El papa Francisco cree que los asesinos en serie y peligrosos psicópatas pueden rehabilitarse. En los últimos días el santo padre se ha mostrado contrario a la prisión permanente revisable al asegurar que el “castigo no debe comprometer el derecho a la esperanza y a que se garanticen las perspectivas de reconciliación y reintegración”. Durante su alocución, Francisco también ha arremetido contra el hacinamiento de reclusos en las cárceles, donde ha pedido que se garanticen unas condiciones de vida dignas o se convertirán en “depósitos de ira” y no en “lugares de recuperación”.

Es Francisco un papa contradictorio. Tan pronto muestra su lado más progresista y revolucionario, poniéndose de lado de los presidiarios, como se descuelga con unas declaraciones contra la mujer que aborta, a la que compara con una persona que contrata a “un sicario para resolver un problema”. Hoy tocaba el papa rojo, el agitador de conciencias, el hombre preocupado por el sufrimiento y el derecho a la reinserción de los asesinos y psicópatas. La cuestión es si estamos hablando de presos que pueden ser reintegrados en la sociedad o si, como sucede a menudo, se trata de malvados que no tienen cura ni fácil tratamiento médico-penitenciario y que aprovechan un mínimo permiso carcelario para asaltar a una niña, meterla en el maletero de un coche y violarla a placer. “La prisión perpetua no es la solución a los problemas y lo repito: no es la solución de los problemas, sino un problema a resolver. Porque si se encierra la esperanza, no hay futuro para la sociedad. Nunca se debe privar del derecho a empezar de nuevo”, ha pontificado el pontífice.

Llama la atención el momento elegido por Francisco I, justo en medio del mediático juicio contra Ana Julia Quezada, la mujer acusada de la muerte violenta del niño de ocho años Gabriel Cruz. Cuesta trabajo asumir el discurso del vicario de Roma cuando media España ha quedado conmocionada por la sangre fría de una madrastra confesa que es capaz de llorar a lágrima tendida para convencer al tribunal de que no quiso matar al pequeño y que “simplemente” le tapó la boca “para que se callara”.

La defensa del papa por los derechos de los reclusos era necesaria y Francisco está cumpliendo con su papel de santo, alguien que filosofa para la posteridad desde el corazón pero también desde la burbuja asilada del Vaticano. A fin de cuentas, si Dios no es amor no vale la pena que exista, como decía Henry Miller. Alguien con una voz autorizada como la del santo padre tenía que denunciar que de un tiempo a esta parte las cárceles se han convertido en hacinados guetos, auténticos vertederos humanos, infiernos de hierro y hormigón donde los reclusos son arrojados para que purguen y paguen sus condenas sin posibilidad alguna de redención. La reinserción se ha convertido en otra utopía inalcanzable (pese a que está garantizada en Constituciones avanzadas como la española) y los penales solo sirven para encerrar la maldad durante un tiempo y dejar que siga pudriéndose entre los lóbregos muros de la justicia.

De ahí que el llamamiento de Francisco a mejorar las condiciones de vida de los presos sea digno de todo elogio. El santo padre cumple perfectamente con su función de voz de la conciencia. El problema surge cuando nos encontramos ante un violador multirreincidente, un psicópata asesino en serie, un terrorista capaz de inmolarse por su dios o un supremacista de extrema derecha dispuesto a abatir a decenas de inocentes en un centro comercial. Entonces la solución metafísica ya no es tan simple y el dilema moral cede ante el derecho que tiene una sociedad a defenderse, con la ley en la mano, ante las alimañas.

La teología, la fe y el catecismo llegan hasta donde llegan pero se muestran ineficaces ante monstruosidades humanas para las que ni la ciencia tiene aún una explicación racional. Es ahí donde debe entrar el Código Penal, la Biblia de una sociedad democrática –sin venganza pero justa y firme− y aplicarse con toda severidad para que los peligrosos depredadores que andan sueltos y campan a sus anchas no puedan seguir haciendo daño. La cárcel solo tranquiliza al culpable durante un tiempo, como decía un personaje de Crimen y castigo, la inmensa novela de Dostoievski. Luego, en libertad, la seducción y la atracción fatal de la muerte vuelven a rebrotar con toda su fuerza.

Los discursos del papa están cargados de nobleza y buenas intenciones. Solo que con hermosas palabras no se puede frenar a una bestia babeante que busca la sangre de una niña, con frenesí, en medio de la noche.

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