En la modernidad, la idea de la compensación llega a ser central, es adecuada como solución, como necesidad, como constitución del ser humano. La ley de la compensación es demostrable en el aumento de población después de grandes epidemias. Parece existir un todo vital de la humanidad que se conserva reemplazando las pérdidas cuando las culturas perecen, como una continuación de la vida de la humanidad herida.

Nuestras expectativas del mundo, de un mundo globalizado, se han hundido. Y como consecuencia de esto, la gente se ha angustiado. Pero esta crisis no se basa en la angustia. Esta crisis se basa en el miedo. Cada uno sabe lo que le da miedo. Te da miedo contagiarte. Te da miedo que en el hospital no haya una cama para ti. Te da miedo morir, básicamente.

No podemos legitimar un mundo herido, sería un acto de mala fe. El trabajo de compensación sobre este dolor, sobre este miedo, en nuestra sociedad se ha quedado en el mejor de los casos, en procesos de reparación económica o política. Son formas paliativas para lidiar con este mundo herido. Pero el hombre es más lo que le sucede que lo que realiza por sí mismo. No es sólo el ser que actúa, sino sobre todo el ser que padece: por ello él es sus historias, porque las historias son mezclas de acciones y sucesos.

Toda la cultura moderna occidental de las últimas décadas ha intentado hacernos creer que la muerte no es algo natural. Incluso cuando muere un anciano, nos preguntamos si no ha sido un error de los médicos o un accidente. En definitiva, nos cuesta mucho vivir con la idea de que la mortalidad está en el núcleo de la existencia humana. Y ahora nos tenemos que enfrentar a esto. Y esto nos saca de nuestra zona de confort, pero el ser humano no se precipita de victoria en victoria, sino que debe saldar derrotas y debilidades: no triunfa, compensa.

Los humanos con su carencia de instintos sería incapaz de vivir. Estas carencias son compensadas gracias a la capacidad que corresponde a la más urgente necesidad: transformar la naturaleza bruta de tal modo que sirva a la vida. El ser humano compensa su inicial inferioridad respecto a los animales, al buscar y encontrar en los bienes culturales en las humanidades una manera de saldar su desventaja.

Muchos han diagnosticado que el signo de la modernidad ha sido el triunfo de la razón instrumental, la victoria del dominio técnico sobre la naturaleza. Ahora bien, esta primacía de las ciencias exactas ha supuesto el olvido del “mundo de la vida”, de las peripecias históricas de los hombres y de las mujeres concretas. Para compensar esta carencia de las ciencias naturales aparecen las humanidades. Es decir, las ciencias naturales crean la necesidad compensatoria de las humanidades.

A diferencia del antiguo concepto de compensación, que significa desquite, el moderno, que significa indemnización, se refiere a un mal del que no somos la causa, sino que nos sucede como una carencia y un padecimiento que nos depara el destino: es un mal no moralizable. Creo que forma parte de este mal aquella constitución carencial del ser humano que fundamenta la actual antropología filosófica, al convertirla, bajo el signo del concepto moderno de compensación, en filosofía del homo compensator.

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