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Ha tenido que estallar una guerra para que Occidente persiga a los oligarcas corruptos de Putin

Los magnates de Moscú buscan refugio en su búnkeres nucleares secretos

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Las sanciones contra Rusia están arrinconando a los oligarcas rusos. Grandes yates requisados, cuentas corrientes bloqueadas, mansiones confiscadas y paraísos fiscales cerrados. El ejemplo paradigmático es Roman Abramovich, hasta hace unos días dueño del Chelsea. Cuando se inició la invasión de Ucrania, el magnate futbolístico se deshizo del club, subió a su avión privado y se plantó en Israel aprovechando que tiene la nacionalidad por ser de origen judío. A Abramovich lo han cosido a sanciones en el Reino Unido, en Canadá y en otros países occidentales por haber colaborado estrechamente con el presidente ruso, Vladímir Putin. A esta hora su paradero sigue siendo desconocido.

No es el único millonario que de la noche a la mañana ha pasado de los palcos versallescos, de los grandes palacios de París, Londres y Berlín, a paria de la sociedad. Nikolay Tokarev, presidente de la compañía de oleoductos Trasneft y amigo personal de Putin desde los viejos tiempos de la KGB, también ha caído en desgracia. La Unión Europea le ha congelado los activos financieros. Estados Unidos le ha impuesto severas sanciones y el Reino Unido le ha prohibido entrar en el país. Un golpe durísimo para uno de los más estrechos colaboradores del autoritario Estado ruso.

La lista negra de jerarcas putinescos no es precisamente corta: ahí está Igor Sechin, presidente del gigante petrolero Rosneft y considerado por algunos la mano derecha del tirano; Alisher Usmanov, el magnate del hierro, del mineral, del acero, de los medios de comunicación y de internet, además de uno de los grandes burócratas locales; Alexéi Mordashov, el hombre más rico de Rusia, según Forbes (amasa una fortuna de más de 25.000 millones de euros y es accionista de Severstal y NordGold, buques insignia de la siderurgia y la minería nacional); y por supuesto Mijaíl Fridman, el dueño de los supermercados DIA y del sector de la alimentación al que se le calcula un patrimonio de 13.500 millones de dólares.

Hemos tenido que llegar al borde de la Tercera Guerra Mundial para que Occidente cayera en la cuenta de que el modelo económico depredador de los oligarcas era un cáncer que amenazaba con acabar con el mundo. Gente que esquilma el medio ambiente; gente que se embolsa miles de millones de dólares que acaban en paraísos fiscales; gente que conforma la nueva aristocracia globalizadora, los nuevos nobles del siglo XXI cuyo futuro y fortunas peligran como peligraron en su día las estirpes nobiliarias decapitadas durante la Revolución Francesa. Hablamos de las dinastías del nuevo desorden mundial, las cien casas heráldicas que controlan el noventa por ciento de la riqueza del planeta. Una mafia rusa que se baña en piscinas con caviar y champán, una casta que planea la explotación a destajo del Polo Norte y que arrasa la naturaleza con sus infames grúa y pozos extractores, sus nefastas plataformas y tuberías, sus maquinarias y humos altamente contaminantes. Allá donde iban les ponían la alfombra roja. Allá donde abrían un banco eran flamantemente invitados a las galas de las grandes cancillerías. Eran ellos los que daban color y ambiente a las cenas benéficas de las principales embajadas. Merkel les reía las gracias por miedo a que cerraran el grifo del gas y los alemanes pasaran frío en invierno. Macron hacía obscenos negocios con ellos en la montaña rusa de Eurodisney. Y la monarquía española les ponía lujosos pisos y chalés en Marbella, en Mallorca, en la cálida costa mediterránea convertida en la nueva Crimea de Putin. ¿Dónde estaba entonces la Interpol para actuar contra los bandoleros y camelleros del Kremlin?

Hoy son el gran símbolo de un mundo decadente que se viene irremediablemente abajo, el paradigma de otro antiguo régimen que se tambalea con el estruendo de las bombas y el horror de Mariúpol. Energía, petróleo árabe, finanzas sospechosas, banca mala, tráfico de armas, trata de blancas, contrabando de drogas, todo era controlado por estos capos de la falsa globalización que se derrumba como un castillo de naipes. La guerra siempre es la culminación fatal de una injusticia social, el epílogo de la corrupción de unas élites y de un sistema agotado que revienta por los cuatro costados antes de que llegue otro mundo gatopardista donde todo cambiará para que todo siga igual. Así ha funcionado, desde hace más de dos siglos, el monstruo del capitalismo industrial: tras una gran crisis, una gran guerra. La conflagración de 1914 fue el resultado de un modelo colonial marcado por las tensiones entre países. La de 1939 fue el segundo capítulo de una historia trágica que no se supo cerrar a tiempo con el Tratado de Versalles, una rendición que puso de rodillas a Alemania, hundió en la miseria a millones de alemanes y abrió la puerta a los fascismos. Esta tercera contienda mundial a la que nos vemos abocados sin remedio también es la consecuencia de un modelo económico aberrante y agotado (la globalización asimétrica), en el que unas pocas familias y clanes convierten el planeta en su terruño particular rebosante de esclavos.

A los fatuos oligarcas que hasta hoy controlaban la economía mundial, imponiendo su ley al resto del mundo con el chantaje del gas y el abuso de los precios del petróleo, se les acabó el chollo. Si Putin acordara una paz provisional con Ucrania o desistiera en su violenta invasión hoy mismo (que no lo hará) quedará recluido para siempre en Rusia, junto a su camarilla de oligarcas de confianza. Ya nunca más podrá poner el pie fuera de sus fronteras sin temor a ser detenido y puesto a disposición del Tribunal Penal Internacional para ser juzgado como el gran nazi del siglo XXI que es. Y si decide seguir adelante en sus planes de expansión hacia el oeste, la internacionalización del conflicto durará décadas, un escenario tétrico en el que cualquier hipótesis cabe, incluida la guerra nuclear.

En cualquier caso, nada será igual a partir de ahora. Una época de la historia llega a su fin con la caída de Rusia como gran superpotencia y el advenimiento de China. El viejo orden mundial, tal como lo conocíamos, se desmorona mientras emerge otra cosa. Tal vez un mundo fracturado en dos, dividido por un muro sentimental de odio y polarizado en sendos bloques antagónicos, enfrentados y de espaldas el uno al otro en una tensión atómica militar y económica sin precedentes. Por un lado, un mundo capitalista clásico con sus democracias liberales (Europa y Estados Unidos); por otro, un mundo tecnofeudal, autoritario, las nuevas dictaduras replegadas en sí mismas y retrocediendo en el tiempo hasta aplastar los derechos humanos (China y Rusia). Un modelo de jerarcas, de señores feudales globalistas que viven a cuerpo de rey y reprimen a millones de personas según el modelo policial, orwelliano y controlador del Gran Hermano.

La humanidad civilizada se lanza a la caza y captura de los oligarcas moscovitas. Los prebostes del Kremlin suben a sus jets privados y corren a refugiarse en sus búnkeres secretos de Siberia. Los ingenuos todavía confían en que, arruinados y reducidos a la categoría de parias, los ricos rusos se revuelvan contra el sátrapa y le den un golpe de Estado en medio de la noche fría de Moscú. No entienden que los magnates no son más que las variadas cabezas de una misma hidra, diferentes partes de un solo monstruo donde Putin destaca como todopoderosa madre y señora del engendro.

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