El escritor Juan Tallón. Foto: Pablo Araujo.

¿Qué pasa cuando un instante fatídico lo cambia todo? El futuro, el presente, el sentido de nuestras vidas… ¿Hay posibilidad de rebobinar? En esa disyuntiva existencial las recetas dadas a lo largo de la historia del pensamiento, y de la medicina, han sido incontables y variadas, pero ninguna sirve a la hora de la verdad, cuando la lotería te toca a ti en forma de desgracia imprevista. Ahí es donde el escritor Juan Tallón (Vilardevós, Ourense, 1975) ha puesto el ojo en una novela que se lee sobrecogido, participando de ese dolor ajeno que algún día puede ser nuestro. Rewind (Anagrama) es un soberbio ejercicio de introspección en la fatalidad y la capacidad humana de adaptarse a ella y sobreponerse. O no.

 

Sorprende, de entrada, que Rewind rezuma mucho dolor, mucho sobrecogimiento. Sobre todo, después de su anterior Salvaje Oeste. ¿Un premeditado cambio de registro a modo de rebobinaje creativo?

Dar giros de ciento ochenta grados es dificilísimo, pero aún así hay que intentarlo. Pongamos que ir hacia lo desconocido es la gran aventura de la escritura. Además, siempre es buena hora para escribir una novela que nadie espere de ti, una novela que ni siquiera tú esperes de ti.

“Nada es lo suficientemente resistente ni duradero en la adversidad”

 

Una explosión rompe de cuajo toda la vida por delante que atesoraba un grupo de estudiantes residentes en un piso de Lyon. ¿Por qué nadie está preparado para recibir al destino cuando este te llega de sopetón?

Hay cosas que no admiten preparación. Por no decir que no hay preparación que valga para ciertos acontecimientos. Los grandes cambios de la vida, en los que dejas de ser una cosa para ser otra, a menudo irrumpen cuando estás distraído. Así que no vale de nada estar preparado.

 

Ya seamos buenos, malos o regulares en nuestros proyectos vitales, ¿por qué siempre estamos a merced de una colilla mal apagada, la rama de un árbol en una tarde de viento o de un loco con kalashnikov?

Quizá porque una de las características básicas de la vida es su fragilidad. Nada es lo suficientemente resistente ni duradero en la adversidad.

“El dolor une como también lo hacen el odio, o el amor, o la felicidad o el color amarillo, si hace falta”

 

Su novela retrata existencias más o menos frustradas, más o menos resignadas a la deriva o más o menos indolentes ante el porvenir. Pero cuando llega el momento catártico de la explosión todas ellas parecen ensamblar bajo el manto del trauma. ¿Une el dolor?

Cuando algo significa lo mismo y cuando es compartido, sí, por supuesto. Es por eso que también unen el odio, o el amor, o la felicidad o el color amarillo, si hace falta.

 

El azar, el destino… Ese instante en que todo cambia. ¿Vivir presos de ese miedo constante es una forma de caer en el destino antes de tiempo?

No sé si podemos vivir constantemente presos del miedo a un destino de pronto adverso. Yo he imaginado varias veces mi muerte, llegando en un repentino segundo. Y también la de algunos seres queridos. Aunque por imaginar, he imaginado cosas incluso peores. Pero solo eso, imaginar. Si diésemos cuenta de todo lo que llega a pasársenos por la cabeza sería el fin de nuestra reputación, caso de tenerla. En todo caso, hay una clase de pensamiento que te sacudes como si fuese una miguita de pan en el jersey. No lo soportas más que durante unos pocos segundos. Quizás no sea ni un pensamiento, solo un resplandor que desemboca en la oscuridad. Así que no es una amenaza, sino una casuística más de una cabeza que siempre será un misterio inabordable.

“A veces solo hay nimiedades. Dan mucho juego. Y como son miles, o millones, acumuladas conforman la vida”

 

Retrata vidas normales a las que, como a cualquiera, les puede tocar la lotería o caer un rayo encima en el mismo orden de probabilidades. ¿Por qué el ser humano no está preparado para asumir estos imprevistos con normalidad?

Porque a menudo cuando todo eso ocurre lo hace contra todo pronóstico, y porque además estás ocupado en otros asuntos, pensando en algo muy distinto. Si no fuese así, ¿cómo siquiera iba a existir la palabra sorpresa?

 

Si realmente fuéramos conscientes de que todo puede cambiar en un instante, ¿perderíamos el tiempo en nimiedades y conflictos estériles como lo hacemos a diario?

Es que a veces solo hay nimiedades. Dan mucho juego. Y como son miles, o millones, acumuladas conforman la vida. Incurrimos en cosas especiales, únicas, como una excepción. Hacer algo grande todo el tiempo tiene que ser aburridísimo. Acabaría probablemente por convertirse en algo insignificante.

 

Escoge una frase de Hemingway como encabezamiento de su novela. ¿Por qué el hombre no está hecho para la derrota?

Porque el hombre ambiciona continuamente algo, va en busca de ello, da igual de qué se trate. Aunque sea un simple currusco del pan, o un vaso de agua. Va en busca de todas las cosas menos de su pérdida, a pesar de que eso sea precisamente lo que coseche. Pero la derrota nunca es el objetivo; es el resultado. Por eso no estamos hechos para la derrota, no nos la proponemos, aunque sea a menudo lo que nos espera.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here