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El inexistente sentido del ridículo en la construcción de las ‘fake news’

“Cualquiera que se tome a sí mismo demasiado en serio siempre corre el riesgo de hacer el ridículo” Václav Havel

Alberto Vila
Alberto Vila
Analista político, experto en comunicación institucional y economista
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análisis

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Decimos que hay personas con un alto sentido del ridículo, es decir, que están muy pendientes y preocupadas por no hacer algo inconveniente en presencia de los demás. El temor a hacer el ridículo es una sensación que, en su justa medida, resulta estimulante para inducir a una preparación apta en las funciones que se vayan a desempeñar. Pero, su inexistencia, puede ser un indicador que deja al borde del abismo a los que sufran las consecuencias de sus actos. En este caso, todas las personas que habiten este país llamado España.

De aquí que haya algo vagamente patético en los personajes que nos tocan hoy en la política española. Porque, en especial, destaca su inexistente sentido del ridículo. Ni siquiera solventadas con decisiones del Tribunal Supremo mediante. Es que, por disimular deficiencias, cuando no posibles delitos, el nivel del ridículo alcanzado en España bate records. Desde universidades sospechadas de manipulación de titulaciones. Nepotismo en las más altas instancias institucionales. Hasta mentir en los espacios judiciales sin que obren las consecuencias apropiadas. Para que hablar de la credibilidad de los medios de comunicación.

Podemos recordar altos cargos ocupados por verdaderos incompetentes, cuyas aptitudes no fueron más allá de cumplir sumisamente los propósitos facciosos de grupos económicos o confesionales, para su enriquecimiento en desmedro del conjunto social. Como el caso de las políticas tarifarias de los diversos servicios, con la anuente complicidad de los gobiernos. O perseverar en la ignorancia de los detalles de la gestión propia en casos de negligencias, casi siempre con víctimas colaterales, como cuando los responsables asisten a comisiones de investigación parlamentaria o son testigos en procesos judiciales. Eso es llevar el ridículo al extremo de poner en riesgo la vida de los vulnerables. En todos estos casos, la actuación de las instituciones responsables de proteger a los ciudadanos sigue haciendo el ridículo frente a las instancias internacionales más elevadas.

Colocar al frente de carteras ministeriales a personas sin una cualificación apropiada es ridiculizar a aquellas que se esfuerzan por construir y consolidar su talento con toda la energía imaginable. Prevalece la mediocridad, el contubernio, la corrupción y la construcción de legalidades a medida. Da igual. El escenario de la post verdad lo admite todo. Pero, aún así, pese a todo, esta tiene reglas y técnicas. Entonces, un notorio elenco de dirigentes de este país confunde la mentira directa con las fake news. Entonces quedan en ridículo y no son conscientes de ello.

Yendo a una posibilidad no inverosímil, aunque personalmente lo creo poco probable, algunos pueden suponer que estos comportamientos patéticos se basan en el autodesprecio, para conseguir fama y popularidad. Es decir, esta sucesión de episodios en los que quedan mal parados, en los que se muestran torpes o poco instruidos, se debe al fin de convocar a la conmiseración por simpatía por parte de la opinión pública. Sería generoso de mi parte el aceptar esta posibilidad. Porque, analizando en detalle sus declaraciones y documentos, no fingen. Son poco instruidos e inmensamente soberbios. No tienen sentido del ridículo por la propia ignorancia que exhiben. Creen que están allí por méritos propios en lugar de ser piezas útiles, por sus limitaciones, para cumplir las directivas del poder que perdura en España desde las profundidades del franquismo nacionalcatólico.

Veamos, el término ridículo puede tener el origen más usual en el término latino “ridiculus”, que designa algo extravagante, raro o peculiar. Este vocablo está integrado por el verbo “ridere”, con el significado de “reír”, más el sufijo “culum”, que alude al vehículo que lo canaliza. Así, lo ridículo, es aquello que por lo raro, tonto y extravagancia, mueve a risa o da ocasión a la burla y a veces al enojo. Los españoles están cabreados por que se burlen de ellos.

Lo ridículo puede ser entonces algo absurdo que provoca burlas y, por paaradójico que parezca, no respeta los principios elementales de la elegancia en las técnicas de manipulación mediática. Entonces, la efectividad de la metodología de las fake news desaparece y se reduce al absurdo. Ni siquiera saben construir mensajes basados en ellas. La confunden con las simples mentiras. Entonces quedan en con el “culo al aire”. Como en muchas entrevistas en las que el periodismo deja que fluyan afirmaciones sin sentido ni fundamento. En esos casos, cada vez más frecuentes, las redes sociales los dejan en evidencia. Conclusión: hay un inexistente sentido del ridículo en la construcción de las Fake News. Hasta en eso son mediocres.

“Preguntar es vergüenza de un instante; no preguntar es vergüenza de una vida.”  Haruki Murakami

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1 COMENTARIO

  1. Observamos que, debajo de los colores pastel de estas coreografiadas manifestaciones y falsas sonrisas los verdugos voluntarios ya están ahí, entre los que desfilan, botan o toman el sol.

    Porque no vemos al joven o al niño que, en algún lugar, se está empapando lentamente de esa fina lluvia de odio que convierte la sociedad que le rodea en una historia de buenos, dispuestos a sacrificarse en nombre de los arcanos que la historia reserva para sus elegidos, y de malos; ladrones, bestias humanas con defectos genéticos o meros obstáculos, a los que primero se priva de su dignidad para luego ni siquiera respetar su integridad física.

    Los herederos de Laurentic desfilan por Madrid

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