Si consideramos que el capitalismo es el sistema de organización social basado en la propiedad privada supeditado a las normas del mercado, veremos que tal definición se queda corta para referirnos al momento actual (en las democracias occidentales). Hay que añadir el consumismo, el cual se ha convertido en el verdadero motor que hace girar la sociedad. A medida que el capitalismo se va generalizando como sistema único en el mundo, damos por supuesto que el consumismo se extenderá de la misma manera.

No obstante, el capitalismo consumista solamente es posible en “sociedades burbuja”: por mucho que se hable de globalización, esta solamente se circunscribe a las reglas del mercado, pero no a las libertades de la sociedad democrática que creemos (o suponemos o damos por hecho) ligadas al sistema capitalista. La razón es clara: hay la evidencia de que un sistema capitalista consumista no es alcanzable (o, si lo fuera, no sería sostenible) para toda la sociedad mundial. La superpoblación, la limitación de recursos y otras lindezas como la necesidad de mano barata y, a su vez, consumista, evidencian esa imposibilidad.

Para que el sistema actual no sea cuestionado y retrasar al máximo su colapso, es necesario que las sociedades que sostienen (y sustentan) los estamentos dirigentes de la economía de mercado, vivan en una burbuja de autosatisfacción. Tal burbuja, es solamente necesaria en los países democráticos. En las dictaduras, ya sean más duras o más blandas (China, Rusia, Arabia Saudí…), la burbuja es de otro calado, ya sea soportada por la fuerza, por la falta de libertad de información u opinión, etcétera. Es solamente en las democracias occidentales (vamos a dejar Japón y Oceanía al margen de este artículo) donde la autosatisfacción es necesaria.

Los ciudadanos de tales sociedades, gracias a esta libertad, tenemos a mano la información que subraya la insostenibilidad de nuestro sistema a escala global, contrapuesta a la tremenda injusticia que causa si solamente es factible para unos pocos (nosotros). Como ven, un callejón sin salida. Sin embargo, excepto algunas voces estigmatizadas rápidamente como “extremistas”, “utópicas” o “radicales”, no hay un cuestionamiento serio sobre el sistema ni propuestas alternativas que miren a medio o, al menos, a largo plazo.

Las Sociedades Burbuja se rigen por un doble criterio moral, de aplicación según si se refiere al interior o al exterior de la burbuja. El capitalismo consumista, al regir la base de las relaciones sociales según el criterio del uso mercantil (el beneficio económico es el pilar) implica que el valor de la vida de un ser humano a un lado u otro de la burbuja sean incomparables. Hace unos cientos de años a nadie se le ocurría comparar la vida de un campesino con la de un rey (la “inviolabilidad” de J. Carlos I o de Felipe VI, es una adaptación moderna para intentar salvaguardar esa “in-comparabilidad”). Pues bien, más allá de algunas voces, los hechos demuestran que la vida de un kurdo, un hutu o un yemení, pertenecen a un rango “no comparable” con el valor de nuestras vidas. Este doble criterio moral suele respaldarse con un falso pragmatismo de corto alcance y una falta de pensamiento crítico humanista, lo que se corresponde con la falta de alternativas populares o mayoritarias que deseen contrarrestarlo.

La Sociedad Burbuja es permeable para la circulación de mercancías (cosas) y de personas… siempre y cuando estas sean tratadas como cosas (turismo de masas en un sentido, mano de obra barata en el otro). Algunos intentos supuestamente fallidos (como la socialdemocracia sueca) deberían hacernos pensar si son fallidos por limitarse a un solo país aislado por la insolidaridad de los restantes. Es decir, que ante la universalidad del capitalismo (consumista dentro la burbuja, extractivo fuera de esta) es difícil una lucha local y aislada: es una incongruencia pretender sociedades autosuficientes en un mundo que tiende a no poder serlo (por la globalización financiera y por las razones antes señaladas como la superpoblación, la falta de recursos, etcétera). Por ello, luchas como la del “poder local” se ven como muy poco peligrosas desde el establishment. Se permiten porque son inofensivas.

Un servidor opina que, rechazada la posibilidad de una revolución que suponga un cambio universal vistos los ejemplos del S. XX, se tiende a reclamar el acto individual, y como ejemplo sirva la concienciación reclamada por Greta Thunberg (pues en el plano global político no tiene apenas fuerza, como demuestra el caso omiso o la ausencia de decisiones efectivas en la lucha contra el cambio climático). No obstante, la vía de la concienciación individual es muy difícil, pues tiene en contra la misma base estructural del sistema desde la cual pretende ejercerse esta oposición, es decir, el consumismo.

Y es que el consumismo es algo más que una ideología, es un “modo de vivir”, un modo activo que condiciona las relaciones del individuo con su mundo circundante (esa burbuja, no lo olvidemos, que “permite” tal modo de vivir). Como justificación necesaria para poder saltar sobre la evidente injusticia de este sistema, se extiende en occidente una confusión de términos o un engaño reminiscente de nuestros siglos XIX (o a partir del romanticismo) y XX: el mal uso de conceptos como identidad y pertenencia. Los Estados Nación, que se sostienen con el modo de sociedades burbuja en las democracias y que permiten las dictaduras (“amigas”) para controlar las sociedades externas a la burbuja, se sirven de tal distorsión.

Huxley alertaba que las idolatrías nacionalistas y comunistas son el reverso de la falta de sentido (y, como decía Viktor Frankl, el hombre está necesitado y busca ese sentido). El consumismo es lo mismo: una idolatría como reverso de esta falta de sentido. Una vez que el comunismo ya es casi inexistente, el nacionalismo y el consumismo se extienden a placer, dándose la mano. Pero ambos se basan en una relación entre la satisfacción y la insatisfacción totalmente engañosa: al ser el reverso de la falta de sentido, siempre acaban en la insatisfacción. Y es un círculo vicioso que lleva a los extremos. Por ello la insatisfacción nacionalista es causa de conflictos e injusticia sobre el otro y germen del fascismo, (y que añade la injusticia sobre uno mismo, supeditado a la Nación). Y, el consumismo, será causa de conflicto (pues los recursos son limitados), y también es injusto con las aspiraciones “no mercantiles” de uno mismo (pues no tienen cabida al no proporcionar beneficios, aunque la tecnología está haciendo todo lo posible para llevar al mercado esas aspiraciones humanas, digamos, más “volátiles”), añadiendo que el incapacitado para consumir pierde sus derechos de consideración.

Pero decía que los Estados Nación se sirven de la distorsión de los conceptos de identidad y pertenencia. La reivindicación independentista catalana, aunque anecdótica a nivel mundial, puede servirnos un poco para apreciar esta confusión de conceptos. Salve decir que es necesario alejarse un poco de nuestra política actual y mirarlo con un poco de perspectiva sin simpatías ni odios hacia ninguno de los bandos. Durante estos años hemos oído o leído bastante referente a la identidad catalana (y, por favor, léase francesa, española o lo que quieran). Uno opina que las personas que habitan en la burbuja consumista, mayoritariamente, tienen un déficit de identidad, cuando no una carencia alarmante. La identidad es personal, individual, y si bien puede adscribirse a una cultura, no es esta la que determina la identidad de la persona. La identidad de uno es propia, intransferible y libre, y el peso de tal responsabilidad es individual. Esto no significa que el individuo sea autónomo y/o autosuficiente; no: como animales sociales, la interrelación convierte la identidad en permeable y, por tanto, en continua evolución en un entramado complejo que incluye la cultura, claro, pero no únicamente esta. Tal identidad está formada por un cúmulo de necesidades y propósitos, experiencias y limitaciones, tal como el cuerpo está formado por músculos y tejidos, fluidos y huesos, y acciones que lo nutren y modifican. La identidad es biología y pensamiento, es decir, material y abstracta tal como en nuestra cabeza conviven cerebro y mente, y por ello evoluciona (hasta el punto que, a veces, ni siquiera uno es idéntico a sí mismo). Pero, sobre todo, la identidad no es colectiva. El uso de términos como “identidad catalana” (o francesa o española) es una patraña con intencionalidad política. La identidad es de uno y, aunque parezca una boutade, mi identidad puede ser más parecida o tener más afinidades con un amigo turco o argentino que con el vecino independentista, pues tiene más que ver con la personalidad de uno y el otro que con el espacio habitado y cómo se desea que se organice este: mi relación con el vecino indepe es una afinidad política, la identidad de cada uno va (espero) mucho más allá.

Otra cosa es la pertenencia. Pero no entendamos “pertenencia” como algo sujeto a una relación de propiedad (“esto es mío, me pertenece”; y, por extensión, “Francia es de los franceses” y similares, que nos llevan a la falsa pregunta sobre la “identidad francesa”). Hay que acercarse al concepto en un sentido matemático de elementos que pertenecen al conjunto tal, sin excluir que, también, pertenezcan al conjunto cual. Es decir, un servidor puede sentirse perteneciente a la sociedad cultural catalana, pero no a la sociedad cultural española o francesa. Tal pertenencia nace de uno, y es voluntaria y libre (entre comillas, tal vez, que uno ve el libre albedrío muy limitado), en el sentido que nadie externo puede obligar o dictaminar a una persona a pertenecer, o no, a tal o cual conjunto. Tal libertad de pertenencia individual, hace que este concepto no sea útil para los Estados Nación que rigen nuestras sociedades. Y todos estos Estados Nación, sin excepciones, utilizan políticas nacionalistas para cohesionar la sociedad que los mantiene (y que proporciona el colchón donde reposan las élites que se sirven del sistema consumista). Hay este nacionalismo en Cataluña, en España, en Francia, etcétera, y la legitimidad simplemente suele darse por la razón política (de fuerza) de si hay un Estado Nación que lo justifique. Por este camino, la historia es siempre la misma: un círculo vicioso de fuerza y poder. Y conocemos las consecuencias. Tal vez las Naciones Unidas (ONU) deberían ser “Países Unidos”, pues, sino, se excluye aquellas naciones sin país, equiparando erróneamente ambos conceptos. Podría ser una organización de “Países Unidos” donde, en cada uno, se representasen proporcionalmente sus naciones constituyentes. Pero no es así.

Vemos, pues, que la libertad de pertenencia no es útil a los Estados Nación consolidados, todos ellos nacionalistas. Así pues, se pretende alzar la identidad individual a una identidad colectiva, para que cada persona identifique aquello que la conforma (su identidad) con lo colectivo. Es de suponer que, llegados aquí, ya ven uno de los gérmenes del fascismo, y la razón de por qué las minorías son molestas cuando se exteriorizan: ya sea un colectivo social LGTBI o una minoría cultural (catalana) o política (independentista) o comunidad étnica (gitana), se las “consiente” siempre y cuando no expongan su “diferencia autónoma”; es decir, que dejen en evidencia la falsedad de la identidad colectiva. Pero hay más, un aspecto más.

En un mundo (nuestra burbuja) donde la política es solamente el bolígrafo con el que escriben los poderes mercantiles, la falta de identidad personal es, también, la panacea del consumismo. Alzada la identidad personal a lo colectivo, queda un hueco, un vacío, en el individuo. La publicidad (entendida como algo mucho más extenso que los anuncios, algo ya casi de comparativa y afianzamiento social como, por ejemplo, las redes sociales o la capacidad adquisitiva) impele a rellenar este hueco falto de identidad mediante el consumo. Consumo, ergo sum. Uno es en tanto aquello que adquiere, pensamiento muy chulo si no es que vivimos muy pocos años… y luego, zas, morimos.

Permítanme una exageración poco ortodoxa y pretenciosa: el campesino de antaño vivía en un mundo injusto (feudal), igual que el obrero (industrial) del siglo XIX, pero sabían quiénes eran (una condición para rebelarse). Hoy, el individuo occidental en el interior de la burbuja no sabe quién es, porque intenta “ser” mediante aquello que consume. Una falacia que beneficia a unos pocos, aquellos que intentan gestionar las necesidades (precisamente, creando nuevas necesidades continuamente) mediante la ley del mercado y el consumo. Véase lo anterior como una exageración, claro (o no).

La falsedad de la identidad colectiva conlleva que, tarde o temprano, todo nacionalismo <<acaba personificando la nación>> (Huxley dixit), convirtiendo a esta en un ser ficticio que está por encima de las verdaderas personas. Pero esta personificación de la nación es falsa, claro, y aquellos que se encargan de sostener tal ficción, sí son personas. Algunas caerán en el engaño, otras son las que se enriquecen y viven mejor usando este poder, enarbolando un “interés nacional” que suele ocultar sus intereses particulares. Para desviar la atención del engaño se suele señalar hacia el “otro” y se clama proteger lo “propio”… empujando a otras sociedades, también, hacia el nacionalismo como método de defensa. No es difícil encontrar pruebas de que un nacionalismo engendra otros nacionalismos. Lo que se vende como una vacuna es, en realidad, un virus que se extiende.

Una palabra más sobre los que ostentan el poder en los nacionalismos: la irresponsabilidad. El parapeto que significa personificar la nación permite la irresponsabilidad de la clase dirigente (sea mercantil, financiera o política). El argumento de que uno hace tal cosa “por el bien de la nación” pretende que le exima de su responsabilidad personal. Y esto causa, como vemos en nuestro país y otros, una corrupción sistémica: reyes ladrones e impunes, presidentes que cobran comisiones ilegales o legales (como recolectar a posteriori sueldos millonarios de grandes empresas), clanes o “castas”, jueces de parte, espionajes ilegales, uso de las fuerzas del estado (judiciales, policiales) con un interés propio disfrazado de interés nacional. Salva-patrias que se enriquecen mientras se condecoran a sí mismos y el pueblo aplaude, y/o mira, como el idiota aristotélico que cree que todo ello no tiene que ver con él ni con sus condiciones y oportunidades de vida. La burbuja es un negocio, y pobre de aquél que la cuestione.

Si sacamos a colación el término “corrupción”, sea en este país u otro, pensarán en los gobernantes; a lo sumo, y no siempre, en las élites mercantiles y financieras que potencian esta corrupción lanzando un anzuelo que suele salirles gratis. Pero no es usual que piensen en la corrupción del pueblo, en nosotros los ciudadanos corruptos. Esta, nuestra corrupción como pueblo, sin acabar de ser conscientes de ello, es uno de los mayores impedimentos de cambio, el gran aliado del sistema consumista (recordemos, insostenible e injusto).

¿Corrupción del pueblo? A riesgo de ser demagógico, ¿cómo llamarían al desatender los valores éticos y/o morales a cambio de un mayor consumo personal? ¿Pragmatismo? ¿Mero egoísmo o narcisismo? No: me refiero a las ansias de adquisición (más que de propiedad) como motor de nuestras acciones. La falta de participación y compromiso ciudadano, la no exigencia de una sociedad justa, está más basada en la indolencia del pueblo que en una imposibilidad real. Dentro de la burbuja, el pueblo ha sucumbido a su propia corrupción para alejarse de sus deberes y responsabilidades: otro germen del fascismo, aunque en este caso sea de diseño, bien publicitado y con “toques” democráticos.

Si es cierto que la vida tiene el sentido que le queramos dar, veremos que la ausencia de pensamiento crítico es la causa de buscarle ese sentido en algo superior como la religión o el nacionalismo, o inferior como el consumismo o el espectáculo idólatra (ese famoseo, o el deporte como mística o panteísmo superfluo).

La solución (pues, ante una crítica, al menos una propuesta), no puede ser ni individual ni colectiva, sino ambas. Solamente individual es casi imposible porque ya de niños estamos inmersos en esa publicidad sistémica que tanto nos condiciona socialmente (una pregunta: ¿es una condición de Greta Thunberg su síndrome de Asperger que la ha defendido de los ataques publicitarios del sistema?); y, a nivel colectivo, será difícil mientras la colectividad esté dirigida y manipulada (le da forma) por la élite mercantil y financiera, sobretodo mediante el espectáculo.

Una opción sería una intervención a largo plazo a nivel educativo: no solamente educar o enseñar en los datos, sino en el fortalecimiento de la identidad personal y el pensamiento crítico individual. Proporcionar todos esos estímulos que enriquecen la individualidad propia en detrimento de la falsa identidad colectiva: las artes en todas sus variantes de percepción interna y las ciencias en todas sus variantes de percepción externa (como la mente y cerebro que antes les comentaba), pero no separadas, craso error, sino como un tejido complejo y relacionado. En definitiva, conocerse y saberse conociendo el mundo, todo lo contrario que lo promulgado por religiones y nacionalismos, que apoyan un pie en la ignorancia y otro en la falsedad. Un camino, el de propiciar las oportunidades de identidad personal, abierto a cualquier sentimiento de pertinencia libre. Y, la lentitud de tal proceso, tendría una ventaja: las élites mercantiles no se verían intimidadas, pues los frutos serían a tan largo plazo que su egoísmo y codicia (aquello que ahora mueve el mundo) lo verían como algo muy lejano, débil y poco amenazante para su situación personal. Es evidente que tal camino comporta entender que la generación actual (y alguna venidera) no cosecharía los frutos, por ello no dejar de ser una propuesta radical: se intenta cambiar la raíz de la codicia por la de la generosidad. Pero, adquiriendo un sentido no superficial, se ganaría en calidad de vida (no entraré en la concepción propia de lo que significa, aquí, “calidad de vida”, pues sería alargarme mucho).

Uno entiende que sea una propuesta facilona y que parezca poco pragmática. Y es que uno no sabe. Pero lo preocupante es la falta de alternativas, el acomodamiento de los ciudadanos a un sistema que, quien más quien menos, el que se lo mire un poco de cerca ve que es insostenible e injusto. Uno entiende que los pertenecientes a según qué élites no quieran mover ni una coma, que les sea irrelevante el futuro, pero los bosques son los que son, la selva es la que es, agua potable hay la que hay, en definitiva, el mundo es el que es, y hay que lidiar con ello. Nos apetezca o no. Y parece una perogrullada, pero los homínidos, en sus distintas civilizaciones o culturas, raramente aceptan que el mundo es el que es (la mayoría de religiones se apoyan en esta incapacidad de aceptarlo). Toda burbuja, al final se convierte en un espejismo; y un espejismo no es sino un señuelo, tal como lo es el concepto de una identidad colectiva.

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