Mañana tranquila. El sol ya pica y arremete contra las señoras que con su capazo y su carro de la compra se introducen en el mercado del barrio a abastecerse de fruta, carne y embutido para dos días, porque al siguiente es fiesta. Madrid se despierta. Aunque para ellas haya amanecido hace mucho y sea un día como otro cualquiera. Nada ha cambiado. Todo sigue igual. Ellas siguen estando en casa, zurciendo, lavando, planchando, haciendo camas y comida, trabajando quince horas al día, sin salario y lo que es peor, sin que nadie se lo agradezca. En la tele, ese instrumento que ha venido a acompañar su soledad, dice que Madrid es moderno, jovial y lleno de vida, aunque ellas ni lo han notado. 

Tarde Tórrida. Ese Madrid que desconoce un muchacho de provincias recién llegado, y se encuentra con una gran avalancha de gente con banderas rojimoradas, que si fueran sacadas en su pueblo, provocaría que las viejas del lugar se santiguaran tres veces y corrieran a la iglesia a pedir tranquilidad. Ese Madrid reivindicativo que quiere paz y libertad. Ese que entiende que lo primero es imposible sin lo segundo. Que está harto de la DGS de la Puerta del Sol, de violentos rapados que salen de las esquinas a matar a la gente a cadenazos y que juzga y sentencia por el modo de vestir, por el color de una camiseta o por lo que lleves escrito en ella. Ese Madrid que huye de la policía porque sabe perfectamente que esta no está para ayudarles sino para destrozarles. Ese Madrid que ha florecido tras un largo invierno de cuarenta años que lo tenía pintado de gris oscuro, con sus calles llenas de niños descalzos, con ropas raídas y con grandes velas de mocos saliendo de sus fosas nasales. Ese Madrid de copas, fútbol, toros y queridas. El que les hacía trabajar sesenta horas a la semana por tres perras gordas y vivir hacinados en habitaciones de tres metros cuadrados. El Madrid vanguardista en el que un tipo se dedica a pintar cualquier espacio con su apodo “Muelle” o de otro al que le falta una pierna y destroza marquesinas y escaparates con su muleta.  

Noche cálida. Ese Madrid que impresiona a un muchacho que acaba de llegar del pueblo y le acoge entre el asfixiante calor de las tardes y la suave brisa que permite ir en manga corta a las tres de la mañana, se empeña en no irse a dormir. Las calles son un hervidero de personas que bullen en la cazuela de bares en las que cuecen Salsa, Rock, Merengue, Jazz, Pop y música Disco. Jóvenes de todas las edades acompañan a la luna en una fiesta a la que para asistir hay que tener conciencia, amigos y ganas de divertirse. Es el Madrid que aun permite llegar con coche a Lavapiés, a la calle de las Huertas o a la Puerta del Sol. Es el Madrid que se empieza a desperezar de un letargo de represión y abusos. Es el Madrid de los regueros humanos en San Blas o en el Pozo. El Madrid de punkis y posmodernos. El Madrid de pelos azules, colorados, de labios negros, de garitos donde dos hombres o dos mujeres pueden besarse sin que nadie les mire con cara de asco. El Madrid de golfos y de mujeres liberadas. El Madrid que cambia diariamente. Un enorme hormiguero nocturno que va y viene bajo la batuta de un nuevo estilo de vida: la movida.

El chaval, recién llegado del pueblo, Gandulfo, trasiega con sus amigos de bar en bar en la noche madrileña. Van charlando amigablemente. No ha visto el coche sin conductor que se acerca a su derecha. No lleva luces. Cuando quiere darse cuenta, ya es tarde. Su cabeza ha rebotado con el impacto en el cristal, y ha dado dos vueltas en el aire antes de caer por detrás del vehículo que le ha arrollado y que acaba por estamparse contra el semáforo del paso de cebra.

