Nadie está a salvo de entrar en un bazar chino de todo a cien y que se la cuelen más o menos sutilmente. Desde hace años sabemos que lo que se vende en esos sitios, aunque da para cubrir una emergencia, suele ser deficiente y efímero. Muy efímero. Pegamentos que no pegan, clavos que no clavan, enchufes que no enchufan. Una chapuza tras otra. Nos habíamos acostumbrado al timo chino y lo llevábamos con paciencia pero lo de Díaz Ayuso no tiene nombre. La sucesora de Esperanza Aguirre ha perdido dos aviones procedentes de China cargados de material sanitario hasta los topes y uno se pregunta cómo puede llegar a ocurrir semejante cosa. Hace más de una semana, la presidenta madrileña le daba a la tecla en Twitter, muy ofendidita por la gestión de Pedro Sánchez en la pandemia de coronavirus, y espetaba: “La Comunidad de Madrid no puede seguir esperando. Vamos a traer dos aviones esta semana cargados con material sanitario. Dijeron públicamente que ya no habría problema alguno en las aduanas. Es el momento de ayudarnos. Pido que no se bloqueen los pedidos”.

De esta manera, la mariscala de campo ‘Patton’ Díaz Ayuso se enfundaba el uniforme militar de campaña y se ponía al frente de la batalla, vara de mando en ristre, tomando la iniciativa ante la supuesta incompetencia de Sánchez, Illa y Simón. Hoy, diez días después, nada se sabe de aquellos supuestos aviones. Es como si se los hubiera tragado la tierra (o el aire). Los aviones de Díaz Ayuso han desaparecido como en aquellos trucos del mago David Copperfield, que en los ochenta nos admiraba a todos cuando le echaba una sábana blanca por encima a un Boeing 747 y lo esfumaba en un pispás, como si se tratara de un naipe bajo la manga.

Esta vez la presidenta se ha superado a sí misma. Se pueden perder unas llaves, se puede perder una horquilla del pelo, incluso se puede perder un calcetín en la lavadora, que es como un agujero negro que se lo traga todo. ¿Pero dos aviones con piloto y todo? ¿Cómo demonios se extravían dos aviones? Por lo visto, la presidenta está pero que muy enfadada con este asunto y ha ordenado una investigación interna entre sus generales del Pentágono madrileño, a los que ha ordenado que encuentren los aparatos sí o sí. Solo le ha faltado movilizar a la Gestapillo, aquella poli secreta de los tiempos de Aguirre, y porque Villarejo está en la cárcel, que si no…

Sin embargo, a esta hora los aviones siguen sin aparecer. Son muchas las hipótesis y rumores que circulan por la Real Casa de Correos, sede del Gobierno regional en Puerta del Sol. Unos dicen que a las aeronaves se las llevaron unas turbulencias extrañas en el momento de atravesar el Triángulo de las Bermudas; otros opinan que acabaron en la isla de Perdidos, aquella mítica serie de seis temporadas que parecía no tener un final y en la que un grupo de pasajeros de Oceanic Airlines vivía una experiencia onírica que ni con un atracón de peyote en el desierto. Ayuso, como buena periodista que es, quizá debería planear una expedición a la zona e investigar de primera mano, indagar, preguntarle a Jack, a John Locke, a Kate o a Sawyer qué demonios ha podido pasar con los extraños vuelos Pekín-Madrid que no aparecen. Ayer mismo la oposición exigió explicaciones al ‘trifachito’ de la presidenta sobre ese cargamento volatilizado que en el hospital de Ifema esperan con desesperación y que nunca más se supo.

De cualquier manera el caso es digno de un capítulo de Cuarto Milenio, con Íker Jiménez a los mandos de la “nave del misterio”. Para misterio el de Ayuso, que insiste en que sus aviones tienen que llegar de Shanghái, aunque de allí solo llegan los expresos, eso lo sabemos por Josef von Sternberg y la maravillosa Marlene. La cuestión es que no solo se han perdido dos monstruos del aire, sino que de momento se han evaporado 23 millones de euros, que no es moco de pavo, aunque eso sí puede tener más fácil explicación, ya que los madrileños están acostumbrados a que el dinero gestionado por el PP salga de las arcas públicas y vuele por los aires hasta lejanos paraísos fiscales en el Caribe. O sea el timo chino pero en su versión castiza, con Tony Leblanc y unos fulanos de la Púnica dando el pego con las estampitas.

En las últimas horas, Díaz Ayuso ha reconocido que operar en un mercado extranjero lleno de competidores como fieras en la jungla es complicado. Claro niña, ¿te das cuenta ahora de que gestionar este infierno del coronavirus no era empresa fácil? Con el tiempo y a base de palos irá aprendiendo. El virus implacable es la mejor escuela y pone a cada cual en su sitio. Por cierto, ¿habrá mirado ya si los aviones están en el garaje de la ministra aquella, junto al Jaguar? Porque nunca se sabe.

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