La tarde del veintitrés de agosto de este año, la policía de Kenosha, en el estado de Wisconsin, abre fuego en hasta siete ocasiones contra Jacob Blake, un hombre negro, al acudir a la llamada de su pareja por un presunto incidente doméstico. Los disparos se realizan por la espalda y cuando, aparentemente, Blake no supone ninguna amenaza para la integridad de los agentes. Parece a todas luces un uso desproporcionado de la fuerza.

La respuesta del movimiento Black Lives Matter (BLM) no se hace esperar y pronto miles de personas se echan a la calle a protestar. Las manifestaciones transcurren de forma pacífica, pero al caer la noche se declara el estado de emergencia (algo parecido a nuestro estado de alarma) ante la creciente intensidad de las mismas, que deviene en algunos disturbios. Es aún veintitrés de agosto. Al día siguiente se decreta el toque de queda desde las ocho de la tarde.

El veintisiete de agosto, Kyle Rittenhouse, un adolescente de diecisiete años de la cercana ciudad de Antioch, en el estado de Illinois, se sube a su vehículo y se dirige a Kenosha para, presuntamente, ayudar a defender a sus compatriotas contra los disturbios. Kyle, que se autodefine como “miliciano”, cruza la frontera que separa Illinois de Winsconsin. Como acompañante, lleva un fusil de asalto AR – 15, un arma legal en el estado de Wisconsin, pero que requiere haber cumplido dieciocho años para poder portarla.

Kyle no es el único que acude a Kenosha. Haciendo una interpretación extensiva de la Segunda Enmienda de la Constitución, que consagra el derecho a portar armas, grupos de ciudadanos armados y autoproclamadas milicias (aunque para ser legales, de acuerdo con las leyes americanas, dichas milicias deben ser creadas por la autoridad civil, en este caso, el gobernador del Estado) patrullan armadas las calles de Kenosha. Las piezas para la tragedia están en su sitio. Tan solo falta que alguien empuje la primera, lo que no tarda en ocurrir.

Lo que ocurre de ahí en adelante es confuso y solo puede reconstruirse parcialmente mediante el material audiovisual de los manifestantes y medios que cubrían los disturbios. Diversos vídeos muestran a Kyle en compañía de otros ciudadanos armados “defendiendo” un concesionario de coches. Un grupo de manifestantes pro Black Lives Matter llega a la zona. Se producen gritos y suenan varios disparos, de procedencia desconocida, aunque al menos uno se corresponde con un disparo al aire hecho por un manifestante, tal como puede verse en una de las grabaciones. Un hombre llamado Joseph Rossenbaum arroja una bolsa de papel en dirección a Kyle, que huye hacia un aparcamiento cercano. Rossenbaum lo persigue, presuntamente para desarmarlo. Ambos desaparecen de plano. Según un reportero cercano, testigo de los hechos, Rossenbaum intenta desarmar a Kyle. Suenan disparos y Rossenbaum se desploma.

 Kyle se acerca al hombre tumbado en el suelo y parece comprobar su estado. Saca su móvil y llama a alguien para decirle que acaba de matar a una persona. Varios manifestantes pro BLM que son testigos de los hechos se lanzan a perseguirlo. El chico huye calle abajo, pero tropieza y cae al suelo. Sus perseguidores lo alcanzan y uno pasa sobre él. Kyle dispara dos veces, pero no logra herir al hombre. Anthony Huber, otro de los manifestantes pro BLM, intenta golpear a Kyle con su monopatín. El chico le dispara en el pecho y Huber, tras unos segundos, se desploma ya sin vida. Un tercer hombre corre hacia él. Lleva una pistola en la mano y no queda claro si apunta con ella a Kyle o no. El chico dispara una vez más, hiriendo al hombre en el brazo que porta el arma. Tras ello, Kyle se pone en pie y se aleja de sus perseguidores. Levanta las manos y camina en dirección al cordón policial que cierra la calle. Pese a ir armado y haberse visto envuelto en un tiroteo, la policía no lo arrestará hasta el día siguiente, ya en su casa de Antioch.

Actualmente, Kyle se enfrenta a seis cargos criminales: uno por asesinato, dos por poner en riesgo la vida de personas, homicidio imprudente, asesinato en grado de tentativa y tenencia de “arma peligrosa” por parte de un menor.

Nos encontramos ante una tragedia cuyas causas requerirían un largo estudio, pues se trata de un asunto lleno de matices que pueden modificar la responsabilidad penal de Kyle. Su abogado alega que actuó en legítima defensa, mientras sus detractores sostienen que el chico, simpatizante declarado de Trump y ciertas milicias cercanas a la extrema derecha estadounidense, aprovechó los disturbios para salir de cacería y solo buscaba una excusa para empezar a disparar.

Sea como fuere, lo que es evidente es que Kyle no tenía la edad necesaria para portar el arma de fuego con que realizó los disparos. Es también incuestionable que se dirigió voluntariamente y armado a una zona en la que había decretado un toque de queda. Del mismo modo, y aunque la propaganda de la alt right les quiera vender lo contrario, las autoproclamadas milicias son ilegales en la mayoría de estados de los EE.UU. si no han sido autorizadas por un gobernador o por el presidente.

La clave del caso estará en si el juez acepta o no que Kyle actuaba en legítima defensa, como sostiene su abogado. A juzgar por los vídeos, podría ser así en la muerte de Anthony Huber y la herida al hombre de la pistola. No queda tan claro en el caso de Joseph Rossenbaum, donde todo dependerá del valor que el jurado dé a las declaraciones de los testigos.

Sin embargo, hay un elemento clave en este asunto: las leyes sobre legítima defensa de Wisconsin establecen que esta no podrá ser invocada cuando exista provocación previa, y perfectamente podría considerarse que así ha sido, pues el chico patrullaba armado una ciudad que no era la suya, en otro estado, durante un toque de queda por disturbios raciales y, presuntamente, siendo simpatizante de grupos supremacistas blancos.

Ahora bien, ni teniendo en cuenta lo anterior podemos sacar conclusiones nítidas, pues aunque las leyes de Wisconsin establecen, efectivamente, que no cabe legítima defensa cuando se ha dado una provocación previa, también establecen que, siempre que el provocador haya “agotado todas las vías a su alcance para huir de la amenaza [a su vida]”, su derecho a la legítima defensa se vería restaurado.

Al margen de la tragedia, que nos encontramos ante uno de los casos más interesantes sobre la extensión del derecho de legítima defensa de los últimos tiempos. La cantidad de aristas que tienen los hechos hace muy difícil, fuera de posicionamientos puramente ideológicos, un análisis técnico – jurídico de lo ocurrido.

Kyle Rittenhouse podría ser condenado por tenencia de arma peligrosa, por poner en riesgo la vida de personas y por el homicidio de Rossenbaum, pero absuelto de lo ocurrido cuando huía calle abajo tras matar a este. No tanto porque tenga claro que se trata de un caso de legítima defensa (basándome en el arma que portaba y en que fue a una ciudad que no era la suya, me inclino más bien a creer lo contrario), sino porque veo complicado, al menos con lo que hasta hoy sabemos, que se pueda obtener una imagen clara de lo que ocurrió. Por ello, al no poder determinar claramente los hechos, será difícil obtener una “convicción más allá de la duda razonable” que destruya la presunción de inocencia que asiste al reo en el proceso penal. Y, ante esto, solo cabe una absolución.

El pasado día 25 se celebró la vista sobre la extradición de Kyle a la jurisdicción del estado de Wisconsin y, tras ella, solo faltará que se fije la fecha de juicio.

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