Pintaban bastos, en la parrilla de Portimao antes de que arrancase el gran premio de Portugal 2021. Fernando Alonso ocupaba la posición número 13, el del fario, en la parrilla, mientras que su compañero de equipo ocupaba la sexta plaza, su amigo Carlos Sainz la quinta, y Sergio Pérez, que es la mayor esperanza para todos los que hablamos español esta temporada, la cuarta. Todos en un pañuelo, y seguidos, excepto Alonso que estaba detrás de Giovinazzi, horror, el magnífico Russell (pero sólo conduce un Williams) y su viejo archienemigo Sebastian Vettel. Pocos confiaban en él. Y para colmo su salida no fue en absoluto afortunada, y hasta perdió posiciones.

Pero, inopinada y mágicamente, Fernando Alonso se despertó, y se montó una remontada alucinante. Sobre todo nos gustó cuando fue capaz de adelantar en pista a Daniel Ricciardo, uno de los más grandes y con un McLaren, después de haber hecho lo propio con Vettel, y luego haría con el mismísimo Sainz y su Ferrari (algo renqueante en el Algarve).

Ahí estaba Alonso y ahí estaba el Alpine. El Alpín. Los dos Alpines juntos y puntuando. Cuando alguien está acostumbrado a comer caviar y le parece lo más natural del mundo hacerlo, cuando alguien ha ganado montones de grandes premios y campeonatos mundiales y le parece lo más natural del mundo hacerlo, en un principio no valora demasiado comer un poco de queso o quedar octavo en una carrera; pero ya había mucha hambre y mucho esfuerzo. A Fernando Alonso el octavo puesto, merecidísimo, en Portimao, le supo a podio; y le devolvió la sonrisa. A él, y a todos sus millones de seguidores en el mundo entero: les devolvió la sonrisa. Nos devolvió la sonrisa.

Carrera magnífica. Seguimos luchando. Queremos más y soñamos con ello, pero hoy -en cualquier caso- estamos de celebración y muy contentos. ¡Forza Alonso!

Tigre tigre.

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