lunes, 21junio, 2021
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“Hemos desaprendido muchas de las cosas que aprendió nuestra especie”

José Ovejero aborda en ‘Humo’ la relación de un puñado de personajes solitarios abocados a un entendimiento con la naturaleza de la que todos surgimos pero en la que ya pocos nos reconocemos

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Todos venimos de ahí, de la naturaleza, pero hoy ya muy pocos nos sentimos plenamente identificados con ella y mucho menos integrados en sus pautas de actuación marcadas a sangre y fuego desde la noche de los tiempos. El ser humano ha derivado hacia un alejamiento progresivo de sus raíces y ha llegado a un punto de no retorno en el que el vacío existencial intenta amortiguarse con un intento de vuelta a esa naturaleza que siempre está ahí para acogernos pero que no extiende los brazos amigablemente para ello, sino que es el propio interesado el que debe hallar el ensamblaje en un arduo compromiso no exento de complicaciones y dificultades. De todo ello y mucho más trata la nueva novela de José Ovejero (Madrid, 1958), Humo, publicada por Galaxia Gutenberg. Una mujer, un niño y una gata conviven en una cabaña en pleno bosque. Salen adelante en este ambiente en apariencia hostil sin ni siquiera ser familia. Pese a todo, la naturaleza siempre guarda sorpresas…

Su nueva novela aborda el reto que la naturaleza salvaje impone a una mujer y un niño que conviven en una cabaña. ¿Está el ser humano preparado para esta existencia en un entorno hostil o siempre tiene la posibilidad de adaptarse poco a poco a él?

Si por entorno hostil entendemos un entorno natural, obviamente estamos menos preparados que hace unos siglos, entre otras cosas porque el proceso de civilización ha consistido precisamente en imponer el dominio humano sobre buena parte del entorno natural -cultivando la tierra, abriendo carreteras, desarrollando la medicina- y en alejar al individuo de los “caprichos” de la naturaleza. Así que hemos desaprendido muchas de las cosas que aprendió nuestra especie: ¿cuántos sabrían hoy encender un fuego, entablillar un miembro fracturado, orientarse en medio de un monte? El aumento del dominio de la tecnología lleva consigo una reducción del dominio -por el individuo- de la naturaleza. Nuestras habilidades hoy son otras.

La idealización que, en épocas de crisis económicas y sanitarias como la actual, se hace de la vuelta del ser humano a la naturaleza, ¿es en cierto modo impostada y obligada por las circunstancias? ¿Por qué?

Casi nadie quiere volver a la naturaleza, no con todas sus consecuencias. Lo que queremos muchos -y yo lo hice justo antes de la pandemia- es vivir  en un medio menos agresivo y estresante, y sobre todo lo que queremos es huir de unas ciudades que ya no están pensadas para los habitantes sino para turistas y consumidores. La privatización de los espacios públicos y la lógica empresarial que se aplica a la vivienda y al ocio han hecho que las ciudades sean cada vez más visitables y menos vivibles. Por no hablar del encarecimiento, debido a esa lógica empresarial que han adoptado también los poderes públicos, de la vivienda y de los medios de subsistencia. Y en el campo -que no en la naturaleza- se puede recuperar parte de esa conexión con el entorno, menos cambiante, menos agresivo, menos competitivo.

“Casi nadie quiere volver a la naturaleza, no con todas sus consecuencias. Lo que queremos muchos -y yo lo hice justo antes de la pandemia- es vivir  en un medio menos agresivo y estresante”

Cuando el ser humano rompe con un pasado vinculado a las obligaciones que impone la sociedad civilizada, ¿qué puede buscar en la naturaleza que no tenga en una vida burguesa típica?

Creo que en parte he contestado a esta pregunta en la respuesta anterior, pero aquí añadiría que lo que encuentras también es un ritmo diferente, una respiración distinta, y, un mayor contacto con tu propio cuerpo, por ejemplo mediante el placer de un trabajo físico no reglado ni alienante -no es lo mismo trabajar en la construcción, en general por un salario muy bajo, que cultivar tu huerto por placer- o caminando por el monte.

¿Puede una persona cambiar su forma de ser por el simple hecho de que cambie de entorno?

