Luces de colores anuncian la llegada de la Navidad. Muchos aprovechan estos días previos para poner el árbol y decorar sus casas en familia, seguramente con la compañía de algún villancico tradicional. Panderetas y cascabeles, triángulos y zambombas, sonajas y botellas de anís acompasan de fondo la actividad de comercios, calles y hogares junto a melodías tan conocidas como “White Christmas” de Irving Berlin o “Noche de Paz” de Franz Gruber. “Adeste fideles”, “Los peces en el río”, “Campana sobre campana”, “Arre borriquito” y “Fum, fum, fum”, entre otros cientos de villancicos, construyen la banda sonora de esta época del año que invita a compartir tiempo con aquellos a quienes queremos.

El Villancico es una forma musical oriunda de España muy alejada en sus inicios de la canción para celebrar la Navidad que conocemos hoy en día. Su origen, sin olvidar las dudas históricas que la polisemia del término y la escasez de pruebas textuales directas provocan, procede, al menos, de comienzos del siglo XV. Estas construcciones poéticas y musicales de estructura sencilla y armonizadas a varias voces, representaban una pieza de carácter popular de interés para los habitantes de la “villa”, de ahí su nombre, mostrando principalmente una temática amorosa pastoril, de argumento pícaro e incluso obsceno, que pronto se encontraría en la corte, convirtiéndose en los siglos XV y XVI, junto al Romance, en la composición más interpretada. La primera gran colección de villancicos que se conserva es el Cancionero de Palacio (1474-1516), una de las recopilaciones de música profana renacentista española más importantes, en la que destaca el compositor Juan del Encina y otras figuras como Juan de Anchieta o Francisco Millán. 

Años después, ya en el siglo XVI, aparecen villancicos a una voz con acompañamiento de vihuela, sustituida posteriormente por la guitarra, en obras de autores como Luis de Milán, Miguel de Fuenllana o Alonso Mudarra. A mediados del XVII, comienza a ser común el encargo de villancicos religiosos a los músicos de capilla para los oficios de Navidad, el Corpus Christi o la Inmaculada Concepción. Su estructura se compone de tres movimientos acompañados de interludios musicales: una tonada de entrada o introducción, un largo estribillo a modo de responsión y una serie de coplas al estilo de las cantadas en los patios de comedias como las “chanzonetas”, con letras de chanza o jocosas. Venía a ser un entremés entonado, en lengua romance, de tema religioso y para el interior del templo. En el siglo XVIII, algunas de estas melodías que formaban parte de representaciones teatrales llevadas a cabo en la Navidad, quedan como piezas dedicadas a esta celebración, acepción que perdurará hasta nuestros días.

Muchos grandes compositores de la historia de la música nos dejaron numerosos pentagramas para conmemorar este destacado momento del año. En 1660, Heinrich Schütz crea la “Historia de la Navidad”, un oratorio protestante luterano en el que el evangelista es el tenor que narra la historia del nacimiento bíblico en una de las más bellas obras escritas para la Navidad. Arcangelo Corelli lo haría también componiendo, a finales del siglo XVII, su concerto grosso en sol menor, Op. 6, nº 8, conocido comúnmente como “Concierto de Navidad” por incorporar la inscripción “Fatto per la notte di Natale”, que finaliza con un movimiento, “Pastorale”, imitativo de la música de los pastores. En 1734, Johann Sebastian Bach haría su Oratorio de Navidad, que recoge seis partes relacionadas con la natividad del salvador, desde su nacimiento hasta la adoración de los Reyes Magos y, en 1741, Georg Friedrich Händel escribiría “El Mesías” que, con su inicio dedicado a celebrar la Navidad, se ha convertido en uno de los repertorios indispensables en las programaciones de auditorios para estas fechas. Sería ya durante la primera mitad del siglo XIX cuando el compositor francés Hector Berlioz realizaría “La Infancia de Cristo”, contenedora de una de las descripciones más conmovedoras de la Virgen María contemplando a su hijo recién nacido y, a finales del mismo, cuando Tchaikovsky llevaría el ballet a la fiesta de Nochebuena mediante el “Cascanueces”, con libreto basado en la adaptación de Alejandro Dumas (padre) del cuento de Hoffmann del mismo nombre.

Los villancicos representan un elemento destacado de la identidad navideña. En torno a ellos giran las distintas formas de celebración de cada país, región o pueblo, y las propias melodías se tiñen de las peculiaridades musicales de cada folclore en una interesante actividad conjunta de construcción histórica y social. Resulta emocionante reflexionar sobre cómo el villancico, una melodía tan cotidiana de nuestra Navidad, esconde un pasado tan alejado de su imagen actual y una historia tan extensa sobre nuestra sociedad a lo largo de cientos de años. A su vez, la música navideña tiene el poder de traer al presente recuerdos personales vividos, experiencias pasadas que llenan de nostalgia estos días, y de cubrir nuestros pensamientos de una sensibilidad especial que permite soñar. Que se vean cumplidos todos sus sueños… ¡Feliz Navidad!

Apúntate a nuestra newsletter

Artículo anteriorChapuzas, no. Demolición
Artículo siguiente¡Viva La Pepa! y la Constitución republicana
Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre