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Frustración en Vox, que ve cómo el triunfo de Ayuso frena su proyecto ultraderechista en Madrid

Los resultados del partido ultra han quedado por debajo de las expectativas de Abascal

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La moción de censura que Santiago Abascal presentó contra Pedro Sánchez en octubre del pasado año se ha traducido en un escaño más para Vox. Un raquítico escaño, un pírrico escaño, un miserable escaño que deja a la ultraderecha muy lejos de su objetivo de reconquistar España. Mientras el PP dobla resultados gracias al efecto ayuser, los verdes comprueban que Madrid no ha terminado de comprarles el discurso radical y antisistema como partido heredero del régimen anterior. Al final, los madrileños han rechazado el guerracivilismo en todas sus variantes (roja o falangista) y han optado por el libertarismo cañí de tapas y cañas de Ayuso, que en buena medida no es más que darle continuidad al “aguirrismo” instalado de forma endémica, desde hace 26 años, en la sociedad de Villa y Corte.  

Los resultados obtenidos por el tándem Abascal/Monasterio no son como para tirar cohetes y el líder de Vox ha arremetido en las últimas horas contra Pablo Casado, al que acusa de haberse “lanzado a la propaganda falsa” al asegurar que el 4M demuestra que solo una derecha unida, y no disgregada en varios partidos, puede derrotar al sanchismo. “Casado acaba de decir que la moción de censura de Vox ha tenido como consecuencia que el PP haya duplicado resultados en Madrid y que Vox solo haya sacado un escaño más”, ha explicado Abascal, que califica de falso ese análisis.

Ahora bien, ¿es cierto que el partido ultra estorba y sobra en el espectro político, no solo madrileño sino nacional, tal como sugiere Casado? ¿Es correcto concluir que si Vox no existiese las derechas españolas tendrían el camino mucho más despejado hacia la Moncloa? Todo apunta a que sí. Tras escuchar las ofertas políticas que unos y otros lanzaron durante la campaña electoral, cabe concluir que el ayusismo es un movimiento lo suficientemente trumpista y fuerte como para terminar retirando del escaparate al partido nostálgico del régimen anterior. Ayuso ofrece casi todo lo que promete Abascal, aunque es verdad que su forma de presentarlo conecta mejor con el carácter vividor y afable del madrileño. Ayuso no va por ahí colgando carteles contra los menas: desmantela en silencio las casas de okupas, persigue a los manteros con nocturnidad y alevosía, cierra centros de inmigrantes y a otra cosa. Ayuso tampoco necesita mancharse las manos defendiendo la obra de Franco (eso se da por supuesto porque va en los genes fundacionales del PP y en Génova la admiración por el Tío Paco se lleva por dentro, sin estridencias, en silencio). Y en cuanto al pin parental, a Ayuso no le hace ninguna falta poner en marcha una sonora campaña mediática: inyecta fondos en la escuela concertada, dando plena libertad, y que cada cual haga lo que quiera en sus aulas.

Lo que no ha comprendido Abascal es que España no es Alemania o Italia, donde el discurso nazificante seduce mejor por historia, cultura y tradición. Hasta el mismo Salvini ha felicitado a la presidenta como “una mujer de sentido común y valiente”, rindiéndose a su obra y legado como musa de la nueva derechona europea.

El franquismo fue un régimen fascista, nadie en su sano juicio puede dudar de ello, pero con unas connotaciones autóctonas que lo convirtieron en un fenómeno histórico algo particular: aquello del Spain is different que se inventó Fraga para vender un país de orden, anticomunista, católico, taurino, folclórico, turístico, desarrollista, especulador y futbolero. También un estado que terminó haciendo amistad con los aliados en su Guerra Fría contra los soviéticos. La cara más amable del totalitarismo europeo, un régimen siervo y sumiso con los norteamericanos, que terminaron aceptando y blanqueando el franquismo para poder instalar sus bases militares y de paso tomarse unas vacaciones en Mallorca o Benidorm. Todo eso es la gran tradición de la derecha española que Ayuso ha sabido recuperar tuneándola pertinentemente con el barniz decadente de la posmodernidad.

La maniobra es magistral, no solo por el golpe a la izquierda, a la que se ha colgado el cartel de comunista, sino porque deja con poco margen de acción a Vox. Hace solo unas horas el dandi Espinosa de los Monteros mostraba su frustración con los resultados del 4M al asegurar que en el Partido Popular van a tener que escoger entre dos modelos políticos conservadores. “El PP tiene que elegir qué alma desea: la que encabeza el señor Casado y que se acerca al PSOE y busca el consenso socialdemócrata, o el alma que propone Díaz Ayuso y se parece más a lo que propone Vox”. En realidad, todo es un puro postureo, un quiero y no puedo, ya que si es cierto que la flamante presidenta popular encarna por sí misma los valores populistas de Vox, ¿qué demonios pintan ellos, los ultras, en toda esta historia?

Espinosa ha confirmado que apoyarán a Ayuso sin condiciones. Como si tuvieran opción de otra cosa. ¿Qué van a hacer, votar “no” a la investidura? Eso sería tanto como abrirle la puerta al PSOE y en ese caso los hosteleros se les echarían encima y sería el final de la formación de Santi Abascal. Por tanto, a los posfranquistas no les queda otra alternativa que pasar por el aro y sentarse a ver el show como meros espectadores o comparsas. Ayuso da a sus votantes la dosis de ultraderechismo precisa sin pasarse y sin asustar. A una camarera lozana, alegre y feliz que va por ahí invitando a barra libre no se la ve como a una nazi peligrosa (por mucho que lleve el ramalazo falangista por dentro). El discurso del odio descarnado y las batallas campales en Vallecas que ha promovido Vox no han terminado de convencer al personal. Esa estrategia sigue metiendo tanto miedo como los llamamientos de Pablo Iglesias a las barricadas y a derribar la monarquía y el Régimen del 78, como en la Segunda República. La gente está harta de trincheras guerracivilistas. Solo quiere tener cuatro duros en el bolsillo para poder irse de cañas. Y eso se lo da Ayuso.

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