La nostalgia no tiene por qué ser necesariamente una mala enfermedad. En ocasiones hasta puede ser un buen refugio para huir de un mundo ultratecnificado, enloquecido y estúpido que cada día tiene menos sentido. Castelló Negre, el festival de novela policíaca y noir que se ha convertido en todo un referente del género, ha rendido homenaje este año a un escritor que, entre otra cosas, vive de eso, de recuperar el pasado, la historia olvidada, nuestra memoria más reciente. Se trata de Mariano Sánchez Soler, un autor que por abundancia de obra, por literatura artesana y bien acabada y por derecho propio, qué demonios, se merece un lugar preferente en el Olimpo de los dioses, junto a los más grandes como Manuel Vázquez Montalbán, Juan Madrid o Andreu Martín.

Nacido un 2 de mayo de 1954, Sánchez Soler estudió periodismo en la Complutense y dio sus primeros pasos en el mundo de la prensa como reportero del Periódico de Cataluña. Podría decirse que supo trabajarse el Madrid convulso de la Transición, un western trepidante marcado por la crisis económica galopante, los años del plomo de ETA, el ruido de sables en los cuarteles y la amenaza de una extrema derecha dura, pistolera y criminal (aquellos vaqueros sí que daban miedo y no estos folclóricos mojigatos del pin parental que parecen salidos de un convento de clausura o un colegio mayor). Eran los años en que los periodistas de la canallesca vendían a sus madres por una buena exclusiva (la mayoría fumaban y bebían como cosacos en las redacciones), las máquinas de escribir repicaban como metralletas y la noticia se cocinaba en las barras de bares grasientos de Vallecas o Lavapiés, entre cubatas de bourbon, platos de calamares, confidentes, espías de la CIA y guardias chusqueros de la Judicial.

Fue, en fin, la edad de oro del periodismo español. Hoy el oficio ha muerto y ha sido sustituido por una cosa extraña, Internet, lo virtual, las redes sociales, los bulos y cotilleos de Twitter, los digitales al servicio de bancos y constructoras que practican el corta y pega más descarado y en fin toda esa mandanga que tan poco tiene que ver con la pulsión de la calle, con el periodismo, con la vida real.

Afortunadamente nos quedan los libros de Mariano, un auténtico francotirador de la literatura, un lobo estepario sin más norma ni ley que su propia conciencia moral y su talento prodigioso y fuera de lo común para abordar todos los géneros, desde el reportaje a la crónica, desde el relato corto a la novela larga, desde el sesudo ensayo de investigación histórica a la poesía, que también ha cultivado con brillantez y maestría. Por encima de todo, Mariano es uno de nuestros mejores arqueólogos de aquella inmensa novela negra que fue la Transición española, un periodista que se hizo escritor o un escritor que vivió del periodismo (eso nunca llega a saberse con exactitud cuando el autor transita por ambos territorios). El caso es que él siempre vivió en las trincheras de la prensa –sucesos, investigación y tribunales–, que es donde se curten los más grandes reporteros y algunos de los mejores escritores. “El periodismo es la fuente de mi creación literaria. Por eso escribo novelas de corte realista que me permiten ir al grano y tratar temas sociales”, asegura con rotundidad.

Su primera publicación (1972) fue La matanza de los extraños en la revista Terror fantastic y su primer relato negro-criminal, en 1981, vio la luz en la revista Gimlet (dirigida por Vázquez Montalbán): La pistola estaba encendida. Luego llegarían Carne fresca; Festín de tiburones; Para matar; Oasis pour l’OAS; Lejos de Orán; Grupo antiatracos; La brújula de Ceilán; Nuestra propia sangre y El asesinato de los marqueses de Urbina. Su producción habla de todo y su escritura ha recibido el elogio de los patriarcas. El propio Vázquez Montalbán, en el prólogo de Los hijos del 20-N, destacó de él “su saber hacer de periodista de investigación y de excelente novelista policíaco”. Andreu Martín aseguró que Galeote y Pulido eran “los primeros policías de verdad de la nueva novela negra española”. Y el recientemente desaparecido Pepe Oneto lo definió como “profesional apasionado por la literatura y el periodismo”.

