Nos educan en una cultura que dice que los hombres no lloran, que lloran las mujeres.

Llorar es humano, un fenómeno complejo caracterizado por derramar lágrimas. A través de él establecemos una conexión con las áreas de nuestro cerebro encargadas de las emociones. Dicen que ningún otro animal puede llorar, o al menos producir lágrimas como reacción a un estado emocional.

Se dice que los hombres lloramos de media una vez al mes, y las mujeres al menos cinco, a menudo sin razones obvias, y aunque los posibles beneficios físicos y psicológicos del llanto no están demostrados científicamente, la mayoría de los humanos decimos sentirnos mejor después de llorar.

La Sociedad Alemana de Oftalmología, que ha lleva tiempo estudiando el llanto, afirma que las mujeres lloran un promedio de entre 30 y 64 veces al año, y los hombres lloran de entre 6 y 17 veces al año, es decir mucho menos. También que las lágrimas producidas por una emoción, son distintas de las otras lágrimas, de una composición química diferente, con más hormonas y potasio, y el potasio es bueno para el corazón.

Cuando nacemos y hasta que aprendemos a hablar, el llanto es nuestra única manera de expresarnos y hacernos entender, nuestra principal conexión con el mundo exterior. Existen al menos seis tipos de llanto cuando somos bebés: hambre, fatiga, dolor, molestia, deseo de atención y desahogo.

El llanto elimina emociones negativas, ayuda a aceptar el error, expresa sentimientos, es un grito de ayuda, proporciona bienestar, expulsa toxinas, y libera estrés.

“No voy dando consejos ni lecciones por la vida, y sin embargo soy un hombre, puede que diferente, feminista, al que no le importa mostrarse como es”

Cuando me pregunto por qué los hombres no lloramos, me viene a la memoria el recuerdo de mi padre, un hombre bueno y amable, al que nunca vi llorar, y pienso que quizás en este recuerdo esté parte de la respuesta que busco. La falta de referentes masculinos.

Los hombres lloramos menos, no porque seamos diferentes a las mujeres, lo hacemos porque nos han dicho que no lo hagamos, porque no es propio, ni cosa nuestra. Porque nos han enseñado a no llorar, a reprimir nuestro llanto, y eso nos provoca muchos desajustes y disgustos. Los hombres importantes no lo hacen. No está bien visto que un hombre llore.

Este es uno de nuestros dramas, no ser lo que somos, como hemos nacido. Porque casi todos, hombres y mujeres, nacemos llorando, y esa tara nos provoca dolor, y el dolor agresividad y violencia, que volcamos en todo lo que hacemos. Los hombres somos valientes, fuertes, aguerridos, y no tenemos miedo. El llanto es debilidad, y la debilidad nos genera temor.

Llorar nos iguala a las mujeres, nos coloca en un mismo plano, humanos y vulnerables, pero la igualdad no existe para el patriarcado. A los hombres nos gusta que las mujeres lloren porque manifiesta nuestra superioridad.

Los hombres éramos los cazadores, los protectores, los guerreros, y los que traíamos el pan a la mesa. Los machos que germinamos a las hembras. Los reyes de la creación, y es evidente que estos no deben llorar.

Nos dicen que el llanto no es masculino, que no forma parte de nuestra identidad, que si lloramos somos menos hombres, y estos estereotipos son los que trasmitimos a los jóvenes, llenando sus vidas de referentes tóxicos y dañinos, hombres que no lloran. Les obligamos a reprimir sus sentimientos, y a identificarse con un modelo que, para ser aceptados, deben imitar. A los niños, y jóvenes les decimos que a las chicas no les gustan los que lloran, idealizando y empoderando de esta forma a violentos y gamberros, los machitos.

Construimos modelos de mujer, según nuestros deseos y perspectivas: belleza, delgadez, sensualidad, debilidad, ternura, dependencia, llanto.

Lloro mucho, recuerdo que de pequeño incluso me daban miedo los indios de las películas del Oeste. Tengo muchos temores, soy blando, algo inseguro, y nada valiente. No voy dando consejos ni lecciones por la vida, y sin embargo soy un hombre, puede que diferente, feminista, al que no le importa mostrarse como es, e intenta de esta forma educar a sus hijas en otros patrones de conducta, decirles que llorar es bueno, que no es cierto que los hombres no lloren, y que lejos de hacernos menos hombres, nos hace más fuertes y más humanos.

Un hombre que aprende de las mujeres, que trabaja por otras formas de entender y ser hombre, consciente de que solo a través de ese proceso de habilitación de nuevos referentes y cambio de los hombres, será posible un mundo menos violento y más igualitario.

Porque como decía Manuel Castell en el libro escrito con Marina Subirats, Mujeres y Hombres, ¿Un amor imposible?, “la reconstrucción de la relación entre hombre y mujer pasa por la aceptación mutua del fin del patriarcado como forma de organización básica de la familia y la sociedad. Y para eso los que más tienen que cambiar (aunque las mujeres también tienen que andar su trecho), son los hombres”.

Llorar es y será bueno. Para los hombres también. En privado, en público, sin pudor, sin temor. Lloremos, hombres, será el comienzo de nuestro cambio.

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