Cientos de hormigas se mueven en línea recta formando una hilera. Es como si alguien hubiera dividido con un grueso lápiz el camino en dos partes. Se acerca y se arrodilla para observarlas despacio. Son como un pequeño gran ejército que avanza sin distracciones, como siguiendo unas órdenes asumidas de antemano. La cercanía le confirma la existencia de dos filas. Unas vienen y otras van, pero sin salirse del sendero establecido, como si existirán dos carreteras definidas, un carril de ida y otro de vuelta. Señales aprendidas inexistentes e innecesarias en ese mundo real que imagina ante tanto desconocimiento.

Las hormigas son negras como el carbón y un poco más grandes que la cabeza de un alfiler. Algunas cargan restos de comida; las menos, trozos de hojas; las más, de antemano, simplemente se mueven en esa cola, una detrás de la otra y de la otra y de la otra… Despacio, silenciosas. Muchas parecen protegerse bajo esos restos que desde cierta distancia bien podrían avanzar solos entre esa multitud que renegrea. Trocitos de patata con patas, como si la magia existiese más allá de los trucos, de los escenarios, de las horas de preparación. Magia natural sin necesidad de aprendizaje. Y la imaginación vuela frente a esa visión tan normal en ese entorno como extraña pudiera resultar para un niño que jamás ha abandonado la ciudad.

Estos insectos son tan insignificantes que es difícil distinguir sus seis patas, tanto como esas antenas imprescindibles para entender el mundo que les rodea. ¿Qué mundo? Se pregunta. Comunicar, oler, distinguir, guiar… Verbos que no son palabras vacías. Y mientras sigue observando, recuerda aquellas imágenes plasmadas en un libro de texto de Ciencias Naturales. Reinas sin cuentos de hadas entre zánganos y obreras. Cada quien con su función, con determinadas misiones que cumplir, que obedecer. Órdenes asumidas sin rechistar. Quizá sin libertad. Y sonríe mientras su ojos buscan a esa reina sin corona que no destaca entre la multitud. Protección. Y se estremece al comparar ese ejército con otros. Firmes, ciegos, ante la locura de un líder.

Se levanta y camina hacia ambos orígenes de esa línea recta que forma una hilera. A un lado, el bordillo donde puede intuir que alguien estuvo sentado mientras comía; al otro lado, un pequeño montículo de tierra con un agujero en el centro como si fuera la minúscula maqueta de un volcán. Origen o final. Final u origen. Y ese ejército se adentra en las profundidades de la tierra donde se encuentra su cuartel, sus distintas dependencias. Sus secretos. Y ahí van los trocitos de patatas mientras el escritor Jean de La Fontaine es recuperado también de aquellas clases escolares, en las que se leían sus textos y se sacaban moralejas. Canta, cigarra, canta… Hasta que el frescor de la noche le hace recordar que, antes o después, llegará el invierno.

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