Recuerdo el ensordecedor ruido a fritura de las chicharras bajo una luz cegadora que calcinaba rocas y abrasaba a moscas de media arroba, que estallaban en el aire cuando se exponían demasiado tiempo a aquel sol terrible. Hace ya un mes que regresé de mi viaje al planeta Tierra donde tuve la suerte de descubrir cosas desconocidas hasta ahora, que amplían el conocimiento sobre el astro que albergó a nuestros antepasados.

Iban a cumplirse mil años desde aquella tercera guerra mundial que transformó el planeta, al que llamaban azul en una bola terrosa asolada por vientos radiactivos y tempestades eléctricas, calcinada por un sol justiciero que abatía moscas mutantes de más de seis kilos de peso, parientes lejanas de aquellas moscas cojoneras de nuestros antiguos. Por suerte quedaron, y no sabemos todavía por qué, algunas zonas que se espera sean las semillas de donde surja y se extienda una nueva vida.

Me llamo Bienvenido Fulañón y soy de las últimas ramas de un árbol genealógico muy especial. Un árbol de exiliados o más bien de huidos de aquella catástrofe que casi aniquila a la especie humana. Unos meses antes de aquella catástrofe planetaria, fueron preparadas diez parejas de científicos jóvenes. Todos ellos fueron sometidos a una rigurosa y minuciosa selección que fue llevada con el mayor de los secretos. El plan, llevado deprisa y corriendo, casi a la desesperada, era que la humanidad sobreviviera en esas veinte personas. En aquella época, el mundo se debatía en una insondable crisis que presagiaba lo peor. El  ser humano estaba a punto de acabar definitivamente con lo que había sido su casa. El mundo, ya incapaz de defenderse de tanta y  tan continuada agresión, agonizaba sin remedio. El oxígeno escaseaba por culpa de la deforestación; era raro el día en que no desaparecida alguna especie animal o vegetal, los árboles supervivientes se exponían dentro de vitrinas de museos como seres de otro mundo, la capa de ozono hacía tiempo que no existía y los rayos solares herían a todo bicho viviente, había que ponerse mascarilla hasta para bajar a comprar una pistola de pan. Los suicidas lo tenían fácil, sólo tenían que sentarse en un banco de la calle a esperar que el perpetuo atasco de tráfico acabara con ellos en unos minutos.

El capitalismo más salvaje dominaba la tierra, y este sistema terminó por expoliar los recursos del planeta, además arreciaban las lluvias ácidas y las incesantes guerras, grandes, medianas y pequeñas, minaban cualquier intento de sanear el planeta, pues todas las guerras traían tras de sí el fantasma del hambre, y el hambre y la miseria traían a su vez la barbarie y el caos generalizado. Nadie pudo parar aquello y un mal día todo llegó a su fin. No hizo falta juicio final llevado a cabo por ningún Dios, la infinita estupidez humana bastó y sobró para condenarse todos y cada uno

He venido al planeta Tierra, el lugar donde se originó nuestra especie, desde nuestra base situada en Kepler 452 b, un planeta situado en la constelación del Cisne, nunca había estado aquí, pero nada mas llegar y poner el pie en el suelo sentí el latido de la tierra, una especie de emoción como si algo en mi interior, algo instintivo, me hiciera recordar que estoy en mi casa, aunque de momento no la reconozco como tal sino únicamente como lugar de estudio. Estuve explorando una zona que se llamó, en otros tiempos, La Mancha. Este lugar me correspondió por sorteo entre los otros compañeros exploradores. Daría igual que me hubiese tocado otro sitio porque como ya se ha dicho, con algunas esperanzadoras excepciones, todos los lugares del planeta son igualmente desérticos, hostiles e incompatibles con cualquier forma de vida.

La primera noche dormí dentro de la cápsula al abrigo de una temperatura de -100 grados y un viento del Este de 250 kilómetros/hora que, según nuestros científicos, era normal en esta época del año. A la mañana siguiente, una cegadora luz de acero inoxidable hacía resplandecer el pedregoso suelo de una manera brutal. Me puse el traje espacial y dí mi primer paseo por el exterior. El tiempo de exposición al exterior no podía en ningún caso superior a una hora. Esto había que tenerlo siempre muy en cuenta, porque si se superaba ese tiempo la tremenda radiación existente terminaría por atravesar el traje protector y acabaría conmigo en unos instantes.

