El Cirque du Soleil regresa a Sevilla, tras triunfar en Madrid y otras capitales españolas, con gran aparato publicitario. Recorrerá más geografía española antes y después de visitar otros países y continentes. Aterriza precedido de rotundos éxitos por impecables puestas en escena que reformulan y reinventan el circo de carpa. Esta aventura nació en Canadá por 1984 de la mano de artistas callejeros. ‘Kooza’ es su nueva apuesta, su renovado espectáculo para recuperar los orígenes de una multinacional radicada en el Canadá francés (Montreal) donde su cuartel general es una universidad mundial del circo.

‘Kooza’ se inspira en la palabra sánscrita ‘koza’. Significa caja, cofre o tesoro. Desparrama en el escenario mucho maquillaje, disfraces coloridos, flexibilidad y colesterol barriguero –sólo entre sus cómicos-, acróbatas ultraflexibles, contorsionistas imposibles, bailarines, músicos y técnicos versátiles. Todos logran que su producto cultural maride con el clímax que no se espera nadie hasta qué punto se eleva.

Entrado el 2020 ‘Kooza’ es tributario del cuerpo humano, esqueletos de Halloween, los colores y sones de carnaval o el exotismo asiático. Cirque du Soleil tiene un público fiel. Sabe que en España quien paga la entrada no puede salir defraudado. Además añade una sonrisa feliz por haber disfrutado algo conmovedor, importante e inolvidable. Entre la fuerza y la fragilidad, la risa y la carcajada, la confusión y el equilibrio, ‘Kooza’ nos adentra en el temor, la inquietud, la sorpresa, identidad, reconocimiento y poder. El espectáculo se desarrolla en un universo visual apasionante y exótico lleno de emociones, escalofríos, audacia y participación total. Quien ocupa cada asiento de la carpa en ‘Kooza’ es parte activa. Participa de la fiesta circense, carpa incluida.

La fiesta del circo

‘Kooza’ es un gozo para los sentidos. Es fiesta, alegría, fuerza, risas y ese plus caótico que conlleva la bohemia de vivir y sentir un emotivo espectáculo, pero en el siglo XXI. La oferta es muy iconoclasta. La piedra angular que dirige David Shiner navega por un guion muy llamativo. El viaje nos transporta a lo oriental (Dralion), gratitud al imperecedero Federico Fellini (Corteo), lo mágico (Zarkana), el mundo de las mujeres (Amaluna), el universo ‘gipsy’ –gitano- (Varekai)…

En ‘Kooza’, según indican sus inventores, maridan inocencia y un poder ‘de la conexión humana y el mundo de la dualidad, lo bueno y lo malo’. Un payaso, mudo pero expresivo, con cometa en ristre se topa con otros habitantes de su universo colorido. Los escruta, los toca, los acompaña y se hace cómplice de sus andanzas. Los personajes se van sucediendo con un hilo narrativo que los sentidos del espectador se excitan desde la inocencia y esperanza hasta la felicidad.

Ese circo que acerca ‘Kooza’ es simbólico, icónico. Los recursos dramáticos rozan la perfección con pulcritud. Hay mucho sueño, música, desfile, lenguaje no verbal, teatro, luz y sombra, en los espectáculos de Cirque du Soleil. Pero, al cabo, todo queda en territorio onírico, el más sugerente viaje mientras descansamos el cuerpo.

‘Kooza’ comienza con gags y numeritos de payasos no hispanoparlantes, pero se les entiende todo con una mímica muy estudiada. El canadiense Cedric Beslisle hace de inocentón, El ruso Denis Pigorov de hombre-para-todo y el norteamericano Aaron Felske de embaucador. El trío supera los intermezzos del espectáculo con una viveza y dramaturgia lúdica muy elaborada. Si bien sus respectivos papeles entierran al payaso estándar nos recuperan la fe en el mejor circo que podamos ver dentro de una carpa vanguardista.

