Ilustración de la época sobre el atentado del Liceo.

El clima de confrontación civil que se respira en Cataluña también ha llegado al Liceo, el gran centro cultural y social de Barcelona. El pasado martes, mientras las calles de la ciudad ardían por las barricadas y los cócteles molotov, y antes de que comenzara el tercer y último acto de Turandot, alguien gritó con desgarro desde el palco: “¡Libertad presos políticos!”. En ese momento algunos asistentes a la ópera prorrumpieron en aplausos tratando de acallar al exaltado mientras otros exclamaban: “¡Callad, esto es el Liceu!”. Los ánimos se calentaron y mientras los artistas esperaban para salir a escena unos y otros se enzarzaron en un duelo político de barítonos y tenores. Por un lado vivas a España y vivas al rey; por otro, clamores en favor de la independencia. Finalmente se impuso la calma y se pudo escuchar el Nessun dorma (Nadie duerma), una hermosa aria que dicho sea de paso representa como ninguna otra la victoria del amor sobre el odio.

Los hechos ocurridos en el Gran Teatro del Liceo demuestran la dramática fractura social que se ha abierto en la sociedad de Cataluña. Hablamos del epicentro cultural de la ciudad, un habitual punto de reunión de la burguesía catalana donde durante décadas no solo se habló de ópera sino también de política, de negocios y por qué no decirlo, de ávidas y secretas conspiraciones. De ahí que el episodio del pasado partes, que por cierto ha pasado casi desapercibido para la prensa pese a su notable carga simbólica, nos devolvió por unos minutos a aquel convulso final del siglo XIX en España, concretamente al 7 de noviembre de 1893, cuando un anarquista lanzó dos bombas desde la quinta planta al patio de butacas del teatro, matando a veinte personas. En aquellos días el anarquismo se había hecho fuerte en la ciudad y había puesto la diana en el opulento centro social y cultural que representaba ya el Liceo como símbolo del poder de la oligarquía empresarial y financiera catalana.

Semanas antes, en concreto el 24 de septiembre, se había producido un intento de asesinato del general Martínez Campos, capitán general de Cataluña. El encargado de llevar a cabo el homicidio fue el anarquista Paulino Pallás, que lanzó dos artefactos contra el general, aunque finalmente este solo sufrió heridas leves. Pallás se dejó detener entre gritos de “viva la anarquía” y antes de ser fusilado el 6 de octubre juró que habría un baño de sangre en venganza por su ajusticiamiento.

Fue Santiago Salvador Franch, otro anarquista, quien recogió el juramento de su compañero pasado por las armas. Salvador Franch era de un pueblo de Teruel, pero como tantos otros cientos de jóvenes emigrantes había llegado a Barcelona en busca de un futuro mejor. Cuentan que trabajó como tabernero y contrabandista. Precisamente traficando con sal fue como conoció a Pallás, con quien frecuentó los círculos anarquistas. Ahí nació el odio a la burguesía catalana.

Días antes del atentado en el Liceo, Salvador Franch se hizo con dos bombas Orsini, un tipo de explosivo casero inventado por el revolucionario italiano Felice Orsini a finales de 1857. La comunión entre los activistas del anarquismo internacional era ya entonces muy estrecha. Las comunicaciones se hacían en reuniones secretas y por carta de un país a otro. Hoy las redes sociales lo hacen todo mucho más fácil y rápido cuando estos grupos deciden planear y llevar a cabo sus actividades subversivas.

El día elegido para el atentado fue el 7 de noviembre de 1893, con la inauguración de la temporada en el Liceo. La primera función era Guillermo Tell, de Rossini. Salvador no tenía dinero para pagar la entrada así que su esposa le prestó la peseta que le hacía falta. Nunca un atentado resultó tan barato. Eran las once de la noche y el público se encontraba en pleno segundo acto. El anarquista cogió los dos artefactos Orsini, se asomó a la barandilla y los dejó caer suavemente sobre el patio de butacas. El primer explosivo deflagró con potencia entre los espectadores de la fila 13. El segundo no llegó a estallar, ya que cayó sobre la falda de una mujer que yacía muerta, lo cual amortiguó el detonador. Veinte personas murieron −7 en el acto, 13 en el hospital−, y hubo decenas de heridos.

El salvaje atentado conmocionó a la opinión pública no solo española, sino mundial, y tardó años en olvidarse. De hecho, en el Liceo, una vez que recuperó la normalidad, las filas 13 y 14, las más afectadas por las explosiones, siempre quedaban vacías en señal de duelo y respeto por las víctimas.

¿Qué fue del asesino? Salvador logró huir y se refugió en Teruel, más tarde en Zaragoza, donde fue cercado por la Policía. Cuentan las crónicas de la época que intentó suicidarse pegándose un tiro en el vientre pero falló y solo se causó una herida leve en una costilla. Durante el juicio alegó en su defensa: “Mi deseo era destruir la sociedad burguesa, a la cual el anarquismo tiene declarada la guerra abierta; y me propuse atacar la organización actual de la sociedad para implantar el comunismo anárquico. No me propuse matar a unas personas determinadas. Me era indiferente matar a unos o a otros. Mi deseo consistía en sembrar el terror y el espanto”.

Con semejante confesión no pudo librarse del garrote vil, una ejecución que se llevó a cabo en la Prisión Vieja de Barcelona. Su atentado dio lugar al nacimiento de una nueva palabra desconocida hasta entonces y que tristemente ha llegado a nuestros días: terrorismo.

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