“Yo no pretendo imponer mi verdad. Respeto incluso y admiro a las superiores, antagónicas y bien sustentadas opiniones. Asumo que el sabio puede cambiar de opinión, el necio, nunca” (Immanuel Kant).

Puede que este tema sea escasamente periodístico. Más bien parece propio de alguna revista especializada en sociología. Sin embargo, quiero tratarlo para que podamos discutirlo con la tranquilidad de estar leyendo una opinión acerca de estos conceptos.

No vendría mal hacerlo, porque los utilizan los partidos políticos para acusar al adversario. Dicen que habría que dejar las ideologías y llegar a algunos acuerdos para resolver el gran problema que ahora nos ocupa, la transmisión del virus y su incidencia en nuestra salud.

También se quejan de que las cosas no funcionen bien, porque el fanatismo de algunos trata de imponerse a las ideas de los demás. Por tanto, habría que abandonar la cerrazón mental que nos invade para priorizar los recursos necesarios y poder controlar la pandemia, que se encuentra entre nosotros a niveles excesivamente altos, y que hay que bajar cuanto antes, lo que sí parece posible, cuando atendamos a lo que concierne a todos y no a cada uno. Hasta Gilda le dice a Johnny que Mundson, su marido, es un fanático.

Por fin, algunos creen que, independientemente de las ideologías, también es posible dialogar, si ponemos voluntad en ello. Incluso llevando por delante el carácter duro y una identidad rígida y segura, que hayamos adquirido a lo largo de la vida seguida. Ahora bien, para ello habría que dejarlos reposar en un rincón, prescindiendo de su influencia perniciosa, fijándonos en los que tenemos delante para dialogar. Podemos prescindir de momento de algunas ideas, dejándolas en paréntesis, atendiendo, en cambio, a lo que se nos propone.

Entre ideología y fanatismo hay relaciones importantes. En principio, en el contenido del fanatismo se insertan también ideas y creencias. Tenemos ideas y vivimos con creencias. Por ideología podemos entender el conjunto de ideas que conforman el pensamiento de una persona, una época o un movimiento cultural. El pensamiento se caracteriza a través de ellas. De entrada, esto parece neutro. Todos concebimos la vida de una manera. Cada época tiene unos rasgos determinados que explican sus notas diferenciadoras. Así, no es igual el conceptismo literario del Barroco que el culteranismo, aunque se den en esa misma época. También se distingue entre el estilo románico y el gótico.

Además, cualquier sociedad tiene contradicciones y problemas reales, que, a veces, interesa ocultar para que no exploten. Una sociedad esclavista o racista no da buena imagen y por eso hay que aliviar las situaciones planteadas. La miseria es algo negativo y por eso se protesta contra ella para superarla y resolverla. En la ideología los seres humanos aparecen invertidos. La vida real determina la conciencia y las ideas que tenemos, no es que la conciencia y las ideas organicen la vida.

Las ideas no modifican la vida, es una vida realmente vivida la que produce unas ideas en lugar de otras. Las ideas pueden someter a los seres humanos y dominarlos. Por ejemplo, el capitalismo ha creado la humanidad actual, en general, produciendo operarios que trabajan para el capital, que, a cambio, nos proporciona un sueldo. Si el salario es escaso, las industrias tienen más beneficios, porque no pagan todo el trabajo hecho, quedándose con un buen remanente. En la ley de oferta y demanda, cuanto mayor sea esta decrece aquella, y viceversa. La cuestión es que siempre ha habido más demanda que oferta y esto produce grandes desequilibrios y desigualdades económicas. Para cambiar esta situación unos exigen reformas y otros, revoluciones. Así se mueve la historia.

En cuanto al fanatismo, sus seguidores dividen a los de casa (fanum) y a los de fuera (pro-fanum). Casa puede entenderse como iglesia, patria, bandera, partido político o grupo social, que van siendo categorizados. No comparten a los otros, sino que tratan de convertirlos para formar parte de la misma identidad. No ven que la realidad es compleja, ellos la simplifican y así se consideran más seguros, menos vulnerables y débiles.

