Publicada originalmente en euskera y ahora traducida al castellano por la propia Karmele Jaio (Vitoria-Gasteiz, 1970), La casa del padre confirma definitivamente la fuerza narrativa de una autora en clara progresión ascendente tras sus dos primeras novelas y varios libros de relatos. Un escritor al que han abandonado las musas, una esposa que duda entre seguir a la sombra de él o romper las ataduras de una vez por todas, un editor sin escrúpulos y una hermana activista que rompe con todo, o casi todo.

En medio de todos ellos la figura del padre como un tótem cuya sombra sigue siendo tenebrosamente alargada y el tema de las nuevas masculinidades auspiciadas por un feminismo que ya ha gritado basta y no pretende dar un solo paso atrás. Una novela subyugante, de las que dejan al lector pidiendo más cuando cierra la última página.

 

¿Quiénes son esos “hombres nuevos” a los que dedica su nueva novela?

Son los hombres que han reflexionado sobre el lugar desde el que miran al mundo, sobre el lugar desde el que miran a las mujeres, sobre sus privilegios, sobre las relaciones de poder entre mujeres y hombres… Y son hombres que están dispuestos a moverse y actuar para cambiar la situación y construir una sociedad mejor para unos y para otras. Pero son también hombres que quieren liberarse del corsé que supone para ellos ese modelo de masculinidad que les obliga a ser de una manera muy concreta y que les limita la libertad de ser como quieren ser.

 

Ese tema, el de las nuevas masculinidades y el feminismo de la cuarta ola están muy presentes en la trama de su nueva obra. ¿Hasta qué punto cree que la realidad de la pareja protagonista es un fiel reflejo del día a día de millones de familias actualmente en España sobre un tema, como el del feminismo, que no tiene libro de instrucciones?

Creo que vivimos en un momento histórico muy importante para el avance de los derechos de las mujeres por lo que supone de visibilización de la desigualdad, por un lado, porque el tema está ahí, en las conversaciones, en la calle…, y por otro lado, por la reacción social que se está produciendo: las mujeres, por ejemplo, han salido masivamente a la calle en los últimos 8 de Marzo, hay un basta ya que se está escuchando muy alto, a nivel mundial y de manera conjunta. Hay muchas mujeres que han decidido no callar y hay un auge de las reivindicaciones feministas entre la juventud… El debate está muy presente en muchos lugares, también en el seno de las familias, claro, porque es un tema que nos incumbe a todos y a todas.

 

Ismael y Jasone, la pareja protagonista, tienen una conexión directa con el proceso creativo de la escritura, la otra gran línea temática de su novela. Parece mentira que la ocultación sufrida por grandes escritoras de siglos pasados pueda aún permanecer, con otros matices y circunstancias, en pleno siglo veintiuno.

La novela es también una reflexión sobre la escritura. En dos planos diferentes. Por un lado, habla de las condiciones y las oportunidades en el mundo de la escritura de hombres y mujeres. Pone sobre la mesa preguntas como por qué él llega a ser escritor y ella no; sobre la famosa habitación propia de Woolf; sobre el efecto de las cargas del cuidado también en la carrera literaria de las mujeres; sobre quién da prestigio a una obra y quien se la niega; sobre quién decide qué temas son importantes y cuáles no; sobre la invisibilización de la aportación de las mujeres al mundo de la literatura… Son aspectos muchas veces sutiles, pero que tienen unas consecuencias de mucho peso. Y, por otro lado, hay una reflexión sobre la escritura y el proceso creativo como lugar en el que aparecen las verdades. En la novela se habla de que al escribir aparecen las palabras que pesan, las palabras de plomo, en contraposición con las palabras de bisutería, vacías y de poco peso, que muchas veces utilizamos en nuestra vida diaria. Hay verdades que solo aparecen a través del proceso creativo, verdades inevitables que no siempre gustan a quien escribe.

“Los hombres se han construido en buena medida con la referencia de lo que no tienen que ser”

 

Usted, como narradora, impone una distancia desigual entre él y ella en el punto de vista narrativo. Mientras con Ismael adopta la segunda persona para adentrarse en su perfil con un cierto distanciamiento, Jasone cuenta su historia en una primera persona cercana e íntima. ¿Lo hace plenamente consciente con una intención clara o es simplemente porque le resulta hasta cierto punto arriesgado narrar el sentir masculino más íntimo de su protagonista en primera persona?

