La carta del presidente Andrés Manuel López Obrador dirigida al Rey de España en la que sugiere el reconocimiento de los abusos a los pueblos indígenas tiene un valor histórico más que por su contenido por la respuesta obtenida.

El tajante rechazo a reconocer la historia para aferrarse a su dictado oficial puso en evidencia que pese al paso de los siglos la prepotencia real se encuentra inalterada, su versión de la historia de conquistas y liberación de pueblos salvajes es la que ordenaron escribir a sus novelistas e historiadores.

Los cierto es que los agravios están documentados, la conquista se trató de una invasión marcada por el genocidio, se exterminaron comunidades enteras, a los sobrevivientes les arrebataron hasta la conciencia y los sometieron a la esclavitud para explotar sus tierras.

Esta es la verdad que rechaza la corona española, en sus reacciones acusa que se trata de confrontar a los pueblos y soltó a su aparato de comunicación, la opinión de sus influyentes personajes desató una campaña contra López Obrador en la que lo menos que se lleva es la acusación de ignorante.

La carta exhibió la intolerancia de la Corona, pero más allá de confirmarnos lo autoritario del gobierno español abrió un interesante debate que de agotarse podría redefinir a México en lo profundo.

Hasta el día de hoy nos hemos quedado con la tesis fundacional de que somos un país nacido a partir de la llegada de los españoles, sobre esta descansa la independencia y supone que el mexicano es el mestizo producto de la simbiosis española e indígena, por lo tanto, se trata de una nueva y única nación.

Esta tesis en realidad se trata de una declaración política que oculta el complejo de la clase dominante que materializó la independencia, ese complejo trata de negar su composición indígena para consolar su aspiración española.

Bajo la tesis de la nueva raza se continuó la política de exterminio, el México independiente es para los indígenas tan cruel como lo fue la Nueva España y los pueblos fueron revictimizados, es la fecha que aun se está en deuda con las comunidades que rechazaron adoptar la fe y la economía capitalista.

Naturalmente hay debate los conservadores tienen la ventaja de tres siglos de impartir la tesis del mestizaje, el grueso de la población no se define indígena, para el imaginario ser indígena es condición vivir en una comunidad apartada, preservar la lengua y apellido prehispánico.

Bajo está definición la población se reduce a menos del 10 por ciento de la población, pero ellos tan sólo son los que han resistido al Estado mexicano como concepto político, totalizador, que unifica a base de negar nuestra identidad indígena y homogeneiza la riqueza cultural de nuestros pueblos.

Andrés Manuel López Obrador tendrá la acusación por parte de los conservadores que naturalmente coinciden con la reacción de la realeza española de que abre un debate ocioso y de confrontación que nada bueno nos puede dejar.

México es un país indígena que se expresa cada 12 de diciembre, cuando los mexicanos sin distinción de clase, religión o pueblo reconocemos nuestro ancestral origen y se rinde culto a Tonantzin que es la Virgen de Guadalupe, quién fue definida así por la Iglesia para tolerar la pasión de los pueblos.

La independencia de México si bien es un antes y un después, debe admitirse que nuestra historia se remonta a los asentamientos de los pueblos indígenas y que son ellos nuestros antepasados, somos el mismo pueblo, sólo que el paso de los siglos nos ha cambiado, pero no son ellos y nosotros más bien somos.

Reconocer a México como la nación de naciones indígenas y rechazar el racismo que implica la nación mexicana como única sería abandonar el racismo de la tesis del mestizaje negadora del indígena, se trata de reconocer nuestra común ascendencia en los pueblos indígenas.

Quién se niega asimismo difícilmente aspira a vivir libre menos aún feliz. Si la cuarta transformación reformula esta concepción, realmente seremos un país independiente: libre de complejos y de odio.

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