Resulta sorprendente que en tiempos de globalización, los fanáticos se cierren sobre sí mismos, siendo ciegos a las perspectivas más amplias. Por eso se dice que son una enfermedad civilizatoria y “la plaga del siglo XXI” (Francisco Umbral). No entienden a la ciencia, que abre fronteras y universaliza. Conducen al exceso, que puede cubrir la tierra, si no lo destruimos, como dice Voltaire, porque el monstruo tiende garras muy potentes.

¿Cuáles son los factores que impulsan su germinación? Crece en ambientes de miseria, pobreza, exclusión y depauperación, especialmente intelectual. Se hace muy presente cuando hay conflictos identitarios y la gente responde con rabia, al no conseguir lo que desean y creen ser sus derechos, que la sociedad les deniega. Entonces sucede la escisión y el desarraigo social constante. En su fantasía suspiran por un liberador de sus males, al que idealizan y con quien se identifican, siguiendo absolutamente a ciegas sus consignas. Al líder siempre se le sigue, obedeciendo sus órdenes sin resquicio de duda. Él sabe lo que debe hacer. De este modo los débiles se hacen fuertes. Los dioses han salido de su ocaso, porque han comprendido que su protección es necesaria.

Los fanáticos se enfrentan con todo el que defiende la libertad de pensamiento crítico y mantiene un escepticismo de base, pero prudente. Ellos no necesitan esto, porque tienen los cimientos que proporcionan Dios, la Patria y la Bandera. Invertir en esto tiene futuro, por eso se agarran a tales conceptos para subsistir y atacan a los que son contrarios como traidores. Esta ideología fanática rechaza el conocimiento y paraliza el espíritu crítico, sustituyéndolos por la fe. Esto conduce a la arrogancia y la dureza. Son tipos duros, adheridos a una idea, que confunden con la realidad. También ejercen de dogmáticos e impositivos, exaltándose fácilmente.

He procurado hacer un retrato general y abstracto de quien vive ideologizado y fanatizado, así como sus efectos sobre la sociedad. Al lector inteligente no le costará demasiado aplicarlo a la práctica cotidiana, en la que vivimos. Hay muchas personas de carne y hueso que viven conforme a estas ideas.

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2 Comentarios

  1. El fanatismo es la plaga de nuestro siglo. El acceso a la educación y a la información no ha producido personas libres, de mente abierta, y crítica con sus propias opiniones (como pensaron los ilustrados que sucedería) sino fanáticos de todas layas.

    Al parecer la naturaleza humana es refractaria a la duda, y la gente busca teorías concluyentes, y gurús o líderes que se les proporcionen certezas en las que creer. La gente prefiere creer en «falsas verdades» antes que vivir con «dudosas certezas». Que al parecer es a todo lo que racionalmente podemos aspirar.

    Tal vez no tengamos otra tabla de agarre a la realidad que actuar teniendo en cuenta las consecuencias previsibles y probables de nuestras acciones, antes que la bondad abstracta o teórica de lo que creemos. Porque lo que creemos y pensamos son muchas veces prejuicios que han entrado en nuestra mente por la puerta de atrás, sin pedir permiso a la razón, y sin que esta lo sepa.

    Un tema apasionante este del fanatismo señor Arroyo que merecería ser tratado con mayor asiduidad.

    PD. El opúsculo de Ciorán de apenas dos páginas «La Genealogía del fanatismo» que se encuentra en la red en PDF, es una joya que deberían leer todos los que deseen vacunarse contra esta terrible plaga.

  2. Ortiz:
    Da que pensar el hecho de que, a pesar del avance de la educación y la mayor formación, el fanatismo se encuentre cada vez más en alza. Sí, creo que preferimos lo concluyente y radical a la modesta duda razonable y humana. Tomo nota de su apasionamiento por el tema y también de su recomendación para leer el capítulo de Cioran, quien pide, precisamente, la ‘desfascinación’ mediante el escepticismo. Agradezco su acertado comentario. Saludos.

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