He escogido la segunda persona porque creo que es una manera de hablar del interior del personaje pero con cierta distancia al mismo tiempo. Es una especie de voz de la conciencia del personaje. Cuando nos hablamos a nosotros mismos muchas veces utilizamos la segunda persona: “Pero ¿por qué has hecho esto?”, nos decimos, por ejemplo. Es una manera de escuchar la voz del protagonista pero al mismo tiempo permitirle que se vea un poco desde fuera.

 

También el problema “político” vasco sobrevuela de fondo la trama a través de Libe, la hermana de Ismael y amiga íntima de Jasone. ¿También el patriarcado imponía sus reglas en este complejo asunto en la sociedad vasca?

El patriarcado, las relaciones de poder, los mandatos de género… lo atraviesan todo. Son transversales absolutamente. Podemos estar hablando de “la defensa de la patria” o de la manera en que nos enamoramos, podemos hablar de lo más público o de lo más íntimo. Los valores de la sociedad, las expectativas sobre unos y sobre otras, lo que se espera de unos y otras, lo que se les permite.., eso lo atraviesa todo. También el conflicto político, que en esta novela aparece como parte del escenario en que hemos vivido, un escenario que nos ha condicionado mucho.

 

En su intento de aproximación a la mente de los hombres para ver cómo viven su masculinidad en tiempos de feminismo y lucha por la igualdad, ¿qué ha visto?

Creo que los hombres se han construido en buena medida con la referencia de lo que no tienen que ser. Sobre todo, no tienen que ser una mujer y todo lo que ello conlleva. Cuando esa referencia se mueve, cuando estamos viviendo un momento cambiante en las relaciones entre unos y otras, en las posiciones, es normal que haya muchos hombres que se sientan algo descolocados. En esta aproximación he visto un hombre que no se siente cómodo dentro de esa armadura que le obligan a llevar, que se ve obligado a cumplir unas expectativas como hombre… Un hombre que necesita hacer una reflexión sobre lo que esos mandatos de género y ese modelo de masculinidad que ha aprendido han supuesto en su vida y en sus decisiones.

 

La generación de hombres que sufrieron y se beneficiaron al mismo tiempo de la imposición de la moral nacionalcatólica franquista –como el padre del protagonista– aún influye en la perspectiva machista y patriarcal de sus hijos. ¿Cuándo y cómo cree que se romperá definitivamente esta cadena demencial y viciada para las aspiraciones feministas de una sociedad realmente igualitaria?

Cuando seamos capaces de educar a las personas en igualdad. Y eso requiere, entre otras muchas cosas, tener referentes igualitarios en la familia, en la escuela, en la calle, en los medios de comunicación, en los anuncios… Creo que aprendemos por imitación. Tenemos una gran responsabilidad de cara a las siguientes generaciones. No harán lo que les digamos que tienen que hacer, sino lo que vean que hacemos. Necesitamos referentes, modelos a los que seguir. Cada uno y cada una de nosotras es un referente para alguien. La transmisión de valores de respeto y de igualdad es vital.

 

El caso de La Manada de Pamplona sirve a la pareja protagonista para reflexionar sobre el papel que deben adoptar ellos ante sus hijas adolescentes. ¿Por qué este caso ha sido catártico para la sociedad española en esta ola del Me Too y el Cuéntalo?

Por un lado, por lo mediático que ha sido y lo que ha supuesto de visibilidad de un grave problema que no es nuevo, y por otro, porque ha ocurrido en un momento clave, en el que hay muchas mujeres que no están dispuestas a aceptar que tengan que ir con miedo por la calle, o que tengan que vivir con esta amenaza. Creo que durante mucho tiempo hemos vivido casi con naturalidad el hecho de sentir miedo, sin darnos cuenta de que es algo absolutamente anormal y que es un síntoma de enfermedad de la sociedad. Esa enfermedad se llama machismo y se basa en las relaciones de poder, en la cosificación de los cuerpos de las mujeres, en la creencia de que alguien puede ser dueño de otra persona y que puede hacer con ella lo que quiere… Veo ahora a las chicas jóvenes que se rebelan, que tienen instrumentos para detectar y analizar estas situaciones y me alegro mucho de que así sea. Han dicho basta ya.

 

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