En la reciente crisis migratoria poco o más bien nada se ha contemplado el horizonte demográfico que se divisa en la Europa de los 27, poco se ha atisbado una realidad inexorable: Europa se muere. Y lo hace de vieja. Es por ello por lo qué, se quiera o no, Europa necesitará, necesita ya, millones y millones de inmigrantes si no quiere no ya continuar siendo una potencia, aunque sea de tercer orden, si no quiere perecer.

Y es que la realidad, y las cifras, como el algodón, no engañan, es tozuda. Europa, según Eurostat tiene un índice de fecundidad de 1,52 hijos por mujer, muy alejado del índice de reposición de generaciones, imprescindible para que a una mujer le suceda una mujer, y que es de 2,1 hijos por mujer. Y eso no es algo coyuntural; desde hace décadas Europa se sitúa entre 1,4 e 1,6 hijos por mujer y no alcanza ni de lejos la necesaria reposición de generaciones. Como consecuencia de esto, si actualmente la edad media de la Unión Europea es de 40 años, en el 2050 la edad media se situará en los 49 años. Como consecuencia de esto, y como el propio Comisariado de Empleo y Asuntos Sociales de la UE ha reconocido, si en la actualidad hay cuatro personas en edad de trabajar por cada pensionista, en el “2050 ésta proporción quedará reducida a la de dos trabajadores por jubilado”. Y hay países, como los del sur de Europa donde la realidad cercana es aún más dramática. Así, si hace unos días los medios de comunicación se mesaban los cabellos y se hacían eco de que en el 2017 España ha tenido más defunciones que nacimientos, olvidan que hace tres años el Instituto Nacional de Estadística señalaba en un Informe que este año ocurriría esto. Y también olvidan que en dicho informe, referente a las proyecciones de población a largo plazo según las actuales tendencias demográficas, se señalaba que en 40 años España perderá una décima parte de su población o que en el 2052 un 37 % de la población española será mayor de 64 años.

Las consecuencias de esta realidad no hace falta ser un lince ni muy espabilado para predecirlas; un gasto en pensiones y en sanidad absolutamente insostenibles, un acusado descenso de la productividad y también del consumo interno, ya que la población anciana no consume con los mismos parámetros que la adulta y joven . Tal vez por ello, como la propia Unión Europea ha estudiado, el potencial de crecimiento del PIB puede disminuir hasta un 1,2 % entre los años 2031 y 2050. Y si traducimos esto a palabras crudas, esto significa que correrá la sangre por las calles de Europa, que una oleada de fascismo o de otro tipo de totalitarismo puede traernos unas escenas dantescas e inhumanas a nuestra realidad cotidiana, a la realidad con la que tienen y tendrán que lidiar nuestros hijos.

La India tiene 1.100 millones de habitantes. China tiene 1300 millones y África mil millones. Europa apenas tiene 500 millones. Y en una Europa atrapada entre una élite burócrata con nula conciencia social y al servicio del paradigma neoliberal, y populismos xenófobos de derechas, de un nacionalismo caduco y trasnochado, nadie advierte que si no queremos que nuestros hijos vivan, y nosotros con ellos, en un infierno, Europa necesita por un lado millones y millones de inmigrantes, y por otro construir un nuevo paradigma económico, opuesto frontalmente al neoliberal, que ayude a repartir mejor la riqueza y a poner cimientos de una identidad europea en la que la Ilustración no sea una palabra vacía y que se base en aquello tan antiguo y tan necesariamente nuevo como la igualdad, la libertad y la fraternidad.

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