Nahui Olin. María del Carmen Mondragón Valseca. A la infinita gran mayoría de lectores y amantes del arte en general estos dos nombres no les decían nada hasta ayer mismo, que el escritor Juan Bonilla decidió hacer de esta mujer y su azarosa y sorprendente existencia la protagonista de su nuevo proyecto literario, Totalidad sexual del cosmos (Seix Barral). Pintora y escritora, hija de un general de la revolución mexicana, Nahui Olin (Tacubaya, México, 1893-1978) vivió los locos años veinte del París de las vanguardias y conoció a artistas de la talla de Picasso o Matisse.

“Lo sorprendente de los milagros es que sucedan, que decía Chesterton. También es lo sorprendente de algunos olvidos”

Su pionero compromiso feminista y la ruptura con todos los convencionalismos de su época le sirvieron para crearse en torno a ella el halo de una imagen de femme terrible que ya no la abandonó hasta el olvido definitivo y premeditado.

Sólo el empeño personal de Tomás Zurián, a quien va dedicado este libro, logró sacarla del ostracismo gracias a que se enamoró perdidamente de ella. La artista mexicana “se dio cuenta de que la única manera de salvarse era meterse en su casa, abandonar el campo de batalla de la vida cultural”, explica Bonilla en esta entrevista. Una historia apasionante de principio a fin y un redescubrimiento a celebrar gracias al empeño del autor jerezano, que afortunadamente ha evitado lo que la propia Nahui Olin se propuso al final de sus días, desaparecer para siempre y no dejar huella. No lo logró.

 

La primera pregunta se antoja casi obligatoria: ¿por qué ha puesto el foco en esta artista mexicana? Evidentemente, su carácter rompedor con los convencionalismos de su época habrá tenido mucho que ver en principio, ¿no es así?

Por dos razones: el relato de su fascinante vida me permitía sumergirme en algunos temas que me interesan –la identidad, la sucesión de seres que hay en una existencia– y el hecho de que fuese una artista completamente olvidada que volvió a la vida gracias a los años de trabajo e investigación en absoluta oscuridad de un restaurador que se enamoró de ella por una fotografía, sin saber ni de quién se estaba enamorando, me permitía también adentrarme en la personalidad de ese personaje heroico –el investigador– sin el que, seguramente, Nahui Olin no hubiera vuelto a la vida. Las circunstancias, a veces espectrales, de esa investigación, prestaban además una atmósfera que me interesaba.

 

¿Cómo es posible que se den casos tan singulares como los de Nahui Olin, una mujer irrepetible y adelantada a la época que le tocó vivir?

No sé, lo sorprendente de los milagros es que sucedan, que decía Chesterton. También es lo sorprendente de algunos olvidos. El caso de Nahui Olin no es, ni mucho menos, único. Sobre todo en los años veinte del siglo pasado se dio a menudo el caso de artistas de las que sólo sabíamos por ser nombres a pie de página de la historia, como si fueran meras figurantes. Ahora sabemos que fueron mucho más. El ejemplo más evidente es el de Emmy Hennings, que durante mucho tiempo comparecía sólo como la pareja de Hugo Ball, inventor del Cabaret Voltaire, cuando en realidad ella fue tan fundadora del dadaísmo como él.

“Nahui Olin lo tuvo mucho, pero muchísimo más complicado que cualquier artista o poeta de hoy”

 

¿Hay en ella más de genio innato para el arte o una pose premeditada hacia la provocación y el exceso?

Yo creo que ambas cosas. Está fuera de toda duda de que era una superdotada: basta leer las cartas que escribía a los diez años, de una hondura y un desasosiego muy potentes. La pose hacia la provocación y el exceso de todas maneras le fueron impuestas por el tiempo que le tocó vivir: en el fondo no exigía más que hacer lo que le apeteciera hacer, y para conseguirlo a veces tenía que pasar por escandalizar a quienes le rodeaban. Inevitablemente ese modo de actuar pudo llevarla a pensarse a sí misma como un personaje, hasta que le sobrevino el cansancio y decidió retirarse a su casa y dejar el mundo por imposible. También me interesaba mucho ese gesto de alguien que quizá, de haber resistido más, habría alcanzado mayor nombradía en su época. Pero no, hubo un momento en que se dio cuenta de que la única manera de salvarse era meterse en su casa, abandonar el campo de batalla de la vida cultural, donde ya era un personaje al que habían etiquetado como la bella muchacha de ojos verdes, y donde apenas se atendían ni sus cuadros ni sus poemas.

