Técnicamente un personal shopper es alguien que ayuda a sus clientes a elegir y comprar productos y objetos de toda clase. Se va de tiendas con ellos, les fija la ruta a seguir por los centros comerciales o directamente hace las compras por su cuenta si el cliente no dispone de tiempo. En realidad estamos ante uno de esos empleos que en los últimos tiempos están proliferando en gran medida, sobre todo en las grandes ciudades y alrededor de las clases más altas y pudientes, que son quienes tienen el parné para permitirse el lujo. Hoy no resulta extraño ver a una señora bien o a un señor bien, pongamos del barrio de Salamanca, acompañado de uno de estos modernos cicerones del consumismo.

Viene todo esto a cuento de que Isabel Díaz Ayuso, IDA para los amigos, tiene en nómina a su propio personal shopper, a Ignacio Aguado, aunque en realidad su trabajo no consiste exactamente en comprar para ella sino en saber venderla bien ante la opinión pública. Desde ese punto de vista, podría decirse que Aguado es un personal shopper a la inversa. En efecto, el vicepresidente del Gobierno regional es el hombre perfecto para el papel. Es bueno llevando las bolsas de su jefa, tiene buenos modales, gusto refinado y suele ser discreto. Jamás levanta la voz a la socia preferente, puede ser que le aconseje sobre esto o aquello, pero nunca se le verá contradiciendo abiertamente a la presidenta o rebatiéndole una sola medida sanitaria. Cuando sale a dar la cara por la lideresa ante los periodistas, el personal shopper Aguado suele desplegar toda su diplomacia y encanto para dejar en buen lugar a la persona que lo ha contratado. Exquisito en el vestir, de buenas maneras (nunca suelta un taco) e impoluto en cuanto a la imagen personal, la misión del líder de Ciudadanos-Madrid es echar balones fuera y que IDA siempre quede bien. Lo cual no es fácil, vista la facilidad que tiene la mujer para meterse en charcos y jardines.

Hasta ahora nuestro hombre había cumplido a la perfección con su papel de sombra de Ayuso, de muleta naranja, de acompañante a todas partes. La jefa lo sacaba a pasear y él hacía lo que se le mandaba. Si llovía siempre estaba presto para abrir el paraguas, como el Morgan Freeman que hacía las veces de chófer en Paseando a Miss Daisy o el guardaespaldas de Whitney Houston, o sea un Kevin Costner de la Castellana. Y cuando IDA lo llevaba a alguna charla o conferencia en el Club Siglo XXI el dirigente de Cs se desenvolvía con habilidad. Sin embargo, a poco que estalló la pandemia empezaron los problemas. Llegó el colapso de los hospitales y las urgencias, los contagiados (que ya van por tropecientos por cada cien mil habitantes, la tasa más elevada de Europa) y el drama de los ancianos muertos en el gulag de las residencias privatizadas. Las cosas se pusieron duras de verdad. Entonces empezó el calvario para el personal shopper a la inversa. El trabajo ya no era tan fácil y cómodo como antes. Había que maquillar las contradicciones, explicar las incompetencias, capear las paparruchas, bulos y tarugadas de la jefa. Un auténtico marrón.

En la última rueda de prensa, Aguado se lio un poco, cosa normal cuando se trata de tapar semejante fiasco monumental en la gestión de la pandemia. Fue cuando dejó a los madrileños aquella frase para la historia: “Vais a poder elegir entre ser virus o vacuna. Podemos decidir ser virus y colaborar con nuestros comportamientos a extender y propagar el virus entre familiares, amigos, negocios, compañeros de trabajo y que todo esto sea en balde; o podemos elegir ser vacuna: tener hábitos saludables, seguros, higiénicos, protegernos y proteger a los nuestros, usar mascarilla”. Los ciudadanos de Madrid se pusieron a cavilar cómo demonios se puede ser un asqueroso bicho microscópico o una jeringuilla dolorosa. Sin duda, había llegado el momento de dar el paso al frente y plantarse ante tanto despropósito y degradación política, decir basta ya, hasta aquí hemos llegado que yo me bajo del carrusel y me voy con Gabilondo El Parsimonioso. A fin de cuentas Ciudadanos es solo el invitado del Gobierno, un convidado de piedra de aquel Trío de Colón, y ya ni eso, porque Inés Arrimadas quiere dejarse el vicio de la extrema derecha y dar el giro al centro. Pero no. El personal shopper Aguado eligió unir sus destinos al de IDA y ya juntos hasta la muerte, como en el clásico de Raoul Walsh. Aguado es que es un buen muchacho que nunca traiciona a nadie.

Hoy cuenta la prensa izquierdosa de Madrid que la crisis del coronavirus “ha recrudecido la guerra interna entre el PP y Ciudadanos en la Comunidad de Madrid”, es decir, entre la presidenta y su personal shopper. Para Díaz Ayuso, las medidas impuestas por el Ministerio de Sanidad obedecen exclusivamente a razones políticas y a una persecución de Pedro Sánchez contra su persona. Para el inefable vicepresidente, el plan Moncloa “salva vidas”. “La batalla es pública y descarnada”, dice El País. Nada más lejos de la realidad. El Ejecutivo madrileño está bien cimentado porque un personal shopper, aunque sea a la inversa, es fiel hasta el final, como aquellos sirvientes mudos de la faraona que veían, oían y callaban y que cuando llegaba el momento de ser enterrados en la pirámide, junto a su dueña y señora, se sacrificaban dócilmente y sin rechistar. Si alguien espera que Aguado haga examen de conciencia, analice la gravedad de la situación sanitaria en Madrid y se rebele contra el “ayusismo” caricaturesco que se ha convertido en la befa y mofa del mundo entero que espere sentado. Porque Aguado es un profesional de lo suyo, un elegante cumplidor, un maniquí que está ahí para lo que está: para obedecer las órdenes comerciales de quien lo ha contratado. Y punto. 

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