A partir de mañana nadie en toda España podrá escribir una frase así en tiempo presente y sin mentir:

-Entro en un bar y pido un vermut de grifo.

Aunque por supuesto estamos en España y supongo que enseguida aparecerán bares y garitos clandestinos, nos sobran amor a la picaresca y huevos.

Aunque en un bar clandestino no será exactamente lo mismo.

Entro en un bar y pido un vermut.

Algo tan sencillo.

Miro a los parroquianos a mi alrededor. Está lleno. El bar está lleno. Hay mucha gente que preferiría estar muerta antes que dejar de acudir a sus bares habituales y favoritos.

Es peor el remedio que la enfermedad, oigo que dice en voz muy alta, para que pueda oír la todo el mundo, la mujer del bastón con leggins ajustados sobre su cuerpo de setenta u ochenta años.

Dos dobles.

Otra caña.

Una de boquerones.

Mañana nadie dirá eso. No sabemos cuántos días será del mismo modo. Esa censura. Ese imposible.

Los bares, todos los bares, esas bombitas que nos ciegan las tristezas y llenan el corazón de alegría. Por decreto. Violencia de Estado. ¿Yo no puedo decidir…

No,  tú no puedes decidir qué prefieres morirte antes que dejar de ir a los bares. Como no puedes decidir conducir sin cinturón de seguridad. Violencia de Estado.

Tienen un magnífico pretexto: el bonito coronavirus. Ahora pueden aprovechar y dejar bien claro quién manda aquí… y ya veremos si te dejamos o no siquiera salir de casa para dar un paseo. Nos importa un bledo que tengas dieciocho o más años y no seas grupo de riesgo.

Cerramos los bares… por tu bien.

Y como yo solo soy un pobre gilipollas sin criterio ni personalidad, me lo creo.

Entro en un bar y pido un vermut. Mañana ya no podré. Lo estoy disfrutando muchísimo.

No es imposible, queridos niños y niñas, que jamás volvamos a tener la posibilidad de hacerlo.

Tigre Tigre

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