Caminé lentamente por aquel secarral, no encontrando a mi paso nada que me llamase especialmente la atención. El paisaje era una sucesión de tierra abrasada y rocas fulminadas que se deshacían con sólo tocarlas. Los únicos seres que sobrevivan en medio de aquel infierno eran los insectos, totalmente inmunes a la radiación, los reptiles y algunos roedores como ratas y ratones que se habían adaptado a aquel hábitat tan hostil de manera prodigiosa. Estaba a punto de regresar a la nave cuando algo llamó mi atención. Era un objeto que brillaba entre un montón de piedras, quizás se tratara, pensé, de un cristal de roca. Al cabo de un rato conseguí sacarlo, era una pieza sorprendente, una especie de fósil envuelto en una especie de resina, quizá fuera ámbar o un material parecido que la había conservado perfectamente. Era de color negro, tenía forma de disco y era de naturaleza desconocida. Podría ser un animal sin catalogar por nuestros expertos, o, tal vez, y eso parecía lo más probable, un aparato tecnológico, un transmisor espacial o algo así porque del centro de aquel disco sobresalía una pequeña protuberancia o pitón enhiesto de unos dos centímetros de altura.

Rápidamente me di la vuelta y caminé en dirección a la cápsula, por fin, me dije, había hallado algo digno de estudio. Una vez en la cápsula, examiné el objeto en el pequeño laboratorio con el que contaba la nave. Comprobé que no emitía radiación, al menos conocida, tampoco eran concluyentes la pruebas sobre su naturaleza, de modo que podría ser animal, vegetal o mineral. Si los instrumentos no se equivocaban, tenía una edad de 1.250 años. Esta especie de disco negro de 620 milímetros de diámetro tenía en su interior una banda marrón de unos 3 centímetros de ancho, seguramente funcionó como campo magnético que proporcionaba energía al objeto, además el envés estaba forrado de otro material más ligero que contenía una inscripción muy borrosa en el centro que bien podría ser un código de identificación. De no haber sido por la protección del ámbar, esta pieza habría desaparecido como ha desaparecido todo vestigio humano. Pasé el resto del día estudiando el objeto, y dormí aquella segunda noche con la esperanza de hallar más restos de civilización, aunque tal y como terminó hubiera sido mejor llamarla incivilización. Nuestra misión consistía precisamente en eso: recabar información sobre mis desgraciados ancestros.

El sol volvió a salir al día siguiente y yo también volví al lugar donde encontré el misterioso disco negro. Rastreé minuciosamente el lugar con la nariz casi a una cuarta del suelo. De pronto vi salir una rata enorme de entre las piedras y dirigirse hacia mí chillando y mostrando unos dientes aterradoramente grandes. Rápidamente eché mano de un pequeño emisor de ultrasonidos y el animal se alejó rápidamente, perdiéndose entre los montones de piedras. Me acerqué con mucha cautela al sitio de donde había salido la rata y vi un agujero de un metro de diámetro por el cual me introduje hasta que perdí pie y caí rodando por una especie de galería. No recuerdo el tiempo que fui cayendo, sólo sé que cuando recobré el conocimiento había pasado el tiempo de exposición a la radiación: hacía ya una hora que tenía que estar en la cápsula. Intenté no perder la calma y puse en marcha el protocolo previsto para estos casos.

Me encontraba en medio de una sala excavada en la tierra, tanto las paredes como la bóveda eran blancas y estaban provistas de oquedades donde reposaban algunos utensilios prácticamente intactos: un recipiente cerámico de forma alargada con un trozo de material blando en su extremo,  una especie de vidrio pulido rectangular colgado en la pared, un aparato metálico de forma ovalada colgado en la pared, y que contenía un líquido viscoso en su interior, un objeto cóncavo también metálico con una especie de antenas del mismo material, entre otros fascinantes objetos que aparecían entre las sombras a la luz de mi linterna. Seguí mirando aquella estancia mientras el corazón latía con fuerza en mi pecho, sin duda, pensaba, había dado con la casa intacta de un poblador aborigen de esta zona. El hogar de un antepasado. Encontrar aquella vivienda había sido un extraordinario golpe de suerte porque existían muy pocos vestigios humanos debido a la intensidad con que la primera pulsión nuclear azotó la corteza terrestre.

