Un libro apasionante sobre una historia de misterio apasionante, de película. Todo basado exclusivamente en hechos reales, como rezan las famosas advertencias del celuloide. Los ratones de Dios (Alrevés), del periodista de investigación Luis Rendueles, posee los ingredientes necesarios para atrapar a los lectores que buscan misterio, investigación, arte e historia en un cóctel apasionante donde la milenaria institución de la Iglesia, una obra de arte de incalculable valor y algún que otro ‘ratón’ peculiar conforman el escenario de una historia absorbente digna del mejor novelista de misterio. Este libro de investigación se asemeja mucho a aquel buscador de oro que un día halló petróleo. Pues algo parecido sucede cuando se rasca en la casa de Dios, siempre da sorpresas.

 

La desaparición del Códice Calixtino da para una película o una serie televisiva. De momento ya tiene su libro. ¿Tuvo claro desde el principio que esta apasionante historia le serviría para un nuevo trabajo periodístico.

Trabajé el caso de la desaparición del Calixtinus cuando era reportero y subdirector de la revista Interviú. Desde fuera, pensé en un ladrón ajeno al templo. Cuando fui conociendo las investigaciones –y los hallazgos– de los agentes de la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional, el caso me fue enganchando. Para empezar, la escena del crimen es incomparable. Un lugar fascinante, mágico, que, como me decían algunos de los investigadores, impone. Parece que la piedra habla y escucha, intimida. Cuando los policías cruzaban la entrada de la Catedral, les parecía entrar en la Edad Media. Además, el paisaje humano del lugar también es único. Un grupo de canónigos forman el Cabildo que gobierna la Catedral. Ninguno tenía menos de 65 años. Y estaban también los trabajadores, a quienes algunos llaman los “gregarios” de la Catedral. Personas que pasaban allí la vida y ni siquiera lo dejaban después de jubilarse. Todos ellos fueron sospechosos y fueron investigados en una especie de Cluedo para recuperar el Códice Calixtino.

 

Doce meses de intensa búsqueda de esta obra del siglo XII de incalculable valor dan para mucho. ¿Estuvieron mucho tiempo perdidos los investigadores en el esclarecimiento del robo?

El ladrón del Códice no dejó huellas ni forzó la caja fuerte. Solo había tres personas que tenían las llaves de ese lugar del Archivo de la Catedral. Eran el jefe del templo, el Deán, y dos archiveros. Estos dos, trabajadores civiles, fueron muy pronto descartados. Los investigadores tuvieron claro que el robo tenía que contar con lo que llaman “un santo”, alguien desde dentro de la Catedral que hubiera colaborado con los ladrones o cometido directamente el robo. La primera pista la dio un sacerdote de un pueblo gallego que dijo que el robo lo había cometido un grupo neonazi de su pueblo. Una semana después del robo, ya tenían una lista de 13 sospechosos, todos, personas “del interior de la Catedral”, según el informe policial. Eran “13 negritos” al estilo de Agatha Christie, en la que estaban incluidos el Deán, la mujer de la limpieza de la Catedral, el tiraboleiro (el hombre que lanza el botafumeiro) y el electricista Castiñeiras, que resultó ser el culpable del robo del Códice. Hubo que ir descartando candidatos y buscando pruebas. Al tiempo se iban descubriendo otras miserias y algunos pecados capitales dentro de la Catedral.

“Desde 2013, por primera vez en la historia milenaria de Santiago, las cuentas, ingresos y gastos de la Catedral los supervisa un civil”

 

¿Hasta qué punto las “leyes de Dios” entorpecieron el camino de los investigadores en este caso?

No tanto las leyes de Dios, como las leyes de la Catedral, las de los hombres que la gobernaban. Desde el primer momento, los policías fueron observados con recelo, con un recelo exquisito, con educación, pero con recelo. El Deán y sus compañeros querían evitar el escándalo. Iniciaron una investigación paralela a la policía y trataron de “reducir daños”. Por ejemplo, el Deán ofreció al electricista que la persona que devolviera el Códice podía hacerlo bajo secreto de confesión y no sería perseguido. Cada paso de los investigadores era vigilado, ellos llegaban a decir que la Catedral tenía “ojos y oídos”. En la Catedral de Santiago había robos al menos desde 2003 y nunca se habían denunciado. Se robaba dinero, pero también obras de arte, bandejas de oro… La llegada de los policías al templo puso luz sobre todo eso. Cuando la inspectora Ana pregunta al Deán cómo es posible que nunca denunciaran todos esos robos, todo ese dinero, el sacerdote le contesta: “Donde hay queso, siempre hay ratones”, de ahí el título de la novela.

“En la Catedral de Santiago había robos al menos desde 2003 y nunca se habían denunciado”

 

El juez Vázquez Taín, que ha llevado numerosos casos de narcotráfico, se hizo cargo de la investigación del Códice. ¿Se sospechó en algún momento de la mano de los narcos en este robo?

