Alexei Ananenko, Valery Bezpalov, Boris Baranov. Probablemente a usted estos nombres no le suenen de nada. Y sin embargo, salvaron a Europa de una catástrofe que hubiese costado millones de vidas. Ananenko, Bezpalov y Baranov trabajan en Chernóbyl. Los dos primeros eran ingenieros nucleares, el tercero un técnico de la central nuclear soviética que sufrió el accidente más grave de la Historia. Los tres, sabiendo por su formación las consecuencias de su misión, fueron voluntarios, en una misión suicida, a vaciar abriendo manualmente las válvulas la piscina de seguridad de la central. Si no lo hubiesen hecho, con toda seguridad, hubiese habido más explosiones y el lugar hubiese sido totalmente destruido. Y la contaminación hubiese matado a millones de europeos. Fueron. Se sacrificaron. Y hoy nadie se acuerda de sus nombres. No tienen estatuas. No aparecen en los libros de texto. Y salvaron a Europa.

400 mineros también cavaron un túnel subterráneo en Chernóbyl debajo del reactor para hacer un intercambiador y evitar que si se fundiese acabase contaminando las aguas subterráneas y con ellas ríos y el Mar Negro, y provocando millones de muertos. Lo hicieron sin apenas protección. Y de los 400, cien murieron antes de cumplir los cuarenta años. Cuando fueron a la central sabían a lo que se enfrentaban. Y lo hicieron porque había que hacerse.

Como Ananenko, Bezpalov o Baranov, como los 400 mineros, hay infinidad de héroes, aunque a escalas distintas, que se sacrifican por los demás, que hacen lo que tiene que hacerse sin dudarlo un instante. Muchos de ellos están a nuestro lado. Poseen eso que Orwell llamó “Common Decency”, la moral intuitiva de la gente normal, y que se traduce, como idea política, en la decencia de los hombres ordinarios. Y sin embargo, la respuesta que reciben es, como ha señalado Guilluy, es la secesión de las élites, “la fuga de Varennes” de unas élites globalizadas que desprecian al pueblo, a la Common Decency. Esa ridiculización, que Owen Jones explicó magistralmente en su libro “Chavs”, la podemos ver todos los días en medios, programas de televisión, y demás que presentan a muchos de nuestros conciudadanos como unos paletos, como “unos seres deplorables” en palabras de la inefable Hillary Clinton, cuando si hay héroes en España, en cualquier lugar, se encuentran precisamente entre ellos, entre los que no dudarían en sacrificarse por el bien común “porque tiene que hacerse”.

Frente a ellos, frente a esta “Common Decency”, tenemos unas élites profundamente corruptas, algo que en España alcanza su paroxismo. Así, por ejemplo, podemos hablar de cómo, y tal como denunciaron europarlamentarios, los presidentes de la Comisión europea y del Eurogrupo, Juncker y Dijsselbloem, crearon una trama de fraude fiscal y ampararon a grandes corporaciones para ayudarles a evadir impuestos en beneficio de Luxemburgo y Holanda y en perjuicio del resto de países de la UE, y luego bloquearon todos los intentos de la Comisión Europea para corregir ese sistema impositivo diseñado por ellos y que ha defraudado miles de millones de impuestos a las arcas públicas. ¿Y qué decir del caso español, donde el 72 % del fraude fiscal, según Gestha, se concentra en las grandes fortunas y en los grandes patrimonios, donde las empresas del IBEX 35 tienen 850 filiales en paraísos fiscales? Sin duda no puede haber nada más ajeno a la “Common Decency” que unas élites que no han tenido empacho en romper el contrato social y en protagonizar una secesión de facto. ¿Y cómo está respondiendo la izquierda ante esto? Esa es la cuestión.

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