En el intento de buscar la salida de aquella cueva reparé en unas extrañas inscripciones que llenaban una de las paredes de la sala. Saqué fotos de ellas y las he reproducido cuidadosamente en un cuaderno para que las estudien los expertos. Estos son algunos de los extraños signos, quizás una suerte de escritura, aún por descifrar: “He perdido hasta la boina”, “esto es el fin del mundo”, “me llamo Paco García”, “¿por qué hemos llegado a esto?”,” ¿Adónde han ido todos?”, “¿dónde está mi mujer?” “también me he quedao sin mula “. Había otras pintadas por el estilo, pero estaban borrosas y sin sentido. Con toda probabilidad, el humano fue sorprendido por el holocausto nuclear en esta cueva o silo, o pudo refugiarse a tiempo, quedando convertido este habitáculo subterráneo en una cámara de protección durante horas o quizás días, lo que le permitió sobrevivir milagrosamente algún tiempo. Este fue uno de los últimos hombres vivos sobre la Tierra, sin embargo no quedan rastros de él, muy probablemente, y a la desesperada, intentó salir de allí, siendo totalmente desintegrado por la bola de fuego que sacudió al planeta durante meses.

Poco más había que rascar en aquella cueva. Sentía cada vez más cerca ruidos extraños en la oscuridad del silo, probablemente insectos o reptiles que empezaban a curiosear a mí alrededor. Quise salir rápidamente y empecé a concentrarme para poder levitar, y encontrar pronto el agujero de salida. Al poco tiempo mi cerebro consiguió que el cuerpo se elevara, era un truco muy sencillo, bastaba con forzar la mente hasta lograr que el deseo se extendiera  por todo el cuerpo. De ese modo, todos los músculos eran dirigidos en una sola dirección, lo que me permitía elevarme. El cerebro, convenientemente entrenado, era capaz de llevar a cabo lo que nosotros llamábamos “proyección corporal voluntaria”.

Ya fuera del silo, mi traje empezó a descomponerse con rapidez, me quedaban minutos de vida. Tenía que retroceder una hora. Era mi única salida. Tenía que buscar un agujero espacio temporal que me hiciese volver atrás en el tiempo. Mi cerebro, a fuerza de concentración, consiguió convertirme en un haz de energía que atravesando una cuarta dimensión me situó una hora anterior al tiempo real. Respiré hondo cuando me hallé de nuevo en la cápsula. Estos experimentos no están aún muy probados, podría ocurrir que una vez dentro el agujero de gusano temporal se cerrase antes de lo previsto, entonces ya nada te haría volver al punto de partida. A través de nuestras investigaciones, a las que concedemos muchos esfuerzos, estamos logrando disminuir este peligro.

Lo que antes parecía imposible y no nos atrevíamos ni a imaginar hoy se ha vuelto posible y realizable. Este es el fruto de siglos de continuo estudio que comenzó con la llegada al nuevo planeta de acogida, al que bautizamos como “Novaterra”, de nuestros primeros padres, aquellos emigrados de la Tierra, que estudiaron y analizaron minuciosamente lo que le había ocurrido a la humanidad para que no volviera a repetirse jamás bajo ningún concepto. Ellos llegaron a la conclusión de que toda la desgracia del hombre se debía al uso, poco y  malo, de su capacidad cerebral. Por ello se centraron en el estudio de los cerebros y en las posibilidades y expectativas que ese amasijo único y maravilloso en el universo, ese súper gigante computador de kilo y medio de peso formado por billones de circuitos podía brindarles. Y, en este camino siguen estando nuestras investigaciones actuales.

Ya casi aprovechamos cincuenta por ciento de nuestra capacidad cerebral, recordemos que nuestros antepasados terráqueos aprovechaban su cerebro menos de un diez por ciento, y eso en el mejor de los casos, y se cree que los dirigentes del mundo apenas utilizaban un escaso dos por ciento, porque no hay que olvidar que la mayoría de las funciones eran actos reflejos donde el cerebro prácticamente no actuaba, sólo vegetaba perezosamente abandonado a una casi permanente siesta. Era como si estuviésemos usando un potente ordenador para sumar uno y uno. Nuestro primer reto consistió en saber por qué todo nuestro potencial cerebral estaba parado, y si lo estaba por causas genéticas obedeciendo alguna orden de no se sabe bien qué naturaleza; o si, por el contrario, había que seguir un aprendizaje o método cuya clave había que descubrir.

