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Gabo

Francis López Guerrero
Profesor de lengua y literatura.
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análisis

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Gabo: admirado, amado: Gabo. Muchos años después frente a cualquier texto literario hube de recordar aquellos días remotos de vísperas de lectura en los que deposité en ti un previo fervor y una posterior lealtad misteriosa. Así clasificaba Borges a los clásicos, bajo el doble eje de un previo fervor y la lealtad misteriosa. El tiempo te tocó el hombro hace mucho, muchísimo, “tan muchísimo” que te dio la vuelta y deviene en hoy ya con forma inmortal de libro, como hubiera ocurrido en una metamorfosis de Ovidio. Porque al principio el espíritu de la vida y de la muerte se entremezclaba con el espíritu del tiempo, hasta que quisieron separarse por despecho. Ése es el otro Big-Bang, que se nos ha quedado dentro empapado en sudor. Y tú conseguiste colocarte en medio de la vorágine como periodista intrépido para fotografiar al tiempo virginal en su huida arrebatada y congelarlo con palabras en el génesis de la escritura. Para salvarlo en tu aldea alma Aracataca. En eso consistía de simple maravilloso el conocimiento del hielo en aquellas tardes remotísimas que son nuestro hoy más cercano.

Gabo: admirado, amado: Gabo. El tiempo te devolvió el gran favor y te salvó. Como a Adonis en anémona. Como a Dafne en laurel. Como a Acis en río, por supuesto, en río Magdalena. El tiempo, hace muchísimo, tanto, que te da la vuelta, te agarró la consciencia y las manos del escribir que se ciernen con fuerza sobre el espíritu de la vida y de la muerte. Tú solo tuviste que poner el punzón de las tripas.

Has escrito como el mar, profundo y con ritmo. Entre un pequeño silencio y el rumor prolongado de una ola estaba Macondo. Después seguía la inmensidad del mar verde Caribe de la existencia y de la escritura como exorcismo y como plegaria, porque la escritura es un amor/dolor que tiene que ver tanto con los dioses como con los demonios. Una esquizofrenia controlada que desconoce si cae o asciende y en medio de la cual estaba el hombre emparedado, como don Quijote, entre la realidad y la fábula, pequeñito, gigante, arrastrado, ahogado, a contracorriente. Constructor y destructor de realidades y de historias.

Pero, ¡también se muere el mar!, escalofriante verso elegíaco de Lorca. ¿Y dónde enterrarlo? No se me ocurre mejor lugar que un libro con vistas a la inteligencia y la memoria. La realidad es mucha y mala, sentencio con Quevedo. Incluso la del mar, atestado de turistas y de embarcaciones de recreo. El mundo mítico que me diste es en verdad una triste tarjeta postal y un continuo recreo insustancial. La inocencia se pierde con la lectura obligada de la insulsa realidad. El tiempo actual se ha prostituido las horas y vivaquea en la villanía. Tiempo esquinero y mendigo. Ya sólo queda fabular y tú te has ido con el mar, profundo y rítmico, conquistador y conquistado; enterrado en un libro.

Lo peor de morirse es no poder inventarlo ni contarlo. Lo mejor: no tener que dar discursos solemnes desde los estrados vanidosos y convencer al personal expectante de que lo de escribir era sencillamente otra inevitable función fisiológica, como dormir o comer. Hay quien come con estilo, protocolo, paciencia y cubertería de plata. Y hay quien lo hace escribiendo. La literatura es un sabotaje estilístico a la mecánica de los días. La escritura es necesaria y se hace desde la necesidad, que es la libertad de los valientes, palpando el misterio y la intuición y utilizando el sano olfato del instinto.

Te fuiste resguardado en un libro como el mar de griegos y troyanos. Y los libros no tienen pinta de ataúdes aunque también guarden y parezcan quietos. El mar ya no está. No se derrama como una sinestesia; como una criatura de sangre caliente. Lo que queda es una masa ingente de agua que da miedo si se viene encima y la definición tiesa del diccionario académico. El mar ya no está. Sólo se puede ver en tus relatos. Te asomas y lo ves verde y rumoroso entre las páginas, que no son páginas, sino una necesidad fisiológica que perdura en el tiempo, el cual se ha quedado definitivamente con la máscara de un niño de nueve años alucinado con la capacidad que tiene la mente humana para crear a su imagen y semejanza, como Dios, cuando el mundo parecía creado y dado.

Los antiguos romanos tenían dioses domésticos, los lares. Tus libros en los altares de las estanterías son los lares de mi hogar. Pequeños dioses protectores; palpables, visitables, vigilantes, que nos dicen quiénes somos. Gramática fabulosa y legendaria que envuelve a la casa y calienta con humanidad. Paradójicamente, se entiende mejor y cobra más fuerza la vida cuando la penetra la muerte y la preña de su horizonte, que nunca es ni lejano ni cercano, sino interno como un corazón latiente.

Gabo: admirado, amado: Gabo. Nos seguimos viendo en tus libros. Nos vemos en el hogar.

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