Si España hubiera sido gobernada por Julio Anguita en vez de por Felipe González, no cabe duda de que seríamos un país completamente empobrecido. La derecha internacional dispone de mil herramientas de chantaje para poner de rodillas a cualquier nación, bien lo saben los griegos y cualquiera que trate de poner en marcha un proyecto democrático que se sitúe fuera de la ortodoxia neoliberal. O juegas con sus reglas en su castillo de cartas marcadas o te aniquilan. Donde no lleguen los cañones de la economía, lo harán los de unos medios de comunicación comprados por el poder económico, que convierten en visible o invisible, a conveniencia, cualquier realidad.

La derecha española no ha regalado un elogio a nadie a lo largo de su historia. Si ensalzan a Felipe González no es por esa estupidez de considerarle un “hombre de Estado”, sino porque jamás tocó una estructura de poder en España, al igual que Zapatero. ¿Desde cuándo acabar con un valioso y extenso sector público y legislar contra el trabajador a través de varias reformas laborales infames, que no estaban en el programa electoral del PSOE, es ser un hombre de Estado? José María Cuevas, presidente de la patronal de empresarios, CEOE, entre 1984 y 2007, llegó a decir: “González comparte las tesis de la CEOE sobre política económica y laboral”. El mayor triunfo del PSOE es habernos convencido de que no existía otro camino para España, hoy desigual, despedazada y precaria, que no fuera el que ellos trazaron al inicio de la Transición con Estados Unidos y con la Internacional “Socialista” de Willy Brandt, ya entregada por entero al capitalismo más brutal e insaciable, que es el que parió la crisis de 2008 por medio de la especulación inmobiliaria y la desregulación.

Felipe González fue el único presidente de la historia de España que pudo transformar el país y convertirlo en una socialdemocracia al estilo de las que existen en el norte de Europa. Pudo hacerlo porque contó con tres mayorías absolutas entre 1982 y 1993 y, principalmente en el período 1982-89, porque tenía el apoyo del pueblo en las calles, algo que no ha podido decir ningún otro gobernante. No existió un giro neoliberal por parte del PSOE. El neoliberalismo, es decir, las políticas de derechas eran la única opción que contemplaba González, que para el socialismo español fue una figura similar a lo que fueron Schröeder en Alemania, Blair en Reino Unido, Carlos Andrés Pérez en Venezuela o Bettino Craxi en Italia: políticos que, pese a definirse como socialdemócratas, se dedicaron con esmero a desmontar los sectores públicos de sus países para entregarlos al sector privado. Todos los ministros de Economía del PSOE han impuesto medidas neoliberales, todos, y varios sonaron como candidatos, junto a otros políticos del PP y de otras fuerzas de la derecha europea y estadounidense, para presidir organismos internacionales como el FMI o el Banco Mundial, que defendían las políticas neoliberales. Nadie que de verdad sea de izquierdas entra en la terna de candidatos a dirigir estas instituciones, nadie. Cuando las políticas neoliberales son impuestas desde partidos pretendidamente izquierdistas es más fácil que la población las vea como inevitables y las termine aceptando. Anguita se hartó de denunciar esto, pero su voz, en aquel tiempo, era la voz que gritaba en el desierto.  

Los ministros de Economía y los menos conocidos altos funcionarios del Estado desempeñaron un papel clave en esta cuestión. La mayoría, como Miguel Boyer, Carlos Solchaga, Mariano Rubio o Guillermo de la Dehesa, se habían formado en las instituciones franquistas del periodo desarrollista iniciado con el Plan de Estabilización, y eran portadores de una ideología dominante, inasequible a todo cuestionamiento que, con el tiempo, impregnaría por completo al PSOE. En los gobiernos de González pesaba esa ideología neoliberal adaptada a una España que necesitaba incrementar la protección social a toda costa, pero también las instituciones de extracción de estos líderes tecnocráticos: el Instituto Nacional de Industria, el Banco de España y el Ministerio de Hacienda, entre otros. Es cierto que Boyer o Solchaga reformaron con placer y de forma acelerada la economía española para encajar en el modelo asimétrico europeo, pero también lo es que el presidente González representó desde el principio su principal apoyo. Un verdadero socialdemócrata nunca tendría ministros de Economía con ese perfil, de los que el propio Alfonso Guerra llegó a decir hace años que hubieran podido liderar un partido de derechas. Antes de que la llegada del Partido Popular inaugurara una auténtica década perdida con la explosión inmobiliaria, los ejecutivos de González representaron un período de despotismo ilustrado cuyas prioridades económicas siguieron separando a la sociedad de las élites que la dirigían, como ya había sucedido en etapas anteriores de nuestra historia.