Los que siguen a estos payasos del presente son un grupo de rusos, asiáticos y orientales sobre los que faltan palabras para descubrir su maestría. También para ver su aspecto neutro sexual porque los maquillajes nos lo presentan como hombres o mujeres despertando incógnitas que integran la magia que conduce el espectáculo. Una mirada atenta al pecho descubre el género de cada artista. Se nota que ese terreno de nadie es obra de la diversidad sexual que adivinamos entre los artistas.

Las contorsionistas de Mongolia (Odgerei, Ninjin y Sender) merecen punto y aparte. Pensábamos que la flexibilidad humana tiene topes. Pero estos se superan hasta que se descubren formas y poses imposibles en unas chicas tan jóvenes cono encantadoras para colarse, en su caso, por cualquier rendija. Las formas que adaptan a la contorsión nos hacen pensar que estamos visualizando reptiles femeninos entregados al género humano.

Un dúo ruso (Yury y Olga) con uniciclo hacen las delicias sobre un clásico circense. Pero la diferencia de estatura del tándem multiplica lo que da de sí una nueva contorsionista. Hace lo que nadie puede imaginar arriba, al cuello y debajo de un uni-ciclista que domina la rueda hasta domesticarla como si fuera su mascota.

El número que comparten el canadiense Gordon White, el español Miguel Berlanga y el norteamericano Michael Garner es igual de fantástico. El payaso regresa al escenario y lo mágico. Le siguen, hasta el intermedio del espectáculo, un grupo colombiano-español (Vicente y Roberto Quirós, Flouber Sánchez, John B. Sánchez y David Rosero) que por parejas hacen cosas que mejor deben verlas. Son inenarrables. Peligro y vértigo total es la pista más cercana.

Observamos que la médula de ‘Kooza’ es una gran estructura móvil llamada Bataclan que entra y sale a escena, a un lateral de la pista central, con la orquesta en lo alto de una balconada. Las cantantes son piropeadas por unos músicos muy capaces y les acompañan con registros vocales de altura, nunca mejor dicho. El ritmo fluye con naturalidad en ‘Kooza’, hasta una segunda parte que depara más sorpresas.

La sorpresa que entretiene

La ‘rueda de la muerte’ (weel of death) tras ‘Crooner’ –número de baile espectacular que ejecutan artistas rusos-mongoles principalmente- son piezas que atrapan al más insensible. Los acróbatas se desenvuelven por filos, lados, alturas, pesos, contrapesos hasta obtener del espectador el vértigo e impaciencia para que todo termine bien.

La sorpresa sucede cada instante en que los ojos se posan sobre los artistas en un escenario de donde emergen y desparecen como por ensalmo más artistas. La iluminación y efecto ópticos son cuidados e impecables. Nadie sabe qué pasará cuando se suceden imágenes, personas y artefactos que parecen fabricados en la ciencia ficción.

Otro número muy aplaudido es el ‘Teeterboard’, o trampolín. Un grupo de acróbatas salta para caer sobre los hombros de sus compañeros o de forma casi imposible, de pie sobre zancos; el alambre alto, equilibrios increíbles sobre bicis y sillas a muchos metros del suelo; o el dúo de monociclo. Aunque sin riesgo, no son menos apreciables malabaristas -en Kooza hay especialista hasta en diábolo- o el número de rueda simple o Cyr, un gran aro que acoge en su interior al acróbata que lo maneja.

Los músicos que viven y tocan en el Bataclan merecen mención. Su banda sonora circense traspasa parámetros. Gradúan el éxtasis, la intriga, el silencio y la tensión con proverbialidad. Se ve que el grupo tiene tablas, compila excelencia y se advierte mucho pentagrama, noches infinitas de tocar a gusto y esas melodías que lleva pareja el circo en su mejor versión. Sus notas musicales mezclan jazz, funk de los setenta y ritmos de Bollywood con sutiles toques de es ancha Asia que pulula por casi todos los capítulos de ‘Kooza’. El libro del espectáculo también tiene toques caribeños, anglos y quebecquois, desde donde emergió Cirque du Soleil.