Uno de los sospechosos del robo fue Joaquín, el organista de la Catedral. Se trataba de un hombre culto y casi un sabio en muchos aspectos, pero también era un hombre atormentado. Tenía contactos en el extranjero y policías de paisano lo estuvieron siguiendo. Una tarde vieron que tomaba un tren desde Santiago hacia Vilagarcía de Arousa, zona cero del narcotráfico en Galicia. Le siguieron hasta una casona del lugar y comprobaron que manejaba dos teléfonos móviles, uno de ellos no lo tenían controlado. Es cierto que Pablo Escobar, el capo mítico colombiano, llegó a tener en su mansión obras de Botero, Picasso, Dalí y Rodin, pero no fue el caso del Códice. Esa pista quedó descartada. Tiempo después del robo y cuando el Códice seguía sin aparecer, el juez Vázquez Taín, encargado del caso y veterano y yo diría que superviviente de la lucha en primera línea contra el narcotráfico, también investigó la aparición de un mafioso ruso, un tipo millonario del que se decía que estaba en Galicia y ofrecía cantidades de dinero sin límite por hacerse con el Códice. Nunca se demostró.

 

Este robo ha destapado asuntos incluso mucho más turbios tras las paredes de la catedral de Santiago. ¿No hay ninguna nueva línea de investigación policial al respecto?

El condenado por el robo del Códice, el electricista Castiñeiras, escribió el 14 de febrero de 2013 una carta de 15 folios al juez Taín donde denunciaba robos continuados del dinero de los peregrinos y abusos sexuales a monaguillos en la Catedral y el Seminario. Decía cosas como “Ni la pobreza ni la castidad existe en algunas personas a las que se las supone”. “Podría describir episodios en los que yo mismo vi en el cuarto de baño de las Madres Mercedarias preservativos usados” (era un convento de clausura). Castiñeiras también denunciaba en la carta “en la catedral yo siempre vi que robaban dinero de los peregrinos. Por poner un ejemplo: todos”. El juez envió la carta a la Audiencia de la Coruña que rechazó investigar esos posibles delitos por falta de indicios.

“En el último año de gestión supervisada por los sacerdotes, se declaró que los peregrinos habían dejado 570.000 euros en donativos. Cuando la gestión pasa a ser de autoridades civiles, al año siguiente, los peregrinos dejan 1.030.000 euros”

 

¿Se puede afirmar que con el esclarecimiento del robo se podía ya aplicar en todo este entramado el famoso dicho de “aquí paz y después gloria” pese a las graves irregularidades y numerosos presuntos delitos detectados en el seno de la Iglesia como institución?

Algunas cosas han cambiado en la Catedral. Tras el escándalo y el juicio por el robo del Códice, cuando el tribunal habló de la “clamorosa desidia” de la Iglesia ante los robos, la Xunta de Galicia arrebató el control económico a los sacerdotes. Desde 2013, por primera vez en la historia milenaria de Santiago, las cuentas, ingresos y gastos de la Catedral los supervisa un civil, un antiguo ejecutivo de CaixaGalicia. Las cifras resultan sorprendentes. En el último año de gestión supervisada por los sacerdotes, se declaró que los peregrinos habían dejado 570.000 euros en donativos. Cuando la gestión pasa a ser de autoridades civiles, al año siguiente, los peregrinos dejan 1.030.000 euros. Es posible que una parte del aumento de ingresos sea debida a cierto morbo o ‘efecto Pantoja’ tras el robo y aparición del Códice, pero otra buena parte se debe a la entrada de personal civil en la Catedral, que han acabado, parece, con los robos de los ratones. Un cálculo modesto y discreto permite apostar que uno de cada cuatro euros que dejaban los peregrinos en la Catedral se lo llevaban los ratones de Dios.

 

¿Sólo trasciende a la justicia lo que “dios” quiere que trascienda?

Durante muchos años, y parodiando el dicho sobre la ciudad del pecado de “Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas”, “Lo que pasó en la Catedral de Santiago, se quedaba en la Catedral de Santiago”. Solo tras la recuperación del Códice, el canónigo administrador del templo reveló a la policía que ellos ya sabían hace años que había ladrones en el templo, que se podían llevar hasta 34.000 euros de la caja fuerte en un día. Nunca denunciaron nada. Para frenar la sangría, mucho antes del robo del Calixtino, incluso instalaron una cámara oculta en el despacho donde estaban las cajas fuertes con el dinero. Alguien la inutilizó meses después. Tampoco dijeron nada.

 

¿Por qué la Iglesia sigue siendo intocable y respetada pese a las acusaciones graves que se dan contra ella y sus integrantes sólo en la catedral de Santiago?

Es una pregunta que daría, posiblemente, para otro libro o para varios debates de enjundia. No sé si la Iglesia es intocable o no y los motivos. Me falta información para opinar sobre eso. Sí sé que hay personas ejemplares en la Iglesia (y estoy pensando en misioneros que se juegan literalmente en cuello en zonas de África, por ejemplo). Y también hay, como en el periodismo, la política o la numismática, gente honrada y gente menos honrada. Lo que sé es que la policía entró en ese mundo tan opaco de la Catedral y, además de recuperar el Códice, puso algo de luz sobre lo que ocurría allí dentro. La novela refleja esos episodios.

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