Anguita representó, probablemente, la única voz sólida contra el empobrecimiento a largo plazo al que España se vería abocada. Se trató del único líder contrario a la firma del Tratado de Maastricht, que puso sobre Europa la pesada losa -sobre algunos países más dependientes del exterior, como España, ese lastre es aún mayor- de la financiación de los Estados a través de la banca privada y no de los bancos centrales. La broma nos sale por unos 30.000 millones de euros al año, pero los responsables se ponen de perfil. Los que somos de izquierdas solemos tener debates internos ante las injusticias, debates de carácter moral. En Occidente, el capitalismo te ahorra incómodos dilemas éticos y preguntas embarazosas y te permite convivir con lo inmoral y lo inaceptable: el hambre, la desigualdad, los desahucios, los flujos de refugiados o las guerras provocadas por la venta de armas pasan a ser percibidos como si fuesen problemas individuales o contratiempos inevitables, cuando son tragedias de la humanidad en su conjunto, algunas de ellas cuidadosamente programadas. De manera que las violaciones de los derechos humanos que se producen aquí o se diseñan desde aquí adquieren un carácter distinto, como desprovisto de su inhumana carga de injusticia.

Anguita nos dio muchos ejemplos, como renunciar a su pensión como exdiputado. Ejemplos que solo puede dar la gente decente y que el resto de la clase política, que vendió el país a través de una y mil traiciones mientras se llenaba los bolsillos y el estómago, ridiculizaba. Esa coherencia, esa trayectoria de hombre honesto, de político que no roba, no miente y no vota en contra de sus convicciones, se ve hoy con un cierto asombro y mucha nostalgia porque nos hemos acostumbrado a la corrupción, a la charca de ranas de Aguirre, a que solo uno entre muchos tenga ese carácter de insobornable. Y sospecho que la sociedad ha empeorado tanto que hasta vemos como una debilidad esa ingenuidad, ese idealismo irreductible de los políticos como Anguita. 

En el PSOE se odiaba a Julio Anguita porque con su discurso revelaba las contradicciones del Partido “Socialista”, que hoy daba una palmadita en la espalda a millones de votantes para apuñalarlos mañana practicando de forma invariable las mismas políticas económicas que hubieran firmado Aznar o Rajoy, pero con esa guinda social-ya sea una ley del aborto, ya sea una ley que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo-que convierte en menos indigesto el pastel neoliberal. Un PSOE que, en los tiempos de González, no lo olvidemos, situó en puestos clave de la banca privada a auténticos dinosaurios del franquismo, exhibiendo un descomunal poder intervencionista que, sin embargo, quiso anular para llevar a cabo privatizaciones y entregar la banca pública a los banqueros privados. La ideología dominante domina incluso a quienes, durante algún tiempo, se opusieron a ella.

Las inmisericordes críticas de Anguita causaban un dolor inmenso en el PSOE porque, al contrario de las que venían de la derecha, procedían de un verdadero hombre de izquierdas intachable en su comportamiento, por eso se empeñaron tanto en denigrarlo. Porque Anguita habló el mismo lenguaje de Machado: el de ser leal a España en sus gentes y no en su bandera. Anguita fue el sueño del idealismo, la mesura, la honestidad y la imaginación. Un sueño por el que esta España, entregada por completo al mentiroso discurso posibilista de Felipe González, no apostó nunca. Ahora, mientras unos toman el sol en veleros sofisticados, otros descansan en paz con el reconocimiento y el agradecimiento de muchos, y también de muchos otros que, al calor de lo sucedido, hubieran integrado con gusto las filas de los votantes de aquella Izquierda Unida.

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