Cuando en el París prebélico de la primavera de 1938 una tormenta eléctrica provocó la caída de una rama en pleno Campos Elíseos sobre la cabeza del intelectual austríaco de origen húngaro Ödön von Horváth, se ponía fin así de forma tan prematura y abrupta a la existencia de un hombre de 37 años que apenas un año antes había escrito uno de los libros más iluminadores sobre el ascenso del nacionalsocialismo en la sociedad alemana del momento. Narraba en él cómo la semilla de este mal ya había germinado en buena parte de aquella juventud a través de una educación alienante y perversa que trajo consecuencias irreversibles muy poco tiempo después.

El también escritor austríaco Stefan Zweig sentenció que “nunca se ha expresado tan vivamente el apasionado deseo de aquella juventud de escapar de una atmósfera envenenada por los odios políticos y las pasiones sociales”. Cuando Horváth escribió Juventud sin Dios en el verano de 1937, ya vivía exiliado en una ciudad cercana a Salzburgo, Henndorf. Allí configuró una obra que delinea sin tapujos y con una finísima sabiduría la psicología de una juventud pervertida por una ideología perturbadora que supuestamente llegaba para calmar los males adquiridos a raíz del humillante sometimiento al que la nación alemana se vio abocada tras el armisticio de 1918 que puso fin a la Gran Guerra. Lejos de calmar los ánimos, sus objetivos pasaban claramente y sin ambages por enardecerlos, hasta el punto de elevarlos a una alienación descomunal en la que participó una inmensa mayoría de la sociedad alemana.

Eran tiempos convulsos en toda Europa. Sin duda. En la Presentación que incluye esta edición de Nórdica de Juventud sin Dios, a cargo de Franz Werfel, escrita apenas un mes después de la muerte de Horváth, recuerda que los titulares que aparecían aquellos días en los periódicos del continente no dejaban lugar a dudas de que el terror no estaba en ciernes ni mucho menos, sino encima de todos: “Bombas en Cantón – Ataque aéreo sobre Granollers – Cientos de víctimas mortales”.

Esta obra maestra narra cómo el germen de este mal ya había brotado en buena parte de aquella juventud a través de una educación alienante y perversa

Werbel apunta que la singularidad de Horváth queda definida desde sus primeros inicios como pensador y novelista, comenzando por el drama El día del Juicio Final y culminando con las novelas Juventud sin Dios y Un hijo de nuestro tiempo. “Si hasta entonces Horváth, con toda la plenitud de su talento, había observado como norma lo bajo, lo infame, y le había dado forma con una capacidad casi inocente, ahora, de forma inesperada, por un susto fulminante, todo ello se ve fundamentado con hechos y con dolor. La infamia ya no es evidente. Lo satánico produce un reflejo. Surge la idea de la culpa. Un lema nuevo y grande: ‘El frío tiene la culpa’. Este lema rige el último libro del escritor, que tenemos aquí ante nosotros”.

Demoledor testimonio de una obra de referencia para conocer en profundidad los orígenes del nacionalsocialismo. Es lo que también el cineasta austríaco llevó a cabo hace unos años con su impresionante película La cinta blanca.

En Juventud sin Dios, el malogrado Horváth hace recaer el protagonismo de su novela en un joven profesor de un colegio al que el director del centro le conmina a no corregir a un alumno que afirma que los negros son infrahumanos, mientras al mismo tiempo le recuerda que su obligación como docente es “educar para la guerra”. Estos valores patrióticos intrínsecamente vinculados a lo bélico son inculcados en un campamento escolar de corte paramilitar donde se produce un misterioso crimen.

En el capítulo titulado ‘El capitán romano’, el profesor narrador cuenta: “Ya llevamos cuatro días en el campamento. Ayer el sargento les explicó a los chicos el mecanismo del arma, cómo se cuida y cómo se limpia. Hoy están todo el día limpiando, mañana dispararán. Los soldados de madera ya están esperando a que les den”.

Escrita sin concesiones y en un encadenamiento brutal y directo de diálogos estremecedores, Juventud sin Dios es de esos libros que dejan una honda huella y resuenan en la mente del lector tiempo después de vuelto a colocar en la biblioteca. El compatriota de Horváth y también escritor Peter Handke lo tiene claro: “Horváth es mejor que Brecht”. Ahí es nada.

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