El matemático John Allen Paulos, en “La Vida es Matemática” se expresa de una manera bellísima para hacernos entender hasta qué punto podemos considerar a las personas como “raras” o “normales”. Nos pide que pensemos que las personas tienen una sola dimensión, y, usando la geometría, que imaginemos una línea de 10 centímetros. Si tomamos medio centímetro de cada extremo (lo “raro”), tendremos que la sección central (la “normal”) tiene 9 centímetros, es decir, la normalidad representa el 90%, algo lógico y asumible. Ahora bien, si pensamos que las personas son un poco más complejas, que tienen dos dimensiones, y aplicamos el mismo método geométrico, imaginaremos un cuadrado de 10 centímetros por lado. Si le quitamos el extremo de un grosor de medio centímetro (la misma medida de antes, lo “raro”) nos quedará un cuadrado interior ligeramente reducido, lo “normal”, que ahora representará una superficie del 81% (pues medirá 9×9 centímetros). Pero podemos decirnos que las personas todavía son más complejas que estas dos dimensiones, y pasamos al cubo. Si volvemos a extraer la parte extrema de medio centímetro, la parte central (lo “normal”) se ha reducido al 72,9%. Cuando Allen Paulos pasa el ejemplo a las cuatro dimensiones usando el hipercubo, al aplicar el mismo método, la parte “normal” ya solo conformará el 65,6% de este. Como es matemático, se permite aplicar lo anterior a 50 dimensiones, y entonces, la parte “normal” es alrededor de la mitad del 1%. Vemos como a medida que aumentan las dimensiones, señalando como raro un pequeño extremo, lo que es “normal” se reduce considerablemente. Allen nos pide que consideremos cuántas dimensiones de diferentes tipos tienen, y difieren, las personas, y si existe una “normalidad”. Yo les pediría que aplicasen el mismo método a la identidad de las personas.

En un principio, nuestra sociedad, no reduce la identidad de los individuos a una sola dimensión: sea esta su religión, color de piel (¿o por qué no el color de los ojos?), lengua materna, etcétera, sino que la identidad de cada uno se basa en muchísimas dimensiones en la vida de la persona. Sin embargo, sí se acepta un baremo unidimensional en el consumismo que mueve la sociedad: el poder adquisitivo. Hay una visión que cataloga el individuo mirando su móvil, el coche, la ropa, la casa… y la capacidad de adquisición pertinente. Visto así, esto nos conduciría a catalogarnos a nosotros mismos respecto a un destino u objetivo: nos comparamos a un fin más basado en el deseo (o los deseos) de lo que queremos adquirir que en el individuo que somos. Así, dejamos de ser un fin en nosotros mismos para pasar a ser un medio para ese fin anhelado. Muchos pensadores están de acuerdo en que el ser humano es “un fin en sí mismo” y, si mi anterior opinión fuera cierta, nos estaríamos deshumanizando a medida que nos convertimos en un medio para unas aspiraciones más basadas en lo externo (el consumo) que la propia identidad.

El ser humano siempre ha simbolizado otros seres para identificarse con ellos. No es necesario que sean mitos o leyendas, dioses o héroes, sino también simples personas con las que identificarse. ¿Hemos dejado de identificarnos con la identidad que pueden representar unas personas para hacerlo con lo que consumen? La fama, tan anhelada, no sería “ser como tal persona”, sino “poder consumir” lo que consume esa otra persona. Incluyo, aquí, un reconocimiento social no basado en la identidad sino en esta capacidad de consumir. Llevado al extremo, sería el autoconsumo, entendido como aquellos que se consumen a sí mismos. Piensen en esas personas fruto de teleshows (tipo Gran Hermano o tantos otros) en que acaban convertidas en su imagen de consumo, haciendo de sí mismas un producto de consumo para los demás y para sí mismas. A parte de al consumismo, también nos refiere a la política.