Tras pasar por Diario 16, Le Monde Diplomatique, Tiempo, Actual, Primera Plana, Interviú –algunas de ellas cabeceras históricas que se han perdido para siempre, llevándose consigo una parte importante de la memoria del periodismo español–, su trabajo ha sido reconocido con numerosos premios literarios que no vamos a enumerar aquí porque nos quitaría todo el espacio para hablar de la gran verdad que nos deja la obra de Sánchez Soler: que se puede hacer buena literatura, con honestidad, con conciencia social y desde principios éticos (sin venderse al poder del dinero) y al mismo tiempo tener éxito en la vida. “Me considero un escritor radical. Sigo escribiendo sobre lo que me gustaría leer y con ello trato de responder a la realidad que me ha tocado en suerte. A estas alturas, no quedan sueños por cumplir, solo consolidar el presente. Vivo escribiendo porque, para mí, es la única manera que conozco de seguir vivo en este mundo tan brutal. No me hago demasiadas promesas; intento vivir al día, trabajar y construir. Tengo la suerte de haber llegado a ser lo que me propuse en mi adolescencia”. Siempre ha sido un autor a la caza de una historia que contar y siempre se ha movido en arenas peligrosas, el crimen y la política, donde solo los más valientes se atreven a entrar. “Donde no puede llegar el periodismo ni la historiografía, la literatura de ficción se convierte en la verdadera narradora de lo que significa nuestra sociedad posindustrial. Escribo, pues, novelas realistas, documentadas, inspiradas en personas y sucesos reales; interpreto los hechos, trato de reflexionar”, asegura.

De Sánchez Soler se aprenden cosas fascinantes como aquello de la “pistola del muerto” (el arma que llevaban en el calcetín los de la Brigada Antiatracos y que le colocaban en la mano al ladrón acribillado a balazos, a las puertas del banco, para dejar “solucionado” el caso) o cómo se las gastaba la Policía secreta al servicio del franquismo (hoy de rabiosa actualidad con noticias como las medallas y condecoraciones de Billy El Niño).

Por si fuera poco, Sánchez Soler nos ha dejado un trabajo excepcional que por sí solo ya es historia del periodismo, su best seller La familia Franco S.A, que en Estados Unidos sería sin duda un premio Pulitzer (lamentable que aquí, en España, no tengamos un galardón de prestigio que ponga en el lugar que le corresponde al periodismo de investigación). Hasta la fecha los historiadores nos habían contado el franquismo oficial; ahora, gracias a Mariano, ya sabemos lo que fue el otro franquismo, el de las cloacas y la corrupción del régimen, un asunto que pocos se habían atrevido a tocar a fondo. “No se puede saber la cantidad exacta que han amasado los Franco, por lo que nunca me he atrevido a dar una cifra. Pero podemos estar hablando de unos 50 millones de euros, unos 8.000 millones de las antiguas pesetas”, explica. En los próximos años, este libro excepcional sobre la saga y negocios del dictador será una obra de referencia para todo periodista o aficionado a la historia contemporánea. La última gran contribución de Sánchez Soler a la verdad. Esa verdad que en España tanto nos gusta enterrar.

Por cierto, fue un auténtico honor para mí entregarle, junto a mi amigo y escritor Pedro Tejada, el premio a su larga y fértil trayectoria profesional y literaria. Lo pasamos en grande charlando de literatura de ciencia ficción, de viajes en el espacio-tiempo y de sus años trepidantes como guionista de televisión en Telecinco. Lástima que la prensa regional de Castellón no cubriera el evento como merecía. Qué se la va a hacer: es el síntoma perfecto de la mediocridad que vive el periodismo agonizante de hoy. En cualquier caso, enhorabuena maestro. Nunca un galardón fue tan merecido.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre