El pasado sábado tuvo lugar el juramento al cargo de miles de concejales y concejalas, alcaldes y alcaldesas, personas de a pie que en un momento determinado de su vida decidieron dar un paso a la arena, a veces movedizas, de la política local, esa que encuentra en la proximidad con la ciudadanía la mayor de las alegrías pero también la dureza de la incomprensión de quienes desde las calles y plazas públicas en muchas ocasiones no entienden de la colisión entre el querer y el deber, entre el ánimo de ayudar a todas las personas que tocan las puertas de los consistorios y las obligaciones que en muchas ocasiones en forma de marco legislativo marcan el quehacer diario de las personas servidoras de lo público desde el acta capitular.

Y es que, la política en general, hoy puesta en dudas con el telescopio de los hooligans de la verdad absoluta, es un mal negocio o acuerdo, no por menos quien entra desprovisto de equipaje , sabe que más allá de su duración en el cargo, su toma de posición política le generará en la vida fuera de la misma no sólo la incompatibilidad para el desarrollo de funciones en el ámbito privado sino la falta del anonimato en la posición ideológica que ya fijará el día a día en su quehacer. Y todo ello, sin olvidar la parte familiar y afectiva, renuncia casi expresa para quienes con su ánimo de cambiar su realidad deciden dar el paso en política renunciando a las horas, los días y los momentos con sus seres más queridos para dedicárselos a esa ciudadanía desconocida y masa popular que es el pueblo, ese exigente como el que más y olvidadizo con facilidad de lo que antaño hicieron por él.

Pero aún con todo el sacrificio familiar, la exposición pública, las incompatibilidades laborales y la crítica en el objetivo que viene a conformar ese cocktail nada atractivo de la política local, podemos encontrar a hombres y mujeres que desde su vocación de servicio público e interés general dan el paso al frente para convertirse en concejales y concejalas, alcaldes y alcaldesas de su pueblo y ciudad. Personas a mi juicio excepcionales, a las que hoy más que nunca se debe poner en valor por su compromiso y su entrega en el Ars Pública.

No obstante, en los últimos días hemos asistido de igual forma a hechos que ponen de relieve el traspaso a las líneas rojas que en democracia deben existir en forma de cortafuegos necesarios para quienes desde la vocación de fascistas pirómanos quieren incendiar la convivencia constitucional que nos ha servido durante estos años para construir un modelo de país más justo e igual que el que antaño vivieron nuestros padres y madres, abuelos y abuelas. Un país el nuestro, en el que si bien el debate sobre el estado federal que sea capaz de reconocer la identidad de cada territorio debe estar encima de la mesa no lo puede estar el ataque a la libertad, a la igualdad y a la memoria histórica que hoy exhiben desde VOX los nuevos fascistas que con respuestas simples a problemas complejos buscan captar el voto en la incertidumbre del cambio económico, social y medioambiental del siglo XXI que nos deberá llevar a nuevas metas pero sobre el que hoy existen conflictos y dudas sobre los que actuar.

Por ello, tal vez , la búsqueda del acuerdo general de las fuerzas democráticas para aislar a los radicalismos de izquierda o derecha, la puesta encima de la mesa de un acuerdo que permitiese siempre en el ámbito municipal el gobierno de la fuerza más votada o la celebración de elección a doble vuelta , serían elementos que permitiesen algo tan fundamental como la identificación del votante con el resultado electoral en los ámbitos más próximos de la política como son los ayuntamientos y gobiernos locales y de paso la eliminación del mercadeo de quienes desde el retrato del dictador Franco como referente del pasado y de acción política de Trump como ídolo del presente hoy quieren asaltar los cielos a golpe de sonada militar y ruptura democrática.

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