Como hoy día la palabra es muy efímera, olvidamos aquel discurso de Rivera del “yo solo veo españoles”. ¿Qué es esa españolidad? Reducir al máximo el individuo. Huelga decir que sería lo mismo decir que uno solo “ve catalanes”, o solamente “ver franceses”. Supongamos que usted, lector, domina el inglés, le apasionan las plantas, los gatos y la música celta. ¿Preferiría una cena con alguien de su nacionalidad porque es español (o catalán) o con un hindú al que le apasionan las plantas, los gatos y la música celta y, además, habla inglés? La visión nacionalista del individuo es, burda y llanamente, un engaño para la manipulación de este. El que ve iguales dos musulmanes elegidos al azar debería aceptar que se vean iguales dos cristianos elegido al azar. Los mismo referido a si son dos blancos y dos negros, dos catalanes y dos mexicanos. Tal absurda evidencia, sin embargo, sucumbe ante la fuerza de los mensajes nacionalistas. La única manera de encontrar una identidad común es el reduccionismo: reducir la complejidad de dimensiones del individuo a una mínima expresión (la recta unidimensional que señala el matemático Allen Paulos es la que nutre nacionalismos, racismos, machismos, etcétera). Pero no, cada individuo es un pequeño caos.

Al PSOE le gusta señalar el conflicto que genera la reivindicación soberanista catalana como un problema interno de los catalanes: que la sociedad catalana está dividida, que tiene un problema de convivencia. Para ello se basan en que aproximadamente el 47% quiere la independencia y que una cantidad semejante, no la desea (siempre hay los indecisos que completan la cosa). Pero todo depende de donde uno centra el foco, de cómo reduce las dimensiones para decidir donde iluminar. Por ejemplo, si lo concretamos en los partidarios del referéndum, sostenido entre un 75 y un 80%, la sociedad catalana ya no está tan dividida, y el problema es respecto al Estado Español. Pero también podemos mirar ese 47% claramente independentista con sus variantes políticas (ERC, JxCat, CUP) y fácilmente podríamos decir que el “independentismo está dividido”. El último CEO de opinión dice que el independentismo baja unas décimas (al 47,2%) superado por el unionismo (el 48,6%), cosa de lo que se vanagloria cierta prensa de Madrid que omite que, en el mismo estudio, se refleja que casi el 65% quiere un Estado dentro de una España federal o la independencia, y no llegan al 32% los partidarios de continuar siendo una comunidad autónoma o región. Es evidente que el statu quo o el inmovilismo (lo que defiende el Estado con sus alternos gobiernos de izquierda o de derecha), en Cataluña es minoritario. Pero fíjense que tampoco se habla mucho de una España dividida, cuando en las elecciones generales la izquierda ha obtenido 11.213.000 votos y la derecha 11.170.000 votos. (Sin Cataluña, la izquierda española se hubiera quedado en 9.640.000 votos, obteniendo la derecha 10.345.000). Uno puede centrar el foco donde más le apetezca.

Volviendo a lo referido al principio del artículo: ¿somos lineales o multidimensionales? La generalización de las características de una colectividad, marcar unas pautas de identidad colectiva, difuminan el individuo, alejan la persona de ella misma. El concepto de Rivera y de Ciudadanos (extensible a toda la derecha y gran parte del PSOE) de solo “ver españoles” es muy peligroso. Es la tiranía del conformismo, conformarse con la linealidad del individuo. Es poner un aspecto de la identidad por encima de otros, dándole más valor. Me imagino una de esas manifestaciones multitudinarias del independentismo, y alguien diciendo “solo veo catalanes”. Da grima y asusta, pero solo es necesario bajar de la tarima y pasear entre los manifestantes para apreciar tal error: entre la diversidad de lenguas y orígenes, la motivación es una reivindicación política muy compleja, basada en temas económicos, culturales, legislativos, y también en las relaciones de estos, en cómo cada uno lo conforma con lo que cree una identidad catalana. Pero no es una, no es solamente una. De la misma manera que hemos de suponer la identidad española: triste sería que Rivera bajase de su tarima y continuase asegurando lo mismo.

