pero debió perderse entre la multitud. Regresé a ese café cada día, a la misma hora, con la esperanza de volverla a ver. Quería ayudarla. Desde aquel casual encuentro, no podía quitármela de la cabeza. Mi alma libraba una batalla entre una sincera compasión y la más vigorosa indignación que podía recordar. No había duda de que aquella señorita, de la que no supe su nombre hasta ayer, había sido maltratada. En efecto, hasta ayer cuando, releyendo El País, vi su rostro ilustrando un luctuoso pié de foto:

 Clara Mondéjar Bermúdez, trigésima tercera víctima por violencia de género en lo que va de año.

Abatido, cerré el periódico y con cierta violencia lo arrojé sobre la mesa. Era ella, sin duda. Me bastó aquel breve instante para grabar su rostro en mi retina. ¡Cómo olvidar aquella mirada temerosa y dulce a la vez!

No quise ni pude leer nada más. No sé si buscó ayuda o si, aun habiéndola solicitado, fallaron las barreras. Sólo sé que un miserable maceró su cuerpo y su espíritu, quién sabe cuántas veces, hasta que finalmente le arrebató la vida. No llego a comprender la maldad del hombre ni qué hieles irrigan las venas para consumar tales vilezas. No sé dónde buscar soluciones. Las condenas mundanas, que son un mal necesario, no evitarán futuros crímenes mas aquellas deben ser despiadadas como crueles las respuestas punitivas ante falsas acusaciones. Porque si execrables son las profanaciones de la libertad, vida e integridad ajenas, también lo es la insidiosa inculpación de un inocente. Tengo pocas respuestas y mucha rabia. Aquí no caben misóginos, tampoco misándricas, que aprovechan cada rescoldo para pasear sus trastornos. Tampoco hay lugar para politicuchos de tres al cuarto ni estrategas de salón que atisban en el sufrimiento una sucia oportunidad y no un compromiso ético.

Quisiera confesarles una íntima convicción. Si la costilla angular y primigenia hubiese sido la de una mujer, nos habríamos ahorrado mucho sufrimiento.

Imagino un grito unánime, ensordecedor, donde el dolor ni se niegue ni se mercantilice. Es mucho lo que podemos hacer; es mucho lo que debemos hacer. Juntos. Por Clara. Por todas.

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