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El rencor de la conquista

Jesús Velasco Moro
Jesús Velasco Moro
Director del CEPA La Oreja Verde. Autor de Castellanos. A la mano del paraíso. V Premio Gavia Blanca
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análisis

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¿Es Hernán Cortés de uno de los personajes más odiados de la Historia? Resulta innegable que en México, sobre todo desde la Independencia, se le ha calificado de genocida, explotador, y tirano. Y que a pesar de que falleció hace ya casi cinco siglos, su figura continúa suscitando una antipatía bastante generalizada en lo que fue la Nueva España. Una prueba en este sentido la encontramos en el tratamiento que han recibido sus restos. Él quiso que reposaran en la antigua Tecnochtitlán, la capital del Imperio Azteca que conquistó en 1521. En concreto en el Hospital de Jesús Nazareno que había mandado construir tres años después de la toma de la ciudad. No obstante, cuando en 1823 México se convirtió en un nuevo estado, fue necesario esconder sus los restos ante el riesgo cierto de que fueran profanados. Y ocultos permanecieron hasta que salieron a la luz a mediados del siglo XX. Aún entonces, fueron muchos los que pidieron que fueran arrojados al mar.

En aquel momento, el que fuera ministro durante la II República, Indalecio Prieto, exiliado tras la Guerra Civil escribió “México es el único país americano donde no ha muerto el rencor originado por la conquista y la dominación. Matémoslo, sepultémoslo aprovechando esta magnífica coyuntura”. Hermosas palabras que no encontraron apenas eco, a juzgar por el abandono en el que se encuentra la tumba del extremeño y el juicio negativo al que se viene sometiendo la figura del conquistador aún hoy en día en América, en gran parte de Europa e incluso en ciertos sectores de la sociedad española.

Recientemente, el presidente de México ha decidido enviar sendas cartas al Papa y al Rey de España en las que no sé si solicita o exige que ambos pidan públicamente disculpas por los actos cometidos durante la Conquista.

Ante esta sorprendente revisión de la Historia ha surgido de inmediato una enorme cantidad de comentarios, artículos y bromas tanto en la prensa como en las redes sociales. De este modo, se insta por ejemplo a los Tlascaltecas y demás pueblos mesoamericanos a que exijan a los capitalinos supuestamente descendientes de los aztecas una disculpa por las atrocidades y la extrema crueldad con la que los sometieron durante décadas, justo hasta que llegaron los castellanos y se convirtieron en sus aliados para librarse del yugo de Tenochtitlán.

Siguiendo esta dinámica pseudohistórica, el gobierno de Francia debería conminar al de Italia a que se disculpe solemnemente por las atrocidades cometidas por los legionarios de Julio César durante la guerra de las Galias. Del mismo modo, un buen número de países asiáticos estarían en la obligación de decir que Grecia que pida perdón por la brutalidad ejercida por los ejércitos de Alejandro Magno. Inglaterra, Francia, Holanda, Portugal, Bélgica, Alemania, Turquía y Rusia al menos tendrían que estar ahora mismo redactando cartas y cartas de disculpa por su comportamiento a lo largo de lo que fueron sus respectivos imperios. Incluso Mongolia tendría que pedir perdón, pues no se han olvidado las correrías y masacres perpetradas por los temibles jinetes de Gengis Kan.

¿Hay que pedir que se juzgue a Truman por el bombardeo de Dresde o las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki?

¿América en pleno tiene que pedir perdón por haber sido el origen de la expansión por todo el planeta del tabaco o de la sífilis? ¿Cuantos millones de personas han muerto durante los últimos cinco siglos por su culpa?

Tal vez el señor Obrador tenga que lamentar en público su aspecto tan poco azteca, o que su abuelo naciera en Santander, o pertenecer a esa élite social que ha venido gobernando Hispanoamérica desde que se fueron independizando sus repúblicas hace doscientos años, o el trato que desde entonces han venido dando a la población indígena en sus respectivos estados, porque ¿cuántos dirigentes indios han tenido estos países?

Se podría continuar argumentado en esta dirección durante páginas y páginas. En cada una de ellas se habría fomentado un poco más el odio entre los pueblos, el deseo de venganza, de revancha. Por el contrario, se puede tratar la Historia como lo que es, una fuente de cultura, de conocimiento, una maestra para la reconciliación. Se puede investigar sobre Cortés, sobre su época. Intentar comprender lo que empujó a los castellanos a la aventura casi suicida de lo que se dio en llamar Conquista. Y luego hablar, debatir, intercambiar opiniones, pensar para intentar aprender del pasado como hicimos hace unos días en el programa de radio Lletres y música de Radio Sant Cugat charlando a propósito de mi novela Castellanos. Allí, partiendo de posturas muy diferentes e incluso enfrentadas, nos esforzamos por convencer y argumentar. Conversar nos hizo crecer a todos un poco y sirvió para resaltar lo que nos unía ¿No será que esto es precisamente lo se echa tanto de menos en la actualidad? ¿Será que falta conversación y sobra intransigencia?

Desempolvar el pasado para ocultar los problemas del presente constituye una peligrosa torpeza que no debería quedar impune. No parece probable que la Conquista, hecho histórico que se produjo hace quinientos años, tenga que ver con la extrema violencia que envuelve a la actual sociedad mejicana, ni con el tráfico de drogas, ni con la corrupción. Quizás son los gobernantes de México los que tengan que pedir disculpas a sus conciudadanos por su incompetencia para poner fin a estos problemas reales.

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2 COMENTARIOS

  1. osea, siguiendo el argumento en boga, los intelectuales blancos, se debe celebrar a Cortes pero los indios y negros debemos agradecer que nos esclavizaran y conquistaran.

    • ni agradecer ni reprochar. Es historia y ha dejado regueros malos y buenos; eran tiempos salvajes para todos y es absurdo juzgarlos desde el presente. Como no te puedes juzgar a ti mismo cuando eras un bebé y aún no controlabas tus esfinteres. Calidad de corazón y criterio, recordar lo malo y doloroso para no repetirlo y celebrar lo bueno.

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