Escribía el poeta Luis Cernuda, “Si yo soy español, lo soy/ a la manera de aquellos que no pueden/ ser otra cosa…”, “Soy español sin ganas…” Unos versos desesperanzados, de quienes como tantos otros, contemplaban España como problema y sin posible solución modernizadora, percibiendo un país atrapado entre sus viejos fantasmas: “La existencia española, llegada al paroxismo, / estúpida y cruel como la fiesta de los toros.”

Creo que el Régimen del 78 nunca ha sido plenamente democrático, heredero en todas sus estructuras de un sistema totalitario como el franquismo, producto de la dominación de viejas oligarquías, no se produjo un proceso de ruptura con el mismo, sino una adaptación a las formas de una democracia liberal. Es lo que algunos teóricos y especialistas han señalado como una anocracia, sistema que combina formas autoritarias y democráticas, sin ser ni una cosa ni la otra. Entre sus características estarían, “un régimen que permite algunos medios de participación a través de la oposición, pero cuyos mecanismos de corrección de injusticias estaría poco desarrollado”, o, “sufragio limitado, restricciones a los derechos civiles o políticos o escasa responsabilidad del gobierno”. A pesar de sus limitaciones, los consensos alcanzados tanto a nivel político como social, la aceptación de la mayoría de la población (más por pasiva que por activa) y el situarse en un marco como el de Europa Occidental, hizo que el régimen español haya podido ser identificado en el marco de las democracias liberales. Sin embargo el peso de las estructuras y la propia historia seguían estando ahí: la crisis económica, convertida en crisis social e institucional, hizo que en el escaparate fuesen apareciendo rasgos y síntomas autoritarios.

La llamada cuestión catalana ha acelerado en particular el proceso involutivo, la anocracia retrocede a sus viejas formas autoritarias. El Régimen del 78 se presenta como heredero de la más negra tradición hispana, la incapacidad para su reforma que ya señalasen los regeneracionistas y que ha puesto al descubierto el soberanismo catalán. La República Catalana es el niño del cuento de “El traje del emperador” que ha levantado el dedo para señalar que “el rey está desnudo”, nunca mejor dicho viendo la actuación de Felipe de Bobón; por eso la quieren aniquilar. En ese aniquilamiento participan todas las estructuras del régimen (políticas, judiciales, económicas, mediáticas, policiales), lo que hace derivar a lo que se denomina un estado fallido. Un estado fallido que no es igual al que se está produciendo en países como Siria o Libia, incluso Turquía,(aunque a este nos acercamos peligrosamente), pues estamos en un marco como el de la UE, más complejo, que no pude permitirse el caos, ni una represión excesiva, pero con algunas similitudes: primacía de la violencia del estado, reducción de los estándares democráticos, ausencia de separación de poderes, limitación a la libertad de expresión y libertades en general, dominación de la prensa del régimen, corrupción sistémica y endogamia en todas sus estructuras, así como el control de las instituciones estatales por oligarquías.

Noam Chomsky señala como estados fallidos a aquellos que “se consideran más allá del alcance del derecho nacional o internacional”, o, “padecen un grave déficit democrático que priva a sus instituciones de autentica sustancia”. En un artículo del New York Times, ¿Por qué las democracias hacen marcha atrás hacia el autoritarismo?, los politólogos Michel Albertus y Víctor Adenaldo señalaban a Polonia, Hungría e Italia, junto a España, como países de la UE donde se producía este proceso de involución democrática. Entre otros aspectos indicaban a los modelos de transición de algunos países desde la dictadura a la democracia: “Las instituciones democráticas han sido diseñadas a menudo por el régimen autoritario que terminaba, para salvaguardar a las élites que están en el poder del Estado y ayudarles en la política y en la competencia económica para después de la democratización.”

