El proceso de consolidación y desaparición de entidades financieras en España es imparable. Ya hemos explicado los vientos en contra que sufre el sector bancario. En resumen, mientras se mantengan los tipos de interés en niveles tan bajos y parece imposible que eso cambie —y tampoco parece deseable para la economía en general y las políticas económicas y sociales que esa subida se produzca—, la reducción del número de bancos es inevitable.

Los bancos han tratado de sobreponerse a esta presión con reducciones de plantilla y cierre de sucursales, por un lado, y subiendo comisiones por otro. Esto tiene un recorrido limitado y se ha agotado en su mayor parte. Por eso los mercados han reaccionado sacudiendo duramente a los valores bancarios, hasta llevarlos a cotizaciones muy bajas. Las valoraciones en bolsa —muy alejadas del valor patrimonial de esas entidades o valor en libros— se sustentan en la baja rentabilidad presente de los bancos por los motivos explicados y en la bajísima rentabilidad futura que se espera de ellos. De entre los bancos cotizados, sólo BBVA y Bankinter superan en términos de rentabilidad el coste de financiación de su capital, lo que se llama ROE —rentabilidad del capital— y COE —coste del capital.

Esa diferencia determinaría para el comprador de cualquiera de las entidades con valoraciones bajas un beneficio contable inmediato, es decir, si un banco compra otro por 50 euros y su valor patrimonial neto es de 100 euros, el comprador puede contabilizar un beneficio contable de 50 euros.

La posibilidad de obtener beneficios inmediatos del 100% de lo invertido ha disparado la especulación en los mercados bursátiles y pone de manifiesto los desequilibrios introducidos por las nuevas normas de contabilidad internacional en 2004. Como manifestaron los expertos en su tiempo, se privilegió al inversor de corto plazo respecto al de largo plazo, al beneficiario de un crédito, respecto al ahorrador.

Este absurdo cambio contable, apoyado por los grandes bancos de inversión, ha traído grandes desgracias a las entidades cotizadas que no son capaces de explicar los cambios que sufren sus acciones en bolsa, en manos de fondos especulativos que se dedican a jugar con sus acciones, extrayendo todo el valor que pueda haber en ellos.

Por eso, un factor muy relevante en la futura consolidación bancaria es la diferencia entre lo que los Bancos valen en bolsa y el valor del patrimonio de esos bancos. Piénsese en el caso del Banco Popular que, con un valor patrimonial de 11.000 millones de euros, valía en Bolsa poco más de 1.300 millones el día de su resolución por problemas de liquidez. Si alguien se hubiese interpuesto en el camino de Santander, se hubiese hecho con casi 10.000 millones de plusvalías.

El bajo valor en Bolsa de un banco es un riesgo porque facilita los ataques de sus rivales y, en la medida que pueda transmitir imagen de debilidad de la institución, puede propiciar o puede apoyar a propiciar la inestabilidad de un banco. Esto no tiene nada que ver con la solvencia de la entidad, sino con las expectativas de resultados futuros, expectativas que están hoy muy deprimidas por los factores comentados.

Detrás de estas caídas de valoración en Bolsa, no sólo hay inversores tradicionales que creen que hay que huir de invertir en Banca como activo en Bolsa, también fondos de inversión, con pocos principios, salvo uno: maximizar sus beneficios, aunque sea provocando la caída en Bolsa de estas entidades. Piden prestadas acciones de esas entidades, las venden inmediatamente provocando su caída y las recompran cuando están bajas —aunque esta bajada esté provocada de forma artificial—, ganando la diferencia entre el precio que obtuvieron al vender y el que obtienen al recomprar las acciones que recibieron prestadas. En definitiva, no parece muy recomendable para un particular invertir en acciones que están sujetas a estos movimientos especulativos y que poco tienen que ver con los fundamentos que atesoran.

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