El 31 de julio de 2008, la Notaría Novena del Circuito de Panamá levantaba acta de constitución de Lucum Foundation, una asociación de interés privado que doce años más tarde ha saltado a las primeras páginas de los periódicos de todo el mundo como supuesta entidad que gestionaba la cuenta a la que el rey emérito, Juan Carlos I, transfirió una donación de 65 millones de euros para su amiga Corinna Larsen. El fiscal suizo Yves Bertossa (y ahora también la Fiscalía Anticorrupción de España) investigan si ese dinero procedía de comisiones por la construcción del tren AVE a la Meca, en la que participa un consorcio de empresas españolas.

Los abogados de la empresaria y comisionista alemana han aclarado que el dinero no tiene nada que ver con comisiones por aquel proyecto en el desierto, pero las personas que aparecen en el acta notarial de Lucum son viejas conocidas de la Justicia española por haberse visto salpicadas en sonados casos de corrupción como la trama Gürtel. En concreto Arturo Fasana, que aparece como presidente de la fundación, y Dante Canonica, como secretario, a quienes los medios de comunicación suizos señalan como gestores, asesores o intermediarios directos de la fortuna del rey emérito. Ambos, como directivos del consejo de administración de Lucum, contaban con plenas facultades para firmar contratos y negocios y para disolver la entidad en el momento en que se estimara oportuno. En los audios del excomisario José Manuel Villarejo, Corinna Larsen apunta hacia ellos como piezas importantes en el entramado de la estructura societaria y financiera de los negocios del rey.

En la escritura pública de la Notaría Novena de Panamá, a la que ha tenido acceso Diario16, queda reflejado que en aquel acto notarial quedó constituida con un capital inicial de 10.000 dólares norteamericanos la fundación “de duración ilimitada” cuyo agente residente sería la firma de abogados Aba Legal Bureau.

Sin embargo, en julio de 2012, la Notaría Octava de Panamá formalizó la disolución de una fundación que nacía sin fecha de caducidad. ¿Qué ocurrió en esos cuatro años para verse truncada la vida de la entidad? Ante todo, un hecho que cambió para siempre la historia de España: el viaje que el rey emérito y su amante Corinna Larsen hicieron a Botsuana unos meses antes, en abril de 2012. En aquel momento ambos ya habían dado por terminado su romance pero quedaba una “entrañable amistad”. Lo que realmente ocurrió en aquel safari africano forma parte de los muchos misterios que envuelven el turbio caso de los testaferros de Don Juan Carlos, pero lo cierto es que tres meses más tarde de la ajetreada excursión a Botsuana la fundación que canalizó la donación del rey para Corinna Larsen terminó disolviéndose definitivamente. Sin embargo, la empresa ya había cumplido con su cometido, puesto que recibió, a través de una cuenta suiza, los 65 millones de euros como regalo del monarca español para su amiga. La operación, que esta vez se realizó a través del banco helvético Mirabaud, forma parte del sumario abierto por el fiscal Bertossa en Ginebra. Según publica el diario La Estrella de Panamá, la Fiscalía transalpina ha detectado que el entorno personal y profesional de Don Juan Carlos “fue retirando, durante varios años, dinero de esa cuenta que se cerró en 2012”. Además, se investiga si el rey emérito también transfirió determinadas cantidades aún por aclarar a otro banco suizo con sede en Bahamas. Todo ese material está siendo analizado minuciosamente no solo por la Justicia de Suiza, sino también por la Fiscalía Anticorrupción española, que ahora trabaja en estrecha colaboración con Yves Bertossa.

Es más que evidente que el safari de Botsuana lo cambió todo. ¿Hubo algún tipo de discusión o desavenencia entre Juan Carlos I y su examante y confidente? ¿Todo se hizo de mutuo acuerdo por el buen fin de los negocios o existieron presiones por alguna de las partes? ¿Se decidió en aquella cumbre sentimental y comercial organizada en África dar por zanjada la relación con reparto de bienes en forma de donaciones? A la vista de las últimas revelaciones judiciales, cobra aún más importancia, si cabe, la versión de Corinna Larsen, que ha llegado a asegurar que tras el fatídico viaje a Botsuana se convirtió en persona “non grata” en Zarzuela y en “una amenaza para la Familia Real”.

Con todo, lo cierto es que Corinna acudió a aquel viaje acompañada de su hijo y de hecho los 65 millones de euros que recibió han sido calificados por los abogados de la empresaria como un regalo por el “cariño” que el monarca sentía hacia ambos. Es más, según ha publicado Manuel Cerdán en Ok Diario, citando una supuesta acta notarial de Corinna Larsen para cubrirse las espaldas, la relación ya no era lo que había sido en el pasado. “Seguíamos siendo amigos y el rey emérito se había convertido en alguien importante en la vida de mi hijo. El viaje se nos presentó como un regalo para mi hijo, que no había estado en un safari antes. Viajé con él para supervisarle y a petición expresa del rey emérito. Mi exmarido, Phillip Adkins, quien se había hecho muy amigo del rey emérito, también viajó con nosotros”.

Pero el accidente en el que Don Juan Carlos terminó rodando por los suelos y con la cadera rota acabó por romper la discreción de la cita y el affaire se aireó a los cuatro vientos. La relación sentimental salió a la luz, incluso las infames fotografías del decadente monarca cazando elefantes. Había llegado la hora de pasar página a aquella peligrosa historia de amor del pasado y de firmar los oportunos finiquitos comerciales. Sin embargo, el escándalo fue tan mayúsculo que ni siquiera el CNI, en otros momentos eficaz limpiador de los errores del monarca, pudo controlar el asunto. El emérito tuvo que salir públicamente a pedir perdón, su ya histórico “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”. Solo que ya era demasiado tarde. El vendaval sobre la monarquía española no había hecho más que comenzar.

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