“Quien atraviesa el mar cambia de cielo, no de carácter”, escribió Horacio. Y Quevedo lo completó en El Buscón: “nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres”. En este caso creo que hay que dar la razón a los clásicos. Lo que sí te permite es pensar un poco sobre cómo has vivido y sobre lo que has perdido con esa forma de vida, buscar otras maneras de vivir más acordes con tus deseos -si puedes permitírtelo- y menos impuestas por un entorno directo exigente.

Ese huerto que en su novela da cada vez menos frutos… ¿Nos está queriendo decir algo con esta imagen metafórica?

El huerto que da pocos frutos, como las nubes de abejas, son manifestaciones de una naturaleza desencajada, que no opera como pensamos que debe hacerlo; creo que es una sensación que tenemos desde hace tiempo. Y Humo, de manera inconsciente por mi parte, refleja esa sensación. Lo amenazante ahora de la naturaleza es que se comporte de forma “poco natural”: especies que invaden territorios en los que antes no existían; virus y bacterias nuevos; mayor frecuencia de fenómenos destructivos como huracanes e inundaciones… Después de siglos de pensar que habíamos reducido la fragilidad del ser humano frente a la naturaleza, casi de repente nos sentimos frágiles otra vez; las ciudades no nos protegen como antes y las previsiones científicas se han vuelto poco fiables.

El instinto de supervivencia a todos los niveles sobrevuela temáticamente toda la novela. ¿Dónde está la franja divisoria entre el instinto de lucha y de rendición del ser humano cuando la naturaleza impone su fuerza indómita?

La protagonista de Humo llega a ese punto en el que se rinde… aunque sólo de forma pasajera. Pero no creo poder responder a esta pregunta de forma general. Dependerá de la energía, del carácter, de las esperanzas, de la fuerza del deseo de cada uno.

¿Las prioridades del ser humano son diferentes según se viva en una ciudad, un pequeño pueblo o en medio de la naturaleza misma? ¿O simplemente es la gestión del tiempo la que da esta dimensión de lo importante y lo que no lo es?

El tipo de lugar en el que vives influye por supuesto en esa gestión del tiempo, y eso significa que también influye en tus prioridades. Pero insisto en que la inmensa mayoría de los que no vivimos en una ciudad tampoco vivimos de verdad en la naturaleza, así que muchas de las prioridades de la ciudad las arrastramos al campo: seguimos hiperconectados; yo he cambiado algunos aspectos de mi forma de vida, pero no he cambiado de trabajo; muchos de mis deseos y aspiraciones siguen siendo los mismos.

La muerte también está presente en Humo. ¿Se sabe apreciar sus peculiaridades junto a la naturaleza de una manera mucho más armónica, natural y cercana que en una vida de ruidos y prisas en una urbe cualquiera?

En el caso de la protagonista de Humo, está claro que acepta la muerte como algo mucho más cercano, como parte de una elección que lleva consigo una vida más arriesgada que la urbana -aunque en la novela esas barreras de humo que se levantan a lo lejos nos dicen que la vida quizá ya no sea tan idílica en las ciudades-. En mi caso, me ha llamado la atención que, incluso viviendo en un ambiente relativamente protegido, me he vuelto más consciente de la fragilidad individual -de la colectiva ya era consciente-, quizá porque asisto a muchas más pequeñas tragedias cotidianas que afectan a especies que me rodean: aves que son cazadas por otras, un zorro enfermo que nos visita, un gato hambriento, una ola de frío que acaba con los topillos, la urraca que mata a un víbora. Aunque quizá mi atención a todo esto tenga ahora que ver con un estado de ánimo provocado por las grandes tragedias derivadas de la epidemia que nos tocan de cerca. Y la enorme diferencia entre unas y otras -aparte de que me confieso especista y me preocupa más en general lo que le sucede a los humanos que a un ratón o a un zorro, por pena que puedan darme estos-, es que las primeras son tragedias relacionadas con la selección natural, mientras que las segundas también lo están con la selección social, esto es, con cómo quienes pueden protegerse imponen condiciones que los favorecen y dejan a la intemperie a quienes no pueden hacerlo (basten los ejemplos de la Cañada Real o de las vacunaciones ilegales de obispos).

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