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El PP da un denigrante espectáculo de traición, hipocresía y crueldad

Amigos y fieles colaboradores de Pablo Casado le dan la espalda para seguir manteniendo sus cargos cuando llegue Núñez Feijóo

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Hace dos años, en plena pandemia, Pablo Casado subía una foto a su perfil de Instagram en la que se retrataba a sí mismo en camisa blanca y corbata negra, la mirada constreñida reflejada en el espejo de un cuarto de baño, los nudillos apoyados en el mármol y en pose trascendental, como preguntándose qué le tenía reservado el destino en medio de tanta tragedia y tanta muerte por el covid. Ahora ya lo sabe, todo el país lo sabe: es un hombre solo, traicionado, abandonado por los suyos. Un político acabado. Un candidato finiquitado en diferido.

Jamás en la historia reciente de este país se había visto un caso tan sangrante de descarnada defenestración política como la que se vive estos días en directo y en prime time. Es cierto que estamos ante un hombre que ha cometido múltiples errores estratégicos y tácticos, fallos que han terminado por arrastrar al partido a la situación de quiebra total por la que atraviesa hoy. En esta columna llevamos años denunciando los disparates y abusos de Casado, su condescendencia con la corrupción del aznarismo y del marianismo (de aquellos polvos estos lodos); su sectarismo trumpista; sus incoherencias ideológicas (unas veces látigo de la extrema derecha, otras fiel socio de Vox); su maquiavélica idea de la política no como actividad humana para mejorar la vida de la gente sino como medio para alcanzar unos fines (mayormente el poder); su infame y sonrojante instrumentalización de la pandemia (la mayor tragedia de la historia de este país desde el final de la Guerra Civil que él aprovechó con el propósito de derrocar a Pedro Sánchez); su bloqueo constante a la renovación del Poder Judicial para seguir teniendo la sartén por el mango en el control de los jueces y su denodado intento de que la Unión Europea niegue a España más de 140.000 millones de euros en fondos de recuperación, un maná caído del cielo que podría aliviar el hambre y la miseria de muchos de sus paisanos (ay, ese patriotismo casadista mal entendido y de pandereta).

A Pablo Casado le hemos dado aquí sin tregua ni piedad, por tierra, mar y aire, y no porque le tuviéramos manía o nos cayera mal, sino por su ambición ciega y desmedida y porque la derecha española merecía a alguien mucho más íntegro, más decente, más generoso y respetuoso con el juego democrático. Un estadista de verdad, porque si algo ha demostrado el dirigente popular es que siempre, en los momentos más críticos para la nación, se ha situado en el lado equivocado de la historia. Ha sido tal su falta de visión para la política que hasta hace cuatro días, tras ganar pírricamente las elecciones en Castilla y León, se jactaba de que comenzaba un cambio de ciclo imparable. En realidad, lo que estaba empezando (aunque él ni siquiera se olía la tostada) era su principio del fin, la conspiración final para derribarle, el certero golpe ayusista. Una vez más, otro fatídico error de cálculo: él pensaba que todos en el partido estaban a su lado cuando era justo al contrario, ya afilaban las facas. Un ingenuo de tal calibre no puede dirigir España.  

Ahora bien, dicho lo cual, nada, ni siquiera la constatada incompetencia de un señor que aspiraba a gobernar este país algún día, merece un linchamiento público, una humillación tan sádica y una lapidación política tan cruenta de manos de los suyos, de manos de quienes hasta ayer mismo colaboraban con él estrechamente, lo adulaban y se mostraban como los más fieles casadistas. Ayer producía asco y vómito contemplar el funesto desfile de traidores por los platós de televisión. Una procesión de hipócritas y falsamente compungidas plañideras con caras de póker que con el mantra de que la situación en el PP era ya “insostenible” pedían congreso extraordinario, es decir, la guillotina del aparato para poder cortarle el pescuezo, legalmente, al jefe. Así, Martínez Almeida negaba a Casado hasta tres veces, como Pedro a Cristo. El murciano López Miras, que hasta hoy parecía un jardinero fiel, lo dejaba en la estacada. Suárez Illana, el amigo Illana del alma, se sumaba a la conspiración para hundir el puñal en el cuerpo del César (¿tú también Bruto?). Cuca Gamarra y Maroto, otros que le salían rana, y hasta Andreíta Levy, tan formalita y casadista ella, le daba la espalda con la frialdad de una killer de la política. “Pablo es una bellísima persona, nos duele tener que hacer esto, pero…”, coincidían los conjurados.

Todos los traidores descaradamente pasados al bando de Feijóo o incluso de Ayuso lanzaban loas y epitafios al líder condenado a punto de subir al cadalso, pero mientras lo lloraban con lágrimas de cocodrilo decían por lo bajini aquello de “dónde hay que firmar”, o sea, la sentencia inapelable que, obviamente, no era otra que el documento pidiendo la cabeza de Teo Egea y la convocatoria de un congreso extraordinario. Estamos seguros de que algunos incluso darían un toque a Feijóo interesándose por el “qué hay de lo mío” y posicionándose a codazos antes incluso de la llegada del gallego salvador a Madrid.

Por eso, más allá del espectáculo denigrante y sangriento que está dando el PP estos días, más allá de las cuchilladas traperas que se han estado asestando en las pantallas de televisión, estremece y da miedo constatar la crueldad, la saña y la falta de escrúpulos con la que esta gente despacha a sus amigos. La violencia, el egoísmo y la ambición que demuestran algunos de los supuestos representantes de nuestra democracia degradada y estuprada. Por momentos son como pirañas defendiendo a dentelladas sus parcelas de poder, sus poltronas, y ya no nos extraña nada, ni siquiera que el honrado Pablo Montesinos, el obediente Montesinos, termine cambiando de bando a última hora para mantener el carguete.

Tras convocar la reunión de la Junta Directiva Nacional del próximo martes en la que se decidirá el futuro del Partido Popular, un Casado hundido tras haber visto de cerca el rostro de la traición, el semblante siniestro de aquellos que eran entrañables amigos y se han convertido en los más implacables enemigos, anunció que irá hoy a su última sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. “¿Cuánto piensa ceder a sus socios independistas para seguir en la Moncloa?”, esa será su última intervención como líder de la oposición, que con la que está cayendo a Pedro Sánchez le sonará a coña marinera, casi a broma, más aún que la encendida defensa de la remolacha que hizo Casado hace unos días, en plena campaña electoral en Castilla y León. Será una sesión efímera que al sentenciado presidente del PP le llevará poco tiempo, apenas cinco minutos, un puro trámite, ya que lleva haciendo esa misma pregunta absurda, machacona y estéril desde hace años. Luego, el César depuesto saldrá del Congreso, que no del Senado, ya con los amistosos puñales en la espalda, se despedirá de todos (la mayoría enemigos, amigos le quedan pocos) y dejará de ejercer como candidato a la Presidencia del Gobierno de España para volver a ser el ciudadano peatonal Casado. Bien mirado, no parece algo tan terrible y hasta tiene sus cosas buenas. Ya no recibirá navajazos intempestivos de los colegas, los periodistas dejarán de molestarle a altas horas de la noche y tendrá más tiempo para cuidar de sus vacas y ovejas, que es lo que le gusta. En una de estas, hasta lo llama Rivera para trabajar con él en algún bufete-chollo. Ánimo Pablo, que de la política también se sale.

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