La incoherencia es el peor mal que pueden tener las organizaciones, asociaciones o partidos políticos, intelectuales, humanistas y medios de comunicación, desde los editores hasta las élites puntuales del periodismo

Proclamar una cosa y hacer la contraria es la cicuta que termina con la vida de esos organismos que representan, de un modo u otro, a la sociedad civil porque ésta, al final, termina pasando la factura. Es lo que le ha ocurrido a la socialdemocracia europea al no aplicar sus programas progresistas durante la crisis y posicionarse en favor de las políticas austericidas impuestas desde la UE.

La crisis del coronavirus ha sacado otro caso de incoherencia que tendrá como consecuencia la entrada definitiva en cuidados paliativos del Partido Feminista de España (PFE), una organización que tuvo un papel fundamental para la consecución de determinados derechos durante la Transición y los años 80 pero que se ha quedado anquilosado en unos postulados que no se corresponden con los principios actuales de la lucha de las mujeres por la igualdad real.

En concreto, ha publicado un manifiesto en el que ha acusado al gobierno de mentir y han exigido la dimisión de los ministros y ministras de Sanidad, Hacienda, Trabajo y Consumo, del vicepresidente Pablo Iglesias y del director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón. Es decir, exactamente lo mismo que reclamó Santiago Abascal en el Congreso de los Diputados. Casualmente, se ha incluido a Alberto Garzón y a Yolanda Díaz, representantes de Izquierda Unida en el Gobierno en sus peticiones de dimisión. ¿Tendrá esto que ver con las luchas internas que terminaron con el PFE fuera de IU?

La utilización de los mismos argumentos que la derecha y la extrema derecha, enemigos coyunturales de la lucha por la igualdad de género, es la revelación de que el Partido Feminista ha dejado de ser feminista, porque este gobierno por lo que se caracteriza es, precisamente, por su feminismo, tanto desde el trabajo del Ministerio de Igualdad como, sobre todo, por la presencia de un referente de la lucha por la igualdad como es Carmen Calvo.

Esta postura del PFE es tan incoherente como ver a judíos con una cruz gamada. Los ataques desde la derecha y los ultras son comprensibles, sobre todo por el displicente sentido que dan a la palabra lealtad. Sin embargo, que el único partido político que en España lleva en sus siglas la palabra «feminista» se suba al carro de sus enemigos, no es más que otro ejemplo de «petainismo».

Sin embargo, el comunicado del PFE va contra las propias esencias del feminismo al utilizar la argumentación de los antifeministas respecto a la manifestación del 8M. ¿Cómo un partido que se autodenomina feminista puede llegar a esas cotas? Es como si Vox quisiera renunciar a su 18 de julio o a su 1 de abril. «El gobierno español no alarmó a la población ni impuso medidas restrictivas de movimientos ciudadanos, sino que aseguró que no había ningún peligro y que la sanidad española era la mejor del mundo y espera hasta el 14 de marzo para declarar el estado de alarma, cuando ya había seis mil enfermos diagnosticados y sesenta fallecidos en España», se afirma en el comunicado.

Estamos en un momento crítico para el feminismo. Los ataques llegan de todos los lados porque la propaganda de quienes pretenden perpetuar el patriarcado es muy efectiva. La cuestión es que el PFE se ha quedado anquilosado en unos postulados del pasado y que nada tienen que ver con el paso del tiempo y la actualización de las reivindicaciones de las mujeres.

En política, como en la vida, es fundamental saber marcar los tiempos. ¿De verdad el PFE considera razonable exigir en estos momentos dimisiones del gobierno de coalición progresista? De otras siglas, no sería de extrañar, ya se está viendo cada vez que la derecha o los ultras convocan una rueda de prensa, pero del PFE era impensable.

El feminismo es mucho más que unas siglas y, desde el respeto, no se pretende dar lecciones sobre ello a nadie, y menos a la presidenta del PFE, Lidia Falcón. Sin embargo, se ha separado aún más del activismo del que jamás debió apartarse, porque han pasado muchos años sin que el Partido Feminista estuviera junto a la sociedad que sufre la desigualdad real. Nunca es tarde para reincorporarse, pero el comienzo no suena bien.

Todo llegará, llegará el momento de criticar los errores del Gobierno, que los ha cometido como algún ministro ha reconocido públicamente, y que ningún medio de comunicación, ni siquiera este, podrá ocultar. Pero no es el momento de dudar de quienes fueron compañeros y compañeras de viaje.

Resulta, además, sorprendente que desde el PFE se rechace el debate porque esa no es una actitud propia del feminismo, más bien al contrario, es muy propia del machismo. Lo peor para la lucha de la mujer por la igualdad real es el egocentrismo, el ordeno y mando. La autocracia no es feminismo, sino lo peor del machismo.

Así no se conseguirá jamás una sociedad en la que haya una igualdad real y menos aún que se pueda acotar por los hombres la teoría que expone Lydia Cacho en su último libro, #EllosHablan, donde expresa, con mucha razón, que las mujeres ya han hecho suficiente y que ahora les toca a los hombres, una de las, posiblemente, más prácticas y eficaces teorías para el avance del feminismo y de la igualdad real.

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