domingo, 26septiembre, 2021
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Hemos recorrido mucho camino, pero aún estamos lejos de llegar a la Igualdad

La Visión de Gloria, mujer mayor, ante el Día de la Mujer

Gloria Veiga Rodríguez
Vicepresidenta de CONFEMAC
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análisis

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Me han invitado a que cuente mi experiencia como mujer; que explique cómo ha sido mi evolución a lo largo de mi vida en ese espacio temporal y geográfico en el que el destino me colocó: España.

Nací a los pocos años de terminar la Guerra Civil. Mi adolescencia se enmarca entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Habían pasado los años más duros en los que el régimen franquista había emprendido la tarea de “reconstruir” a la sociedad “moral y materialmente”. El precio fue muy alto, en vidas y en sufrimiento de los vencidos. El papel de la mujer se limitaba a ser la reina de su hogar, a atender las labores domésticas y a criar a los hijos. La mujer era considerada un ser inferior, dependiente: no podía votar, ni abrir una cuenta corriente, ni viajar, ni administrar sus propios bienes sin la autorización legal del padre o del marido. Esto conviene recordarlo, porque no nos damos cuenta del paso gigante que hemos dado en los últimos cincuenta años.

Siempre, desde bien chiquita, fui consciente del desequilibrio que había en el trato y en la educación de la mujer en relación con el hombre, y tuve conciencia de que en lo que a mi respecta iba a hacer todo lo que pudiera para cambiar las cosas. Quería convertirme en una mujer libre, en una mujer que se apartara, como única misión, de sus deberes familiares tradicionales y que cuestionara su posición de sometimiento al hombre. Ahora bien, tenía la certeza de que esto se debía hacer sin ruido, sin llamar la atención, mimetizándose con esa sociedad tan poco permisiva, pero dando pasitos casi invisibles en la dirección adecuada.

Estudié una carrera universitaria, y en la Universidad tomé conciencia más que nunca de que el feminismo era necesario, pero todas éramos conscientes de que había otras prioridades en ese momento en el que ni siquiera podíamos votar, (hasta la Constitución de 1978 no recuperamos ese derecho) pero sí que nos sentimos unidas en una lucha que de momento había de ser soterrada, y evidentemente tuvimos ese sentimiento de pertenencia y de necesidad de cambiar el status quo y que tardaríamos mucho, mucho tiempo en poder militar libremente en lo que verdaderamente consiste el feminismo: conseguir la igualdad entre hombres y mujeres.

Claro que tuve que llevar mi casa y atender a mis hijos a la par que ser buena en mi trabajo; más bien mejor, esto lo llevábamos en nuestro ADN: no podíamos abandonar el mundo familiar y de cuidados, ya que era nuestra prioridad. Esto nos producía muchas desazones porque a veces era muy duro hacer bien los dos trabajos, y nos sentíamos malas madres por no llegar a todo, aunque yo me podía permitir el lujo de contratar a otra mujer para realizar el trabajo duro de mi casa.

Claro que tuve que demostrar una y mil veces que lo podía hacer igual o mejor que un hombre, que tuve muchas discusiones con mi marido para desterrar la palabra “ayuda” por la expresión “me involucro para que marche el proyecto común de mi familia”. He luchado y me he cansado una y mil veces, porque tenía la sensación de que no me movía del mismo sitio. Podría contar mil y una anécdotas, que hoy en día todavía están en plena vigencia. Alguien que dice, “cómo va el abuelo a irse con el hijo, teniendo hijas, para que le cuide la nuera”… Eso lo oí ayer, el hijo varón se ve que no cuenta… O “¿cómo voy a servirme agua teniendo tres mujeres en casa?”

Hoy en día hemos conseguido tener un lugar destacado en la sociedad, trabajar en aquello que nos gusta, casi hemos conseguido que no nos digan si somos guapas, o que bien te sienta esto o aquello, que no griten a nuestras nietas desde los andamios por llevar la falda corta, o que nos metan mano en el transporte público. Que el permiso paterno y materno se iguale cuando traemos una criatura al mundo. El recorrido ha sido largo, pero estamos muy muy lejos de llegar a la igualdad.

Si miramos para atrás vemos que se ha hecho mucho camino, pero queda mucho por hacer. Eduquemos a nuestros hijos e hijas en la igualdad, en el respeto y en la tolerancia, así lo hice yo, así hay que hacerlo. Quizá mi nieta pueda decir en un día no muy lejano: ¡Lo conseguimos!

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