Algún día aún no muy próximo, la bisnieta de Andrea Camilleri podrá emocionarse con la pequeña joya en forma de memorias que le dedicó poco antes de morir este 2019 a los 93 años el reconocido escritor siciliano (Porto Empedocle, 1925-Roma, 2019), padre del comisario Montalbano, ese personaje imperturbable que recibe su nombre de un sentido homenaje al español Manuel Vázquez Montalbán, otro izquierdista irredento como el siciliano. Cuando Camilleri escribió en el verano de 2017 Háblame de ti. Carta a Matilda (Salamandra) –dictó más bien, ya que entonces la ceguera le impedía leer y escribir–, su bisnieta Matilda aún no había cumplido cuatro.

Mientras llega ese día, los que ya pueden deleitarse con estas memorias son los millones de fieles lectores que tiene repartidos por decenas de países en todo el mundo. Porque esta pequeña delicia, escrita “a ciegas” en sentido literal y publicada de forma póstuma, repasa al unísono la historia de un escritor hecho a sí mismo y la de todo un país durante un convulso siglo, que ha sufrido las consecuencias del fascismo, de una guerra mundial y de una posguerra muy dura, una tierra de necesidades donde halló el terreno propicio la mafia para asentar sus tentáculos. De todo ello habla Camilleri a su bisnieta Matilda en apenas 120 páginas.

Y lo hace con una sensibilidad, sencillez y sobre todo sinceridad aplastantes. Ni siquiera oculta sus pecados de juventud, como cuando su “fe fascista” siendo apenas un niño sufrió una fisura sin vuelta atrás. Un compañero de clase judío se despidió de él, que atónito le preguntó a su padre si los judíos no podían ir al mismo colegio que él. Desde ese mismo momento comenzó a comulgar con el ideario comunista. Agradece por ello la lectura de La condición humana, de André Malraux, que le hizo percibir que “los tan odiados comunistas eran gente como nosotros, gente que no se diferenciaba en nada de nosotros, que no se comía a los niños y que tenía ideales igual que yo”.

Camilleri deja en este bello libro un mensaje claramente integrador y aglutinador de sentires contrapuestos, sobre todo cuando se trata de ensamblar postulados de ideologías antagónicas. “Lo último que he aprendido”, le dice a su bisnieta Matilda, “es que siempre debemos tener una idea –puedes llamarla también un ideal– y aferrarnos a ella con firmeza, pero sin sectarismo”. La sabiduría que otorga la edad se disfruta en el mensaje final: “Recuerda que, derrotada o victoriosa, no hay bandera que no destiña al sol”.

 

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