El propietario es un policía, que estaba de copas, calle arriba. No se ha molestado en buscar aparcamiento. Lo ha dejado en doble fila con el freno de mano quitado. Uno de los conductores bloqueados le ha dado un empujón al coche, parta poder salir, después de haber estado pitando más de media hora, y el vehículo se ha precipitado calle abajo. Ha sido sin querer. 

En el juicio, le han caído cinco años por homicidio involuntario y deberá indemnizar al propietario del vehículo siniestrado con el valor de un coche nuevo más cien mil pesetas por daños y perjuicios. El propietario que dejó el coche en doble fila y sin freno, ni siquiera estaba acusado.

¿Independencia?

 

En Alemania en 1936, el 90% de los alemanes estaba con el partido Nazi. Es septiembre, tres años después, cuando Hitler invade Polonia y Francia y el Reino Unido le declaran la guerra, la mayor parte de ese noventa por ciento reciben la noticia con júbilo. Seis años después, Alemania está en la ruina económica y social. Destrozada por las consecuencias de la guerra y con ocho millones de personas menos. Todos los partidarios de Hitler tenían una cosa en mente: Alemania (orgullo de ser alemán). La mayoría no odiaban a los judíos, sin embargo, no hicieron nada por evitar su exterminio. Incluso algunos, miraban con cierta simpatía que dejasen de ser competidores en sus negocios.

En la España de 2018, hay un porcentaje elevado cuyo principal sentimiento es España. Un sentimiento que convierte en su enemigo a cualquiera que no esté dentro de sus parámetros de su concepto de este país. Un sentimiento que les ciega y le vuelve sordos ante todas las tropelías, todas las injusticias y todas las corruptelas que sucedan alrededor de aquellos a los que consideran malos españoles. Un sentimiento que convierte a España en su país y que niegan a los que no piensen de su misma manera.

Este es un sentimiento trabajado durante ocho décadas. Un sentimiento que además de pobre, porque no tiene detrás ningún beneficio para el 99% de esos nacionalistas españoles, sirve para que los que si ganan con ello, puedan seguir manejando su poder a su antojo.

Así las cosas, hemos llegado a un retroceso en calidad democrática y en libertades que ha llevado a este país a los albores de los segundos años setenta y principios de los ochenta, cuando recién muerto el fascista genocida y cobarde, convivían en este país, multitudinarias manifestaciones que pedían libertad, con los últimos torturados en los bajos de la Puerta del Sol, asesinatos de abogados laboralistas, detenciones por hechos inventados a militantes del Partido Comunista o palizas en plena calle por llevar una pegatina con la bandera republicana, el pelo largo o una camiseta de los Kiss.

Todos estos que jalean el “a por ellos” que creen que un Guardia Civil acusado de violación y declarado culpable de abuso sexual tiene su derecho a cobrar el 75% de su sueldo y a pasar la condena en un penal militar y no en una cárcel común, que creen que una chica acorralada, paralizada por el miedo que ha sido sometida a vejación, violación y abusos, se lo merecía por haberse ido con ellos o que consideran que no será para tanto porque no opuso resistencia física, como en la Alemania del 36, son cómplices y sostenedores de un estado represivo que hace aguas democráticas por todas sus instituciones. Quizá no odien a los catalanes. Quizá no sean misóginos. Quizá no fueran capaces de encarcelar a su vecino que no opina como ellos. Pero gracias a su silencio, a su complicidad y a ese cáncer nacionalista, están consintiendo que estas cosas sucedan.

El actual estado español ha convertido a España en un lugar inseguro, sin garantías democráticas, sin garantías procesales y sin garantías humanitarias. Todos los poderes se unifican en uno al no haber disensión y al acallar a los disidentes a base de unos medios de intoxicación concertados que manipulan la actualidad, que actúan de forma falaz contando noticias irreales o medias verdades o condicionando el pensamiento crítico siempre hacia los mismos.

Vemos irregularidades preocupantes en el caso de los chavales de Altsasu, que como bien cuenta aquí la directora de opinión de este diario, llegan a ser muy preocupantes y a pensar que todo es una burda manipulación.

