Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas), decía Dámaso Alonso. Hoy habría que añadir a los pobres, contagiados y arruinados por culpa de la pandemia que terminan en las colas del hambre. Gente que hasta hace poco tenía un trabajo, un coche y una vida normal y que de buenas a primeras no puede llenar la nevera. La presidenta Díaz Ayuso debería tomar buena nota de aquello que decía Kennedy: si una sociedad libre no puede ayudar a sus muchos pobres, tampoco podrá salvar a sus pocos ricos. La delfina de Pablo Casado vive como una rica, confortablemente, en el castillo del empresario Kike Sarasola. Desde allí, desde el cielo, resulta difícil ver el infierno de las colas del hambre. El skyline del Gotham madrileño lo ensombrece todo, no deja ver nada, y las personas se ven lejanas, como diminutos puntitos merodeando desesperadamente a las puertas de las iglesias y los bancos de alimentos de Cáritas.

Díaz Ayuso está muy lejos de los madrileños, mucho más que Belén Esteban, que ha dejado de ser la princesa del pueblo para convertirse en la princesa de Vox. La presidenta de Madrid fracasó estrepitosamente en su gestión de las residencias de ancianos. En los peores días de la pandemia los mayores se le morían a capazos en el sórdido Auschwitz de los geriátricos privatizados, sin que ella, joven e inexperta, supiera lo que hacer. A aquel terror de imprevisión, incompetencia e ineptitud le sigue ahora otro no menos abyecto e inmoral: el colapso de los Servicios Sociales. Ayuso ha puesto el cartel de cerrado en la ventanilla del negociado, abandonando a su suerte a la gente obrera de Moratalaz, Vallecas, Cañada Real o Lavapiés. El gulag de las residencias, el exterminio de los viejos, tiene su segunda parte en este otro horror que parece obra de un psicópata todavía más cruel: el holocausto de miles de familias pobres de Madrid que malviven en las casas baratas del extrarradio y que se mueren de hambre esperando a los del Ayuntamiento o el Gobierno regional, que nunca llegan.

Durante años de gobiernos del PP, los predecesores de Ayuso estuvieron desmontando, pieza por pieza, el mecano del Estado de Bienestar. Primero vendieron la Sanidad pública a los grandes constructores; luego llegó la sentencia para la escuela pública. Las residencias las subastaron a unos señores y unas empresas que trabajan bajo la bandera pirata de los fondos buitre. Los Servicios Sociales los dejaron para el final. Hoy no queda nada del Estado de Bienestar en la Meseta más allá de unas oficinas vacías con telerañas y unos carteles oxidados en las puertas. Los fulanos de la corrupción, los de la Púnica, Lezo y Gürtel, se lo han llevado todo, el dinero de las arcas públicas, los contratos a dedo, los muebles de las Consejerías y hasta los manantiales del Canal Isabel II, que todo el mundo dice que el agua de Madrid ya no sabe como antes (será el hedor de la corrupción que baja de la sierra para contaminarlo todo). Mientras las tripas de los ciudadanos rugen porque el cocido madrileño sale aguado con el tocino de caucho de la suela de zapato, la burocracia de los Servicios Sociales (con los que también se ha hecho negocio) se multiplica en un laberinto inútil y kafkiano de Direcciones Generales, Subdirecciones, Delegaciones, Comisiones, Oficinas de esto y aquello, covachuelas dirigidas por unos tecnócratas con trajes caros que se lo llevan crudo. No hay dinero para alimentar los estómagos de los madrileños pero sí para las dietas del funcionariado apesebrado.   

Pasan los días y nadie toca los timbres de los guetos; pasan las semanas y ningún funcionario del PP se deja caer por Moratalaz o por Cañada Real para preguntarle a toda esa legión de invisibles si necesitan algo, si les duele algo, si tienen mucha hambre o poca. Los niños juegan descalzos en las orillas del Nilo contaminado de la M30 (sin mascarillas porque cuestan un pastón); el gremio de chatarreros y cartoneros rebusca en los contenedores de los poblados chabolistas invadidos por los yonquis y los galgos famélicos; los inmigrantes sueñan ya con una patera que los devuelva de regreso a la madre África en un éxodo a la inversa. Hasta en Marruecos se vive mejor que en ese país maldito llamado España enfermo por una raigambre de señoritos y patriotas insolidarios, fenicios corruptos, reyes trincones, políticos cainitas y tribus periféricas destructivas que se odian a muerte, unas a otras, por puro deporte nacional y sin una razón lógica para ello.

Madrid es ya el Kabul europeo, el arrabal de la Europa rica controlada por los racistas finlandeses, belgas y holandeses que durante siglos han estado esperando su momento para imponer el estilo de vida calvino, negrero y supremacista, y de paso negarle el pan y la sal a los españoles, los leprosos del sur, antes de derribar sus feas estatuas de Colón. España va camino de Estado fallido. La ultraderecha ha roto la baraja y espera el momento propicio para dar el golpe de timón definitivo. La izquierda de Pedro Sánchez insiste en modernizar el país pero no la dejan. Es la misma historia de siempre, como cuando se cargaron la Segunda República a fuerza de hambres, propaganda tóxica, pistolerismo y odios enquistados. El Estado de Bienestar ha sido barrido del mapa, solo la generosidad del Padre Ángel y de unos cuantos curas rojillos sostienen ya el país y las listas de espera de los hambrientos con el kit habitual de limosnas para casos de pandemia medieval. A saber, una cántara de leche, el chusco de pan, un rosario de la Virgen (que no puede faltar) y todo lo más un frasco de hidrogel por cortesía del Vaticano. Qué buenos son los padres Salesianos.

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