 

Después de toda la lava volcánica que generó su presencia en aquel México de las vanguardias, su figura se instaló en el olvido más absoluto. ¿Por qué este auge y caída en el más terrible ostracismo?

Obviamente alguien tan libre no podía ser una figura cómoda para movimientos grupales, y no hay que olvidar que la fuerza de las vanguardias estaba en el grupo, casi siempre encabezado por un gran nombre. Nahui Olin apenas participa de ese gregarismo, de ahí que sus obras suscitaran tan poco eco en su época: se hablaba mucho más de su aspecto o sus amoríos que de sus libros o sus cuadros. En los años treinta, con la pérdida de la juventud y después de un golpe sentimental luctuoso, debió entender que había llegado la hora de retirarse, de vivir de otra manera, de investigarse a sí misma en un aislamiento apenas interrumpido. Sin quererlo -o queriéndolo, quién sabe- se empezó a convertir en una especie de leyenda: la mujer que recogía gatos, la solitaria de la Alameda, la loca que se levantaba temprano porque se creía capaz de despertar al sol.

“Durante mucho tiempo su nombre sólo aparecía acompañando al nombre de algún hombre -su padre, su marido, su amante, su fotógrafo…- y hoy es más bien al revés: los nombres de muchos de ellos sólo nos dicen algo hoy porque tuvieron que ver con Nahui Olin”

 

¿Venció el machismo y el patriarcado como venganza al atrevimiento de esta mujer indomable?

En su libro, un poco disparatado, pero muy genuino, Energía Cósmica, ella trata de hacer una definición distinta del tiempo, y en cualquier caso defiende la posibilidad de que lo que hacemos deja una huella de energía que cabalga el tiempo y alcanza otras costas. Según esa visión suya, es evidente que por mucho que la hubieran querido desactivar considerándolo sólo una muchacha bonita o una modelo con la que todo el mundo quería ligar, al final quien resultó vencedora fue Nahui Olin. De hecho, durante mucho tiempo su nombre sólo aparecía acompañando al nombre de algún hombre -su padre, su marido, su amante, su fotógrafo…- y hoy es más bien al revés: los nombres de muchos de ellos sólo nos dicen algo hoy porque tuvieron que ver con Nahui Olin.

 

¿Por qué en la sociedad actual del #MeToo y la emancipación de la mujer y la reivindicación feminista no surgen personalidades arrolladoras como la de Carmen Mondragón, Nahui Olin?

La verdad es que no tengo ni la menor idea. De todas maneras me parece bastante injusto comparar ambas épocas. Nos pongamos como nos pongamos, Nahui Olin lo tuvo mucho, pero muchísimo más complicado que cualquier artista o poeta de hoy.

 

Dedica el libro a Tomás Zurián, el hombre que la sacó del olvido. ¿Merece otro libro aparte o sólo es el hilo conductor hacia la verdadera protagonista de su libro?

Yo creo que es el verdadero héroe de mi libro, de hecho es su voz la que narra la historia. Alguien que es capaz de dejarlo todo para dedicarse a rescatar a alguien que, en principio, cuando la descubre, ni siquiera sabe si merece ser rescatada, tiene algo de heroico y fascinante. Y es imposible no imaginárselo en todos aquellos años en los que Nahui Olin estaba completamente olvidada, y en absoluto silencio, él trabajaba minuciosamente para restaurarla y revivirla.

 

Más allá del personaje, ¿qué queda de la persona, de Carmen Mondragón, la primigenia?

Queda una actitud ante la vida, queda una personalidad radiante, unos cuantos cuadros de enérgica sensualidad y unos cuantos poemas potentes.

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