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Garamendi vuelve al redil tras sufrir la caza de brujas del PP y la caverna

En pocos días, el presidente de la patronal CEOE pasa de defender los indultos a no mojarse

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En apenas un par de días, el presidente de la patronal, Antonio Garamendi, ha pasado de defender los indultos a los presos soberanistas catalanes a renegar de ellos. Si la pasada semana el sumo pontífice de los empresarios españoles declaraba que la medida de gracia a los condenados por el 1-O será “bienvenida” si ayuda a que las cosas se “normalicen”, ayer mismo se desdijo descaradamente tomando a 47 millones de españoles por sordos.

Es cierto que en las últimas horas Garamendi había ido matizando sus palabras al explicar que por “normalización” se debe entender que la gente cumpla la Constitución, que se trabaje en el marco del Estado de derecho, que se respete la ley y el Estatuto de Autonomía y, por supuesto, “que se hable de lo que haya que hablar”. Pero apostar por los indultos, vaya si apostó. Todo el mundo lo escuchó, aunque muchos se frotaran los ojos y se limpiaran la cera de los oídos porque no daban crédito a que el gran pope del dinero se pusiera de lado de Pedro Sánchez en este tema, sin ambages, enmendando la plana a Pablo Casado.

En un momento, y de un plumazo, Garamendi se había cargado toda la estrategia del trifachito PP/Vox/Ciudadanos, las mesas petitorias, la marea patriota de la manifestación de Colón y el polémico dictamen del Tribunal Supremo contrario a la medida de gracia. Ya no cabía ninguna duda: Garamendi era un traidor, un rojo y un felón. Lógicamente, la cosa no podía quedar ahí. De inmediato, las fuerzas vivas del casadismo, del ayusismo reaccionario y cañí, de la extrema derecha abascaliana y la caverna mediática pusieron motores a toda máquina para embestir contra el jefe de los empresarios, que a esa hora ya pensaba aquello de por qué me habré metido yo en este embrollo, tierra trágame.

La Famiglia ultra no perdona y cuando alguien saca los pies del tiesto, cuando se sale de los códigos sicilianos trazados o simplemente muestra una opinión personal diferente sobre esto o aquello, se organiza un cónclave de clanes, se le pone la diana al disidente y a por él, como suele hacerse en tierras italianas. La rabia de Casado quedó patente cuando salió a la palestra para advertir a los españoles de bien cuál era la doctrina a seguir en el espinoso asunto de Junqueras y los suyos y de paso para considerar “cómplice” de Sánchez a todo aquel que se mostrara a favor de los indultos. Era tanto como decir: el que no esté conmigo está contra mí y además es un traidor a la patria. Para echar más leña al asunto, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, lanzó otro duro mensaje a los navegantes empresarios, al advertirles de las peligrosas consecuencias de “blanquear y coquetear” con la delincuencia y con quienes han “fragmentado socialmente Cataluña”.

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Obviamente, la amenaza velada de dos pesos pesados del PP no solo iba dirigida contra Garamendi, sino también contra las clases adineradas del Foment del Treball, el Cercle d’Economia, los obispos catalanes y los sindicatos, organizaciones todas ellas que en los últimos días se habían postulado a favor de algún tipo de medida de gracia para avanzar en el diálogo entre el Estado español y la Generalitat. Muchos de los millonarios activistas por la paz (más bien magnates temerosos de perder sus negocios por la situación de inestabilidad que se vive en Cataluña) se echaron a temblar esa misma noche al comprobar que el jefe había tocado fibra sensible en las altas esferas, de modo que la respuesta del bando nacional en forma de vendetta no se haría esperar. Y así fue.

Los medios de la caverna iniciaron una de sus habituales cacerías al hombre y las rotativas empezaron a echar humo. La consigna era atornillar a Garamendi, darle un escarmiento, desacreditarlo, hundirle la vida si era necesario. ¿Cómo podía tolerarse que el jefe de la cúpula empresarial española fuese un señor simpatizante con el sanchismo y sus vomitivos indultos? Había que echarlo, defenestrarlo, borrar sus empresas del mapa y enviarlo directamente al exilio en Waterloo, con Carles Puigdemont. Allí podría montar una tienda de ultramarinos y vender bombones de Brujas, si lo creía oportuno, pero que se fuera olvidando de España. Así, El Mundo lanzó su primera andanada: “Los indultos desatan un estallido empresarial en contra que desborda a Garamendi. Es una cuestión de dignidad. El presidente de Cepyme y otros dirigentes de CEOE se declaran hartos y rechazan abordar ahora la medida de gracia. El responsable del Círculo de Empresarios critica la falta de moral en la medida”. La sentencia había sido dictada en el Boletín Oficial del PP. Garamendi podía darse por muerto.

Garamendi, de rodillas

Pero la Brunete mediática, que no descansa jamás, seguía agitando el ventilador. A buen seguro Garamendi empezaba a arrepentirse de su exceso de sinceridad. España no es país para gente valiente que dice lo que piensa, sino para dóciles y obedientes que dicen y hacen lo que ordenan los de arriba. El siguiente titular aparecido en las mismas fechas en otro libelo digital retrógrado decía así: “El Gobierno condecoró a Garamendi 24 horas antes de apoyar los indultos a los golpistas”, y añadía que el Ejecutivo no informó en rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. Al panfleto ultra solo le faltó titular que el presidente de la CEOE se había vendido vilmente por una chapa de latón.

Esa información hizo daño al máximo responsable de la patronal, que se vio obligado a dar un nuevo paso atrás: “Que digan que nos han comprado porque nos han dado una cruz tiene gracia. No viene a cuento”. A Garamendi, cada vez más amedrentado, le pareció “sorprendente” que alguien fuese capaz de lanzar semejante fake news y se declaró orgulloso de la condecoración. Sin embargo, para entonces las piernas ya empezaban a flaquearle al poderoso hombre de negocios, que se preguntaba sin duda cuál sería la próxima maniobra de las cloacas periodísticas para arruinar su reputación. Fue cuando comprendió, por haberlo sufrido en sus propias carnes, lo que otros sometidos a la caza de brujas de la caverna habían pasado antes que él, véase Pablo Iglesias, un suponer. Garamendi empezó a sentirse como el gran comunista indepe de la patronal (tal era el cartel que Casado había ordenado que se le colgara) y sin duda, trémulo, enmudecido y asustado como un conejo decidió rectificar, dar marcha atrás y congraciarse con los de su casta, más por miedo al capo furioso que porque hubiera cambiado de criterio en el tormentoso asunto de los perdones.

Ayer mismo firmó su propia petición de indulto y claudicó ante las presiones políticas al asegurar que sus palabras fueron sacadas de contexto, ya que él nunca ha rogado la clemencia para nadie, y mucho menos para los que quieren romper España. Fue lo que se dice una bajada de pantalones en toda regla. Finalmente, trató de dejar claro que su organización empresarial no va a pronunciarse al respecto: “O no me expliqué bien o se me entendió mal, pero en ningún caso yo dije para nada que estaba apoyando los indultos”. Ahora las cosas ya estaban otra vez en su sitio, el mayordomo seguía siendo la voz de su amo y Garamendi notaba cómo las manos dejaban de sudarle. De momento no le han puesto una cabeza de caballo en la cama, que es lo importante, y podrá continuar con sus negocios. Sus amigos le dicen: “Has hecho muy bien, Antoñito. No te metas en líos, tú a lo tuyo, déjate la política que no es para ti”. Y él ya respira más tranquilo.

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