En la deriva de ese estado es llamativo como se refuerza un marco jurídico que bajo la premisa del “imperio de la ley”, lo que predomina es dar mayores armas al poder para el control y la represión de la ciudadanía, que en darle derechos para protegerse de la arbitrariedad del poder, una de las características base de las democracias liberales, es decir contrapoderes frente a las extralimitaciones gubernamentales. Si todo es absorbido como si se tratase de un estado totalitario, ¿qué queda?: Una democracia fallida o como dicen ahora, una democracia low coust. En este sentido hay que señalar la creación de enemigos y peligros que supuestamente pondrían en riesgo el estado, el orden constitucional y hasta la convivencia ciudadana. Para ello cuentan primero con los tanques mediáticos que estigmatizan y crean enemigos de opiniones o proyectos políticos (secesionistas, soberanistas, antisistemas…), se les atribuye cosas como violencia y hasta terrorismo para justificar la acción represiva, que en muchos casos llega a legislarse y solo hay que leerse algunos apartados del Código Penal, en particular la reforma del 2015, aparte de otras como la Ley Mordaza. Es la vieja estrategia del enemigo necesario.

El avance de ese estado fallido se refleja también en cuestiones como el monopolio informativo y la debilidad de medios de comunicación independientes, que si en general muestra déficits en las democracias liberales, en España, particularmente con el conflicto catalán, se han convertido, salvo algunas excepciones, en trincheras del poder constituido. Son en muchos casos creadores del relato, extremado incluso, que permite al poder actuaciones represivas.

Otro aspecto y no menos importante en un orden internacional como el que vivimos, es el incumplimiento de pactos y legislaciones internacionales, que estamos viendo con sentencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, de organismos de la ONU, incumplimiento del Pacto de Derechos Civiles y Políticos, incluso tensión judicial con países de la propia UE y otros.

También se puede señalar la violencia de grupos extremistas, que en España ha aumentado claramente en los últimos tiempos con cientos de agresiones, que actúan con cierta impunidad y ejercen de punta de lanza, como ya hicieron en el inicio de la transición: normalidad (mantenimiento del status quo) o caos, así se coacciona. En este sentido la actuación parcial y arbitraria del estamento judicial, apunta al alejamiento de las democracias liberales, para acercarse a las democracias fallidas.

Un estado que exhibe musculo, más que un estado fuerte, es un estado débil que recurre a la fuerza para controlar y atacar a su propia ciudadanía. Es cierto que todo estado tiene sus “cloacas”, pero lo grave es cuando se gobierna desde esas cloacas.

Ante ese estado autoritario, el soberanismo catalán, (que hoy tiene en su territorio la hegemonía social y eso es lo que molesta al R-78), aparece como un proyecto de ruptura democrática. Bajo la egida de la “unidad de España”, (autentico leitmotiv del fascismo español) el régimen y sus tanques mediáticos han conseguido imponer su relato a la mayoría de la población española, condicionando a la izquierda y sectores democráticos. Como señala el escritor Suso del Toro: “Del mismo modo que el antifranquismo era minoritario ahora es minoritaria la disidencia a la política e ideología del estado. La misma falta de cultura democrática de entonces explica que a tanta gente les resulte estupendo y a otra tanta tolerable, multar, esposar, encarcelar a políticos democráticos.”

¿Cuándo se va acabar la curva involutiva, más allá de cambios de imagen que no de fondo? Nos movemos en unos parámetros que pueden ir del optimismo de la voluntad, al pesimismo de la inteligencia. Esperemos que no se repita lo que escribió el lúcido pero pesimista Luis Cernuda: “Un pueblo sin razón, adoctrinado desde antiguo/ en creer que la razón de soberbia adolece/ y ante el que se grita impune: / muera la inteligencia, predestinado estaba/ a acabar adorando las cadenas.”

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Escritor. Colaborador del periódico El Comercio y otros medios digitales. Autor de los libros, la novela El tango de la ciudad herida, el libro de relatos Los viajes de Eros, las novelas Los amantes del hotel Tirana (premio Ciudad Ducal de Loeches) y Decir deseo (premio Incontinentes de novela erótica). Premio Internacional de periodismo Miguel Hernández 2010. Más de una docena de premios y distinciones de relatos. Autor de diversos prólogos-ensayo de autores como Robert Arlt y Jack London, así como partiipante en varias antologías literarias, la última “Rulfo, cien años después”.

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