Vemos irregularidades también preocupantes en el caso de los detenidos catalanes a los que se les imputan delitos que otros jueces independientes extranjeros y muchos juristas de este país dictaminan como inexistentes. Vemos como sin juicio ni sentencia, se le suprimen los derechos como ciudadano a uno de los detenidos, como decenas de juristas y periodistas autónomos dictaminan que los autos declarados por el juez, son autos de ficción. Vemos como se denuncia ante la UE violaciones de los derechos humanos, en definitiva preocupantes indicios del uso de la justicia de forma partidaria y torticera.

Cuando hay una sentencia que nadie entiende, (ni siquiera sus propios partidarios) como la de Pamplona en la que se dice probado que cinco animales acorralan a una pobre chica de dieciocho años y sin su consentimiento obligan a meterse un pene en su boca, mientras le quitan el sujetador contra su voluntad y otro le baja los leggins y el tanga, y es sometida a penetraciones por casi todos los orificios de su cuerpo y sin embargo sentencian que no hay violación sino abuso, con un voto particular de uno de los jueces que directamente consideraba que era sexo consentido, y nos dicen que es cosa de la ley, lo que a mí me viene a la cabeza es que esa ley ha sido redactada por quiénes están interesados en que su modo de entender las cosas, que son a la vez quiénes viven cómodamente en este sistema, sea el que prevalezca. Y ha sido redactada así justamente para que pueda ser interpretada de una u otra forma dependiendo el interés.

La ola de manifestaciones y declaraciones en contra de esta sentencia ha vuelto a sacar a la luz el problema del corporativismo judicial en el que se relaciona crítica con independencia. Pero, ¿qué independencia puede tener el Consejo General del Poder Judicial cuando es nombrado por los políticos? ¿Qué independencia puede ostentar el Tribunal Constitucional, cuando sus miembros son nombrados por afinidades políticas? Cuando emiten una nota de prensa dirigida a uno de los políticos que no comulga con esa forma de hacer las cosas y dicen que criticar las sentencias va contra la independencia de los jueces, deberían mirarse el ombligo porque haber sido diputado, senador, o militante de un partido político hace más daño a la independencia judicial que todas las manifestaciones a las puertas de los juzgados. No nos engañemos, cuando hablan de independencia y de crítica lo que están intentando es salvaguardar un modelo, un modo de actuar que beneficia a unos pocos y va contra los intereses de la mayoría de los ciudadanos.

Criticar no solo es constructivo sino que cualquiera de nosotros debería tener el derecho de vetar al juez encargado de su caso, si cree que le va a perjudicar. Pero aquí, no sólo no es posible sino que ante casos de flagrante conflicto de intereses como que la mujer de un Guardia Civil, condecorada por la Guardia Civil y amiga íntima de uno de los miembros del Gobierno, pueda presidir un caso que la fiscalía intenta convertir en un proceso político contra la Guardia Civil y en favor de las tesis del Gobierno, se niega el recurso y además se apuntala ese nombramiento.

En este país, no puede haber independencia judicial cuando una gran parte de jueces y magistrados pertenecen a una secta como es el OPUS Dei. Una secta también introducida entre los miembros de gobierno.

El gran cáncer de este país es esta congregación que lleva décadas horadando el sistema democrático. Un sistema que la Unión Europea debería revisar porque España ya no cumple el principal punto del tratado de adhesión. España ya no es una democracia, al menos de derecho.

 

Salud, república y más escuelas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

2 Comentarios

  1. Pues yo si le veo casado; bien casado con la pura demagogia. España y su democracia es manifiestamente mejorable, lo sabe hasta el Tato, pero jamás los ahora golpistas en las dos décadas que se hizo necesario su voto para gobernar dieron su apoyo o exigieron a cambio mejoras en esa democracia. Y digo que está usted casado con la demagogia con la que, sin serle infiel, comparte usted cama con el olvido; el olvido de millones de personas a las que nadie tiene derecho a imponerles una nueva nacionalidad o hacerles extranjeros en su propia tierra. Los eternos olvidados.

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