El tripartit valenciano se salvó en el último minuto. Las negociaciones han sido tan complicadas, duras y frenéticas que más que “Pacto del Botànic” habría que empezar a llamarlo “Parto del Botànic”. Fue un trance agónico, pero finalmente habrá gobierno de izquierdas después de que PSPV-PSOE, Compromís y Unidas Podemos hayan alcanzado un acuerdo ‘in extremis’. El “Botànic 2” apunta a un Gobierno a tres sustentado por cimientos todavía más firmes que los que tenía hasta ahora, mientras que al PP –el partido de la trama Gurtel, del capitalismo de amiguetes y de los proyectos faraónicos– le queda una larga travesía en el desierto con Ciudadanos apretando fuerte por detrás y Vox marcándole la agenda política.

El acuerdo entre PSPV-PSOE, Compromís y Unides Podem-EU llegó sobre la bocina, es cierto, pero finalmente llegó, de tal forma que Ximo Puig será investido presidente de la Generalitat Valenciana hoy jueves. El pacto renovado viene a modificar la anterior estructura del Consell, que a partir de ahora contará con doce consellerias (dos más con respecto a la legislatura anterior), dos vicepresidencias y un Ximo Puig sólidamente afianzado en el Palau de la Generalitat y repartiendo juego entre sus dos socios de gobierno.

Resulta evidente que el PSPV ha salido reforzado, ya que se queda con seis carteras (una más), mientras que Compromís cede algo de poder (dirigirá cuatro, una menos que hasta ahora) y Unides Podem-EU entra con dos consellerias, Transparencia y Vivienda (la primera en manos de Esquerra Unida, la segunda para la formación morada). El hombre de Pablo Iglesias en tierras valencianas, Rubén Martínez Dalmau, ostentará el cargo de vicepresidente junto a Mónica Oltra, la líder de Compromís que de alguna manera seguirá siendo la número 2 de Puig.

El Botànic 2 no es más que lo que ha querido la mayoría de los valencianos. Un Gobierno de izquierdas que hará políticas auténticamente de izquierdas. No se hubiera entendido otra cosa. La experiencia de estos últimos años ha demostrado que se puede gobernar con criterios de racionalidad, ética y modernidad, dejando atrás los oscuros años de las tramas mafiosas amparadas por los sucesivos gobiernos populares. Los retos de la sociedad valenciana son múltiples pero sin duda el Gobierno del cambio ya ha conseguido algunos de sus principales objetivos: regenerar la vida pública, contener el gasto, superar el despilfarro, impulsar políticas sociales y de igualdad. Pero Puig tendrá ante sí uno de los mayores obstáculos en la que puede ser una difícil relación con Pedro Sánchez: conseguir un buen pacto de financiación para la Comunidad Valenciana, claramente perjudicada –por volumen de población y de PIB– respecto a las inversiones que reciben otras comunidades del Estado. De no resolverse este problema, en la legislatura que comienza aflorarán las tensiones.

A partir de ahora, si finalmente Sánchez e Iglesias consiguen pactar un ‘Gobierno de cooperación’, tendrán que mirar inevitablemente hacia Valencia, una experiencia piloto con gobiernos de izquierdas que ha funcionado relativamente bien. Pero sin duda, de este “parto del Botànic” (así habría que definirlo por la complejidad que entrañaba el acuerdo a tres partes bandas, por la inestable coyuntura política nacional y por el encaje de bolillos que ha supuesto armonizar los programas e intereses de los tres actores en juego) emerge un hombre que gana posiciones en su partido: Ximo Puig. Él quedará como el auténtico artífice y conseguidor de este nuevo Gobierno que comienza. A partir de ahora habrá que incluirlo en un lugar preferente en la nómina de barones del PSOE, esos líderes territoriales que van acumulando fuerza en sus respectivos feudos hasta convertirse en contrapesos del poder central de Ferraz. De la capacidad de Sánchez y Puig para armonizar las distintas sensibilidades del nuevo socialismo dependerá el futuro del partido y también de la socialdemocracia española.

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