El repetitivo y sostenido en el tiempo de calificar a los independentistas (y muchas veces extensivo a los catalanes en general) como racistas y supremacistas, es una incitación al odio en toda regla. Difícilmente se va a odiar a alguien que se siente inferior, o igual, y que simplemente hace una reivindicación política (y que, por tanto, se debería dialogar pública y políticamente). Es más fácil hacer germinar odio hacia aquel que se supone se cree superior. Y para ello se debe reducir los individuos a una simple identidad de una sola dimensión (españoles, catalanes; o independentistas, constitucionalistas). Perdida la diversidad, reducida la identidad a “una sola”, incluso la política puede ser innecesaria, como así ha actuado y continúa actuando el gobierno español. Puntualicemos que, hasta un partido autodenominado de izquierdas como el PSOE, dice y acepta con toda naturalidad que “no se puede hablar de lo que no cabe en la Constitución”. ¡Hablar! ¡No se puede hablar! Y, pensemos, que si no se puede hablar de ello cuando aproximadamente el 80% de los catalanes desean un referéndum anticonstitucional, ¿de qué hablamos? Esto es un triunfo del planteamiento totalitario de la derecha nacionalista española, o una confirmación que la izquierda española también es antes nacionalista que de izquierdas. Una reducción al mínimo. Un marco de pensamiento y de quehacer político unidimensional. Pero las personas no somos así, y, tal vez por ello, podemos comprobar que, empíricamente, el “no hacer política” de la corte de Madrid solo hace que empeorar las cosas.

Los individuos somos un caos de intereses, deseos, valores, y, según las circunstancias, hacemos prevalecer a unos sobre los otros. No somos lineales, ni cristalinos, sino multidimensionales y graciosamente confusos. Por eso, los problemas que se generan desde una comunidad de individuos, son complejos, y, a veces, tan complejos que son los propios individuos los que deben tener el derecho a elegir qué intereses, deseos o valores son los que prevalecen para tomar una decisión. Llevamos años con el conflicto de la reivindicación catalana, años, y todavía es hora que alguien desde el gobierno español haya planteado una alternativa, una sola, para sentarse a dialogar. Por eso no hay diálogo, porque este diálogo presupone plantear opciones, y la única válida para el gobierno español (de izquierdas o de derechas) es mantener el statu quo, aquello que, a día de hoy, ya solo respaldan el 32% de los catalanes. Pero claro, pueden decirme, y con toda razón, que he puesto el foco en el lugar interesado. La cuestión pragmática sería: una vez establecida la reivindicación catalana, el “no-hacer” de los gobiernos españoles, ¿acentúa o amortigua esta reivindicación?

Si pensamos que, tomado un solo individuo, no tiene sentido interpretarlo linealmente; si pensamos que reducirle las posibilidades de que él mismo elija qué predomina en su identidad, puede llevar a deshumanizarlo; si pensamos así, hemos de admitir que una comunidad de individuos todavía es más compleja, y que no permitir que una serie de individuos pueda, ni siquiera, dialogar de una forma efectiva (hacer política) sobre aquello que ellos consideran preeminente en sus identidades, es un menoscabo de sus derechos. La posición del Presidente del Gobierno Español de anunciar que está dispuesto al diálogo solo, y solo si este no está más allá de la Constitución del 78, es, simplemente, un acto de cobardía política, un engaño o un suave ejemplo de totalitarismo. Casi una veintena de veces han llevado los partidos independentistas catalanes el deseo de un referéndum acordado al Congreso. Nunca, ni una sola vez, se ha hecho política sobre ello. Esta ausencia de política, y la judicialización de cualquier intento de presión para que se haga (9-N, 1-O) , solo ha servido para que haya activistas y políticos presos (preventivamente, camino ya de los 2 años) y otros en el exilio. Y para que el independentismo aumente. Todo parece indicar que el Estado Español, ahora mediante un gobierno del PSOE, continuará enrocado. Lo único que podemos saber es que, así, la situación no mejorará. ¿Quién debe presionar para un diálogo “realista”? Evidentemente los independentistas ya lo hacen, y de nada sirve. Los únicos que pueden hacerlo es, o bien una ausente Europa, o aquellos que suponen un interés para los partidos del Estado, es decir, sus votantes. Si los votantes del PSC, PSOE y Podemos no presionan (mediante opinadores, activistas, intelectuales, asociaciones, etcétera) es que aceptan la confrontación y la ley del más fuerte como única solución.

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

1 Comentario

  1. esto mas que un problema politico es un problema etico y social
    y la humanidad peca d vanidad soberbia falta d empatia tolerancia etc

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