Foto: Agustín Millán.

Entró en la historia de España por los aires, con el Dragon Rapid y en secreto, y va a salir de ella de la misma manera: en helicóptero y con la máxima discreción. Hoy es un día histórico, una jornada que quedará marcada para siempre en el calendario y que mejora nuestra imperfecta democracia, como acaba de decir Zapatero, el presidente que un día decidió que ya era hora de sacar a Franco del Valle de los Caídos.

Lamentablemente la exhumación no nos permitirá viajar al pasado para evitar el traidor alzamiento del 36, ni la sangrienta Guerra Civil que costó un millón de muertos, ni la posterior dictadura militar, una de las más crueles que se recuerdan. Pero a ningún demócrata le cabe la menor duda de que, aunque tarde, era necesario (por eso que llaman higiene democrática) sacar al tirano de su nauseabundo altar, donde ha sido venerado durante 40 años como un gran hombre, como un héroe, como un santo. Incluso como un dios. Lo triste es que cientos de miles de españoles que dieron la vida en su lucha contra el dictador, que cayeron en las trincheras, en las cárceles y campos de concentración franquistas o en el exilio, no podrán ver cómo los operarios sacan hoy el féretro del megalómano monumento y lo trasladan a Mingorrubio.

Pero de alguna manera, lo verán los cónyuges y hermanos de las víctimas que aún vivan. También los hijos, los nietos y bisnietos. Varias generaciones que no han vivido en sus carnes las penurias de una guerra civil y una férrea represión, jóvenes que siempre han disfrutado de una existencia placentera en paz y libertad y que hoy recibirán una lección de historia práctica. Si la exhumación va a servir para algo va a ser para que toda esa gente de menos de treinta años que en su error piensa que la democracia es algo que viene por derecho, con el pack de la vida, aprenda que no es así. La democracia es un bien escaso y preciado del que solo disfruta un pequeño porcentaje de la población mundial. La democracia hay que trabajársela cada día, pelearla, cuidarla, porque en cualquier momento, de la noche a la mañana, aparece un salvapatrias con bigote (o barba) y nos da un cuartelazo para robárnosla. La democracia es como una planta que si no se riega se marchita.

Foto: Agustín Millán.

Hoy, por fin, vamos a sacar a Franco de su última morada, un gigantesco pazo para la posteridad que el sátrapa se hizo construir con el sudor y la sangre de miles de republicanos (ahí está Nicolás Sánchez Albornoz, último superviviente de Cuelgamuros, para dar fe y contar con espeluznante detalle cómo los esclavos del franquismo vivieron y murieron levantando, piedra a piedra, el tétrico Valle de los Caídos). Y vamos a exhumar al general con serenidad y sin revanchismo, con discreción y sin histrionismos, en silencio y sin fanfarrias, como debe ser para demostrar que el Estado de Derecho hace justicia, no venganza. Es cierto que la Transición cerró en falso una etapa siniestra de nuestra historia y que dejó sin juzgar a los responsables de los crímenes contra la humanidad, algo que no ocurrió en Alemania, donde los nazis purgaron sus delitos en los juicios de Núremberg. Aquí incluso condecoramos a torturadores como Billy El Niño. Por eso la reconciliación no fue tal, por eso nunca se cerraron las famosas heridas siempre invocadas por la rencorosa derecha española.

Pese a quien le pese, los jerarcas franquistas y sus simpatizantes se fueron de rositas sin pasar por los tribunales para rendir cuentas por tantos juicios sumarísimos, tantos consejos de guerra y tantos crímenes y cunetas en el paredón. Y siguieron prosperando en democracia como lo habían hecho en dictadura. Mientras tanto, a la otra parte de los supuestos “reconciliados”, los demócratas y republicanos, no les quedó otra que taparse la nariz y mirar para otro lado para lograr la ansiada libertad y seguir viviendo. Ese fue el alto precio que tuvieron que pagar por la democracia para sus hijos: nada más y nada menos que tragarse el dolor, la humillación y la represión de cuatro décadas de terror. Pero aquella fábula de la Transición al menos sirvió para una cosa: para que, una vez muerto Franco, no termináramos otra vez a tiros. Aunque solo sea por eso, el gran cuento setentero debe darse por bueno.

El 24 de octubre de 2019 será una fecha histórica por muchos motivos, pese a que un sector de la izquierda obtusa y sectaria pretenda restarle importancia: los familiares de las víctimas empiezan a ganar la batalla por la reparación y la dignidad; la derecha española queda retratada al no haber roto con el patriarca dictador; el prior falangista Cantera (lo más reaccionario del nacionalcatolicismo) sale derrotado; el sector franquista de la Justicia (los Yusty Bastarreche y otros togados) quedan desautorizados en su intento de paralizar el proceso de exhumación; el Tribunal Supremo y las demás instituciones recuperan parte de la credibilidad perdida; a los Franco se les envía el mensaje de que ya no son los intocables “señoritos del pazo” (aunque el Estado debería investigar cómo amasaron sus inmensas fortunas); y la democracia (más vale tarde que nunca) pone en su sitio al dictador. Aunque quizá, a fin de cuentas, a la momia no la estemos exhumando definitivamente, sino solo cambiándola de lugar, aireándola con un paseíllo en helicóptero que algún nostálgico ya sueña con que sea un viaje de ida y vuelta para que el tirano pueda regresar algún día a su residencia habitual.

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