Al trombón encontramos al cubano Joulien Ferrer, el Saxo & Guitarra eléctrica es cosa del canadiense Frederick Kraal. La percusión es ejecutada por el francés Fernando Díez, al bajo está el canadiense Jean-Louis Lucas y al bongo el israelí Eden Behar. El norteamericano Kevin Johnson se ocupa de tocar la trompeta y guitarra. Las vocalistas son las canadienses Joanie Goyette y Mary Pier. Las dos, una joya de voz y registros tímbricos. Llamativo, voluntarioso, virtuoso y genial fue, en un magistral aparte, la batería cristalina que aporreaba enérgicamente Eden Behar mientras bajaba y salía-entraba del Bataclán. No cabe duda que el músico fue ubicuo y polivalente.

Disfruten del mejor circo

La verdad, Cirque du Soleil es la apuesta más fértil, innovadora y renovadora del circo de nuestros días. Es una realidad que no necesita animales salvajes, que viven enjaulados, apartados de su manada y aparecen sedados ante niños, jóvenes y adultos. Sus números son muy originales y cromáticos. Están decorados con disfraces funcionales y maquillados -los artistas- hasta en su sombra. La estética del espectáculo está ciertamente cuidada.

Todo en ‘Kooza’ está presto para hipnotizar. Ello ocurre desde que las contorsionistas aparecen en escenario. El vestuario también es relevante. Su responsable, Marie-Chantale Haupt, tomó licencia para los trajes de novelas gráficas, óleos de Klimt y películas fantásticas. Combina telas y diseños indoeuropeos para sumergirnos en lo mágico, algo que transcurre en paralelo al movimiento de los cuerpos de los artistas. En ‘Kooza’ se usan más de 175 disfraces y 180 sombreros: 1080 artículos en total, calzado, accesorios, pelucas y demás.

‘Kooza’ es un feliz reencuentro con la identidad del circo. Conecta con el ADN del público. Lo conduce ese lenguaje internacional y cronológico que nos hace aplaudir a los inventores del Cirque du Soleil porque avanzan sin olvidar. La tradición secular de grandes circos y artistas es omnipresente. Esta exitosa aventura canadiense fructifica con varios elencos por todos los continentes con distintos espectáculos. Adaptan, dotan de belleza y ‘mise en place’ (puesta en escena) propuestas únicas e impensables para lo que convenimos con el circo. Los números que vimos en ’Kooza’ son en parte los mismos que nuestros padres y abuelos ya veían. Están adaptados para toda clase de públicos.

En España, años atrás, no acabo bien lo que se ideó para integrar socialmente a jóvenes artistas bajo la marca del ‘Circo de los Muchachos’. Ángel Cristo terminó con su circo cuando se le terminó la vida, como al Price. Los ‘payasos de la tele’, los iniciales Gaby & Fofó y Miliki, cuyos vástagos y herederos cerraron ya las carpas son ya historia del arte y más preguntas sobre ¿Cómo están Ustedes?. Otras empresas circenses sobreviven como pueden, con o sin leones, elefantes, acróbatas o payasos-músicos que nos emocionan los recuerdos.

Cirque du Soleil es, en 2020, una apuesta por el circo-total absolutamente recomendable. Tiene detrás una plantilla de 4.500 empleados, incluyendo 1.400 artistas de más de 70 países distintos. Tiene en ‘Kooza’ una oportunidad de disfrutar lo máximo gracias a una profesionalidad poco entregada a la improvisación.

FICHA TÉCNICA

Creadores: Guy Laliberté y David Shiner. Director: David Shiner. Director creativo: Serge Roy. Escenografía: Stéphane Roy. Música: Jean-François Côté.

Iluminación: Martin Labrecque.

Vestuario: Marie-Chantale Vaillancourt.

Coreografía: Clarence Ford.

Sonido: Jonathan Deans, Leon Rothenberg.

Equipamiento acrobáticos y rigging: Danny Zen.

Números acrobáticos: André Simard.

Maquillaje: Florence Cornet.

Grand Chapiteau: Charco de la Pava-Sevilla.

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