Ahora que han pasado más de mil años de aquellas preguntas, podemos afirmar que estamos en el camino de la perfección. Hemos conseguido evolucionar hasta estados difícilmente imaginados por las mentes más brillantes de nuestros abuelos y casi chimpancés terrícolas.

Al principio nos preguntábamos por qué era tabú, por ejemplo, acostarnos con nuestras madres o padres, y no lo era, por ejemplo, el asesinato o la guerra, siendo esto último mucho más atroz que lo primero. Ahora hemos erradicado de nosotros esos sentimientos negativos y destructivos. Se han convertido en tabú y no se nos pasa por el pensamiento hacer nada que nos haga daño o hacerlo a los demás porque hemos desarrollado anticuerpos, hemos eliminado estas toxinas mentales que en tiempos dominaron al hombre, léase la ansiedad, la agresividad, la violencia, el odio, la envidia, el afán de robar, de engañar, de someter, el venenoso instinto de posesión de unos sobre otros, la intolerancia, la cruel explotación del hombre por el hombre etc y más etc… En nuestro nuevo mundo el hombre no es en modo alguno un lobo para el hombre, sino su compañero en el camino, su hermano de especie.

Nuestros sabios trabajan para conseguir ese nuevo hombre del futuro. Dentro de dos mil, cinco mil, diez mil años, quién sabe, aún es pronto para precisarlo, el proceso natural de regeneración habrá culminado en la Tierra y todo volverá a ser como antes. Quizás los ríos hayan cambiado de sitio y las montañas hayan crecido o menguado en algunas partes, pero eso no importa. Lo importante es que el cielo será limpio y azul como cuentan que era. Habrá plantas y animales de miles de especies y todo volverá a ser un paraíso, y la madre naturaleza acogerá otra vez a este hombre nuevo que vivirá allí durante otro periodo que se espera será eterno porque estará perfectamente integrado en su hábitat y no volverá a sufrir sus propios errores o locuras. Estamos seguros que algún día, en un futuro que nosotros no llegaremos a ver, nuestra especie volverá a su lugar de origen y ésta vez para quedarse. Y todos nosotros, y ese es uno de nuestros mayores sueños, ayudaremos a hacerlo realidad.

Pronto me pondré a trabajar con los hombres sabios, tengo que colaborar en la formación de una cadena generacional que nos conducirá a nuestro objetivo. Cuando el planeta azul vuelva a serlo, estaremos allí para estrenarlo. No sabemos si conseguiremos nuestra meta. Hay entre nosotros quien opina que es una utopía, pero hay una frase que me anima y me gusta recordar, dice así: “Como no sabían que su tarea era imposible, lo lograron”.

Cada vez avanzamos más en este sentido, aunque hay algo, tal vez biológico, tal vez genético, que nos impide marchar más deprisa. Casi siempre todo va bien, todo va en la dirección correcta, pero cuando todos creemos haber desterrado los instintos más dañinos que anidan en nosotros, surgen complicaciones que vuelven a poner en entredicho el éxito de nuestra misión. Ayer, sin ir más lejos, ocurrió un hecho bastante descorazonador para todos nosotros. Resulta que sorprendieron a dos de nuestros más eminentes hombres sabios enganchados de los pelos y zurrándose a puñetazo limpio porque parece ser que uno de ellos iba a ser nombrado jefe de investigaciones, y el otro no estaba, por lo que se ve, de acuerdo del todo, en fin…

El viaje de exploración a la Tierra acabó y vengo de asistir a una reunión con mis compañeros de viaje. Todos nos sentimos satisfechos de haber estado unos días en un lugar mítico para nosotros. Desde que logramos la tecnología necesaria para hacerlo, cada uno de nosotros al cumplir los 33 años viajamos al planeta Tierra para estudiar su evolución y también para no olvidar las raíces y nuestra misión, a la que nos entregamos sin regatear esfuerzo alguno. Cada uno de nosotros tiene que ver por sí mismo el mal que se le hizo a lo que tendría que ser nuestra casa. Ahora nuestra generación enseñará a la siguiente la lección aprendida. Y así será hasta que llegue una afortunada generación que halle una tierra virgen y habitable. Esperemos que cuando pisen la hierba por primera vez no olviden lo que tienen que hacer.

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