Es como cuando el Titanic chocó contra aquel voluminoso iceberg, abrió la brecha y una fuga de agua empezó a inundarlo todo. Nuestro Titanic es el sistema sanitario público, el virus es el bloque de hielo y el problema es que no hay una sola fuga, sino muchas, y es preciso atajarlas todas para evitar que el buque termine hundiéndose. La última fisura abierta por el Covid-19 se ha detectado en las residencias de mayores de todo el país. Algo se está haciendo mal en esos centros asistenciales y las autoridades sanitarias, además de la Fiscalía, han abierto una investigación. Todos trabajan contrarreloj para tratar de averiguar qué está pasando y poner los medios para reparar esa brecha cuanto antes. Desde que estalló la crisis sanitaria, más de 50 personas han muerto por el contagio masivo en la Comunidad de Madrid. Solo en el brote registrado en el centro de mayores de Monte Hermoso, en la capital, han fallecido al menos 20 personas, según cifras que baraja el diario El País.

Controlar la expansión del coronavirus en las residencias de la tercera edad puede convertirse en una de las claves para frenar la pandemia. El pánico tras el aumento de la mortalidad no puede socavar uno de los pilares fundamentales de los servicios sociales en nuestro país. En España hay 5.378 residencias de mayores con una capacidad para 366.633 personas, lo que da una idea del problema colosal al que nos enfrentamos. Tras detectarse los primeros contagios, muchos trabajadores sociales han decidido abandonar sus trabajos por miedo a contraer la enfermedad, los hospitales no dan abasto para atender los casos que se van presentando y al final los ancianos, que no pueden recibir las visitas de sus familiares en cuarentena, terminan muriendo en la más absoluta soledad. En Madrid corre el rumor de que las urgencias de los hospitales ya no atienden a aquellos enfermos de avanzada edad que se sabe están desahuciados. Es la pura lógica en un escenario de guerra. Ante el colapso de los servicios sanitarios siempre se atiende a los que tienen alguna posibilidad de salvarse; los casos más graves se abandonan. Y las bolsas para los cadáveres se apilan en los pasillos de las residencias. No puede hacerse otra cosa y eso que aún no hemos llegado al pico crítico de la maldita curva de la que nos habla todos los días Fernando Simón, el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias que informa cada día a los medios de comunicación.

“No nos están diciendo la verdad, y tampoco nos están ayudando. Nos encontramos solos sin saber muy bien qué hacer. Necesitamos un protocolo de actuación para enfrentarnos a esto. Necesitamos médicos, kits de diagnóstico y mascarillas protectoras. Todo está por hacer”, asegura una asistente social que trabaja en una residencia de mayores de Valencia.

En estos momentos, el número de infectados está aumentando exponencialmente en las residencias y en medio de la pandemia no disponemos de datos concretos. Los expertos sanitarios trabajan a ciegas y en las próximas horas podrían decretarse medidas de excepción en todas las comunidades autónomas. La pandemia se extiende por todo el país y el sistema sanitario va improvisando sobre la marcha ante una situación que nunca antes se había planteado. Italia, donde se sabe que las residencias de ancianos se han convertido en auténticos criaderos para el coronavirus (como puede ocurrir también en España) se ha convertido, una vez más, en modelo de referencia para saber lo que tenemos que hacer.

“Las residencias de mayores no son el lugar adecuado para atender a las personas que dan positivo”, asegura Juan José García Ferrer, secretario general de la asociación Lares. “Es lo primero que tenían que haber protegido, pero se han olvidado”. El pasado domingo, esta entidad que agrupa a los centros del sector ya propuso una serie de medidas urgentes en la Comunidad Valenciana ante lo que podía ocurrir y ha terminado ocurriendo. Lares insistía en la posibilidad de establecer hasta tres escenarios diferentes para frenar el virus en ese frente de combate. El primero sería crear “hospitales intermedios” para sacar a todos los mayores contagiados de las residencias e ingresarlos en centros especiales, hoteles habilitados u otras instalaciones desocupadas como polideportivos y locales vecinales. El objetivo es que sean atendidos allí por personal sanitario contratado para llevar a cabo las tareas de atención a los pacientes contagiados. “Se trata de sacar los focos de contagio de las residencias para no aumentar el problema, atender como se debe a los enfermos de máximo riesgo y, evidentemente también, proteger a los residentes no contagiados y a los profesionales. Así, evitaríamos el colapso de los servicios sociales esenciales y la cadena de contagio”.

En un escenario 2, Lares propone que la residencia se convierta en un hospital más de la Conselleria de Sanitat, lo que podía ser extrapolable a las demás comunidades autónomas. De esta manera, los gobiernos regionales podrían asumir “la gestión de todas las residencias y aportar el personal médico que, de forma coordinada, colabore con el personal propio del centro. Medidas urgentes de garantía máxima, de no contagio al resto de residentes y de dotación de material suficiente”.

Finalmente, como escenario 3, Lares plantea la “intervención de la UME”, la Unidad Militar de Emergencias. “Convertimos la residencia en un hospital atendido por personal sanitario y militar, perfectamente coordinados. Estas medidas deben adoptarse por un mando único, y trasladarse como protocolo automático de acción en todo el territorio español”.

El miedo ante la posibilidad de que los ancianos salgan de las residencias y contribuyan a la expansión del virus se ha disparado en las últimas horas entre los responsables sanitarios. La Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, a través de su grupo de expertos médicos en residencias, ha avisado de que las derivaciones al hospital de ancianos con Covid-19 se han de reducir al máximo y, en todo caso, no ha de basarse en el criterio de la edad sino en parámetros de “situación funcional y pronósticos”, informa Europa Press. La pandemia nos está haciendo pragmáticos, menos sentimentales, incluso para decidir quién debe ser atendido antes. Decisiones dramáticas sobre la vida y la muerte que se toman a diario en nuestros hospitales. “La derivación de enfermos desde y a las residencias de mayores debe ser autorizada y monitorizada por un equipo con experiencia clínica y conocimiento de la situación del hospital y de las residencias en cada territorio”, asegura la Sociedad de Geriatría.

Hoy mismo se ha sabido que los inspectores de la Comunidad de Madrid llamarán a cada una de las 500 residencias para controlar los casos y para conocer la situación real de todas ellas, las personas aisladas y el número de infectados y fallecidos. Mientras tanto, en el Gobierno se sigue trabajando frenéticamente para tratar de tapar esa fuga de agua en el barco. El virus se cuela por todas partes de una forma tan silenciosa como letal. El objetivo sigue siendo el mismo: que nuestro Titanic, nuestro sistema de Seguridad Social, aguante y no se hunda.

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