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España, entre “Bienvenido y Plácido”

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Antonio Periánez Orihuela
Maestro de Primera Enseñanza. Licenciado en Filosofía y Letras (Historia del Arte) Doctor en Comunicación Audiovisual. Tesis: La Imagen de Andalucía en el Cine Español (1940-1960) Diplomado por la Universidad de Valladolid. Historia y Estética Cinematográfica. Colaborador varios años del Periódico Comarcal, "El Condado".
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Confieso mi admiración por el gran director valenciano Luis García Berlanga, el titulo es recordando dos grandes películas, y la constatación de que el cine sirve para algo más que pasar un rato recordando las gracietas de Casen o la oratoria de Lolita Sevilla. Durante toda mi vida me costó entender que parte importante de nuestra sociedad ponga su esperanza de mejorar de vida en la suerte y esa otra parte social que se conforma con vivir a expensas de los desechos de otros. La primera cuestión ha sido alimentada por el propio Estado desde hace tiempo y la segunda, entiendo forma parte indisoluble de nuestra historia social que es más bien un problema producido por la situación de clases y una mala distribución de las riquezas. La primera forma de vivir nos reclama cada día en la esquina, en la entrada del mercado o a los que salen de misa de diez, la rifa, el cupón, la lotería son maneras de vivir de quiénes tienen pocas posibilidades. Todo diáfano. Sin embargo, aquí hay miles maneras de ponerse rico, sólo es una cuestión de suerte y nosotros, como pueblo, tentamos la suerte cientos de veces al día. Tengo la paciencia de ver cada viernes una presentadora que nos habla desde la televisión estatal de nuestra mala suerte y es la administración pública la que nos anima a jugar, lo malo es que la bola cae donde cae, y otra vez será. Somos un país que pone su futuro en manos de un destino juguetón, somos un país de supersticiones, somos un país que enseña a los pequeños a esperar los regalos de una ilusión, no del trabajo y del estudio. Alejandro Guichot ha recopilado cientos de “supersticiones populares andaluzas”, podemos echarles un vistazo. También

puede sonar la flauta con la ensoñación de esperar fortuna de un tío lejano que aparece sin avisar y que viene de América, ¿por qué no? Desde toda la vida artistas y toreros se iban a “hacer las Américas”. Una parte importante de nuestro pueblo ha esperado siempre que alguien le salve, que le eche una mano, ¡que me echen un cable se grita con desesperación cuando se tiene la soga al cuello! Los que ponen el perejil a San Pancracio, pueden parecerse a los que se acuerdan de Santa Bárbara cuando su casa se ilumina porque tienen el rayo debajo de los pies, seguiríamos, porque somos un país de refranes y sueños imposibles.

La película “Bienvenido, Míster Marshall” tiene mucho de una realidad vivida en la España de Franco, aunque el cine nos la presenta en forma de farsa, una humorada que puso de relieve una forma de entender la vida nuestro pueblo, soñando. Decíamos que “Soñar no cuesta nada” como la película argentina de 1941 que trae el tema de los países empobrecidos, una joven pobre que por equívoco tiene la suerte de cambiar de posición social, toda una cuestión de imaginación para un país que atravesaba la conocida como “Década infame”“. Es la misma imaginación que han tenido los guionistas de Bienvenido, sin olvidar que en el guión firmaba también Juan Antonio Bardém. Si recordáis la película tendréis presente lo que cada personaje soñaba en conseguir cuando llegaran los americanos: un tractor, una vaca, una máquina de coser, en fin, un sueño de miserias para un país miserable. Sin embargo, todo lo dicho forma parte del arte y de una realidad pasada, resulta triste que a un Gobierno progresista se le ocurra recordarnos una época que aprovechó Estados Unidos para garantizarse su presencia militar en los países occidentales. Los que hoy nos recuerdan a Marshall y sus regalos a cobro revertido, que recuerden la reconstrucción

sólo de una parte de Europa, o sea, la que interesaba al “amigo americano”, una forma de fracturar el llamado espíritu europeo, si es que lo hubo alguna vez. Lo cierto es que desde entonces, caminaron en paralelo los europeos occidentales y los orientales y surge la OTAN y se crea el Pacto de Varsovia, como respuesta. Pero ahora estamos en otro tiempo y el espacio europeo también ha cambiado de signo, por fin los deseos de Winston Churchill se han visto compensados, el enemigo está claro. Con respecto a nosotros, como comunidad formamos parte de la UE y, entiendo también, que alguna responsabilidad debe tener la Unión Europea en esta futura reconstrucción. Por otra parte tenemos entidades que nos martirizan difundiendo los miles de millones conseguidos en sus ejercicios semestrales y anuales con la misma desfachatez patriótica que tienen las grandes empresas agrícolas, de la moda, del sector hotelero y del turismo en general. ¿O el futuro de la emergencia económica sólo es para los trabajadores que arriesgan sus vidas a diario?

La otra cuestión de la conmiseración y de la misericordia como nuestras señas de identidad histórica y la presencia de la caridad que arrastramos. La de las mantas a los necesitados, la de los albergues solidarios, la limosna de los viernes a los pobres de la localidad entrados por la puerta falsa a la casona del terrateniente, del ropero caritativo oficiado por las señoritas de las buenas costumbres, la del programa radiofónico “ustedes son formidables”, la de “siente un pobre a su mesa”, sin olvidarnos de Cáritas. Sí, mucha caridad y muy poca solidaridad entre nosotros y entre los pueblos, porque así somos, así podríamos seguir. Algo nos recuerda Plácido, la película de Berlanga, con su desolador villancico final. Cuando termine nuestro escondrijo y no lloremos porque se alargue más de lo previsto, cuando salgamos del retiro espiritual forzoso, los

privilegiados que estamos esquivando el virus, ¿tendremos la fuerza suficiente de mirar cara a cara a los trabajadores que exponen sus vidas a diario por todos nosotros? Vivimos en un país que se debate entre esperar el milagro o la suerte de solucionar el hambre con los mendrugos olvidados en la talega del pan. Ilusión o misericordia. Ayuda de no se sabe dónde y a cualquier precio o la mano caritativa que nos socorra, es decir, “Bienvenido, Míster Marshall” o “Plácido”. Lo que esperamos no será cuestión de improvisaciones de última hora. Es muy serio.

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