Desde que nace un niño, no puede ir contra la vida ni contra la sensatez ni contra la naturaleza; pues, de advertirse eso, de inmediato su padre tiene que llevarlo a un psiquiatra. Pero ¿qué ocurre cuando se trata de un grupo de seres humanos o de un seguimiento cultural (en torno a un periódico o en torno a una telebasura) el que lo hace? En corazón limpio y en honor a la verdad, deberían también ponerse en manos de un psiquiatra o estar aislados de la sociedad para que ésta no tenga sus incuestionables daños. Así es.

Sin embargo, la realidad dice que ostentan unos grupos (con indecencia mental habitualmente) ciertos tratos de favor y, en vez de tener una absoluta desprotección o ser metidos en un manicomio, pues son ayudados (por engaños casi siempre) y encima siguen a sus anchas diciendo que entretienen o diciendo que son buenetes (de la mala leche). El caso es que siguen contra la mínima decencia o contra la verdad como sátrapas mentales o como si la cosa no fuera  con ellos.

Un río no puede ir contra el agua, eso hasta un niño lo sabe, ni una sociedad puede ir contra un orden sabio (o racional), eso hasta otro niño cualquiera lo sabe. Por eso, hay una obligación ética, humana o del alma incluso, de no ir contra lo que es la primera base, ya sea social o humana o cultural.  Por salvar una mínima cordura o por salvar una mínima responsabilidad (en lo más esencial) lo digo: Nadie tiene derecho ni aval racional o ético para ir contra la verdad, ¡nadie!

Pero miles de intelectuales, en obviedad pura, van día tras día, minuto tras minuto, contra la sensatez o contra la verdad o contra la principal esencia. ¡Vamos a ver!, Hitler no puede decir “mi sensatez” como tampoco puede decir ”mi verdad” (pues sensatez y verdad son casi lo mismo: una consigue la otra), como tampoco puede decir “mi solidaridad”, ¿se enteran? PORQUE ÉSE DECIRLO MISMO DESTRUYE RAZÓN, porque ése decirlo ya bombardea cualquier equilibrio o, de inmediato, se carga la inteligencia, ¡así es!

Y lo irresponsable de todo (que ya parece paradoja de irresponsabilidad) es que siguen y siguen y siguen diciendo “mi verdad”, “tu verdad” como si nada, sin más, o sea, como si necesitaran veinte unidades psiquiátricas en sus cerebros o en la cara dura que tienen ( ya que ¿qué culpas tienen sus cerebros de la cara dura que tienen?).  No, no se puede decir “mi verdad” porque, la verdad (que ha de ser en esencia existencial imparcial, ¡sí!, ¡exacto!, que sin eso no existe), deja de tener significado de verdad o deja al momento de tener su existencia.

Tampoco se puede decir “la Creación se ha hecho desafortunadamente o en modo desafortunado” porque, sencilla o equilibradamente, la realidad o los hechos no entienden de fortuna, ¡no!, y ya el decirlo es de sinvergüenzas, de manipuladores o de corruptos mentales. Así es. Los hechos no tienen nada que ver con la fortuna, ni con el Western, ni con los deseos de ser todos ricos, etc. Es decir, los hechos no son tus amigos o tus deseos, ¡son hechos!

En conclusión, por una sociedad mejor, no se puede ir en contra de la verdad y, si alguien la va demostrando u obviando, pues no se puede ir en contra de él haciéndole la vida imposible o desprotegiéndolo en todo lo que dice; mientras que, por el contrario, en todo lo que ya dicen tantos pillos o imbéciles, sí que se les hace caso o se les ayuda a todas horas, a descerebramiento fijo.

¡Obvio!, el deber ético de todos es no ir en contra de la vida, es no ir en contra de la naturaleza ni en contra de la sensatez. Esto lo diré hasta el último día de mi vida, ¡por seguro! No se puede elegir la depravación, la desfachatez o la mentira para un decir (para una ejemplaridad) cualquiera hacia la sociedad, ¡no!  Ante todo, diré a esos listillos que están por encima de lo correcto y de lo sensato que, para que exista verdad, tiene que haber demostración racional. ¡Sí!, eso es así siempre, vayan a donde vayan; y si ya quieren referirse a la verdad en lo que sea que digan, pues ¡eso es lo que hay para no ir en contra de la verdad o de una mínima sensatez!

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